Juan Haberkon y el amor a la carta

¿Qué eran las cartas? ¿Cómo sería pensar hoy en recibir una carta por correo y que no sea una factura de algún servicio o algo para pagar?. Con los teléfonos celulares, Internet y sus correos electrónicos y MSM, la tarea de los carteros se ha limitado a la distribuir facturas.  Recibir una carta, una postal, queda en el recuerdo nostálgico de algunos y se suma a la presencia necesaria del cartero, ese personaje que conociá cada rincón de su pueblo y muchas veces era conocedor de la vida privada de gran parte de los habitantes de un lugar (Stickel, L. para Allen… nuestra ciudad, 2009)

Juan Haberkon trabajo casi toda su vida en el correo de Allen. Llegó a Villa Regina desde su provincia natal, La Pampa, donde asistió a un colegio de curas en el que, entre otras cosas, aprendió el sistema Morse que luego le sería de mucha utilidad. La economía de la familia Haberkon se basaba principalmente en los beneficios que obtenían del campo. Pero la sequía y las consecuencias que ella produce dejaron sin elección al padre de Juan: tuvo que vender sus tierras y partir al sur, donde parecía haber trabajo para todos. Así fue como en 1950 Juan y su familia llegaron a Villa Regina para asentarse definitivamente, compraron un terreno y empezaron a buscar trabajo. Unos meses después de haber llegado mandaron a Juan a retirar la correspondencia al correo de la ciudad. Él fue sin saber que a partir de ese momento su vida ya no sería la misma. “Entré a buscar las cartas y escuchaba que alguien marcaba en código Morse las letras NQ una y otra vez, entonces me acerqué y pregunte quién estaba marcando tantas veces NQ y por qué lo hacía. Me respondió que era para comunicarse con Neuquén, y se sorprendió de que supiera Morse. La relación siguió cada vez que iba a buscar la correspondencia, hasta que un día me fueron a buscar a mi casa para preguntarme si quería empezar a trabajar en el correo” cuenta Haberkon. Pero sus comienzos fueron difíciles, ya que tenía que ganarse el puesto y tenía que pagar derecho de piso. “Tuve que rendir un examen para ingresar. Empecé haciendo una especie de reemplazo, como empleado foráneo y duró como cuatro o cinco meses. Después tuve que dejar hasta que finalmente me volvieron a llamar. Había un empleado de apellido Soriano que se fue a Bs. As. y yo tuve que reemplazarlo. Pero ingresé como practicante, porque era menor de edad, tenía 17 años nada más. En esa época era común que un chico trabajara” recuerda Juan. Pero el destino tenía preparada otra sorpresa para Juan. “El reemplazo era por seis meses nomás y el tiempo iba pasado. Ya me había hecho la idea de que terminaba mi trabajo en el correo, pero Soriano decidió quedarse en Bs. As. así que me ofrecieron ir a trabajar a Palmira en Mendoza o ir a Allen. Como mis viejos estaban en Regina decidí quedarme con Allen. Era por seis meses nomás y me quedé toda la vida” cuenta Juan con una sonrisa en su rostro. Juan recuerda esos años en los que trabajó en el correo con cierta nostalgia en los ojos. Pero no es una nostalgia por los momentos vividos, sino por lo diferentes que son las cosas ahora. Su manera de concebir el trabajo y la responsabilidad son totalmente diferentes a las que ve en la juventud de hoy. “Nosotros éramos terriblemente celosos del trabajo que desarrollábamos, existía mucho respeto de los usuarios del servicio de correo. Si decíamos que a las ocho abríamos era así y punto, ahora dicen una cosa y hacen otra, no respetan a los usuarios, no brindan un servicio respetable” se resigna Haberkon. Juan recuerda las temporadas de verano como los momentos en los que más trabajó en su vida. “El sector de encomiendas era monstruoso. En temporada de manzana y peras las familias mandaban cajas con fruta a todos lados del país, había veces en la que no entraban más cajas en la oficina. Los paquetes después se los llevaba el tren y al otro día se repetía lo mismo”. El correo estaba separado en un sector postal, una ventallita de atención al público, contabilidad y jefatura. “Yo era operador mayor en sistemas, estaba encargado de todos los telegramas. En temporada de verano los papeles de fruticultura de la ciudad pasaban todos por el correo, era una locura. A los diez minutos de haber abierto ya tenía cola de treinta o cuarenta personas, con telegramas larguísimos que tenían el detalle de la cosecha. Y aparte de mandar también recibíamos telegramas, entonces llegaba un momento que era una cosa de locos. Por suerte nosotros teníamos unos señores operadores que transmitían 60 palabras por minuto, de otra manera hubiera sido imposible. Todos los detalles de despacho de los galpones los hacíamos uno atrás de otro, si parabas un minuto te perdías y quedabas atrás. En esa época mandaban refuerzos para la temporada, venían operadores de las grandes ciudades, era maravilloso verlos trabajar” recuerda Haberkon. Para Juan el compañerismo es fundamental en el trabajo, para mantener una oficina ordenada tiene que reinar la armonía y la amistad. “Cuando yo estuve a cargo hacíamos un asado todos los viernes después de terminar nuestras labores. En el mismo patio del correo lo hacíamos, era para mantener la armonía entre todos. Pasábamos muchas horas juntos y era fundamental que nos lleváramos bien. Imagínate, en el año 55 éramos más de treinta empleados, teníamos que llevarnos bien si o si, pero siempre tuvimos buena relación entre todos, éramos la mayoría hombres grandes”. Juan tuvo la oportunidad de recorrer gran parte de Río Negro y Neuquén de la mano del correo. Hizo suplencias en Cutral-Co, en Loma La Lata, El Chocón, Junín de los Andes, etc. Pero hay algo que recuerda especialmente de la gente de Allen que no vio en ningún otro lugar: los aficionados a coleccionar estampillas. “Acá había mucha gente que juntaba estampillas. Yo tengo muchas estampillas guardadas y siempre amago a venderlas pero después me arrepiento. Estaba Carlos Wins y Carlos Smith que compraban siempre y también estaba el Doctor Claveria, que tenía una cantidad impresionante de estampillas. En una oportunidad intercambiamos unas repetidas mías por una que yo no tenía y él si, era divertido” recuerda Haberkon. Cuando Juan se replantea todos los años que vivió adentro del correo su respuesta es firme: “no me arrepiento de nada de lo que hice (…) Cuando yo estuve a cargo de jefatura me gustaba que las cosas se hicieran bien, en tiempo y forma, había mucha disciplina. Los tenía a mal traer a los empleados, les hacía cada actuación que les llegaba a doler. Pero jamás anote nada en la foja de servicio, les decía que la próxima vez los iba a poner a disposición del distrito, y ahí se asustaban, pero en verdad nunca anoté nada. Pero ellos no sabían y por eso andaban derechitos” recuerda sonriendo Haberkon. Juan también se siente orgulloso de haber podido transmitir sus conocimientos a otras personas, en su propio instituto, donde enseñaba el sistema Morse. “Apenas me case yo viví muchos años en la casa del Juez Maza. Ahí decidí que quería poner un instituto de radiotelegrafía y nociones del secretariado comercial. Me bien mucho tiempo, recuerdo dos de mis alumnos eran Carlitos Trapassi y Venancio Lopez, que también era compañero de trabajo en el correo, pero el andaba en la calle de cartero. Es muy lindo enseñarle algo a las personas, fue una linda experiencia” cuenta emocionado Haberkon. Por si cabía alguna duda de que la vida de Juan Haberkon estubo marcada por el correo agregemos que las cartas fueron el medio por el cual conoció el amor. Una historia de amor muy diferente a las de hoy en día. Una historia de amor que si no hubiera sido por el sobre y el papel nunca hubiera llegado a buen puerto. Conoció a su esposa en un baile pero, después de bailar toda lo noche, se tuvo que volver a Bs. As. Esa fue la razón por la que comenzaron a enviarse cartas. Día a día las cartas eran cada vez más seguidas, “y bueno, nos pusimos de novios. Hasta que una vez fui a ver a mi hermana a Rosario y no la pasé a ver ni un ratito, siendo que el tren hacía una parada en Bs. As. y todo. Se enojó muchísimo conmigo, estuvimos como seis meses sin escribirnos, hasta que me fui a hacer un relevo a Piedra del Aguila y estando ahí solo le escribí un poema y se lo mande por carta. Al día siguiente ya tenía la respuesta. Seguimos bien por un  tiempo hasta que se vino para acá y empezamos a hablar de casamiento. Al final nos casamos nomás, no me quedó otra. Pero ella estaba más apurada que yo, eh!!” culmina Juan con una gran carcajada. Juan Haberkon siente que en el correo aprendió muchas cosas que luego gratificó con trabajo y dedicación. Gracias al correo tuvo trabajo toda su vida hasta jubilarse.  Gracias al correo pudo adquirir experiencia  y conocimientos que de otra manera hubiera sido imposible, pero por sobre todo, gracias al correo, Juan, pudo conquistar a la mujer con la que compartiría toda su vida. “Yo creo que haber trabajado más de cuarenta años para la comunidad significa que uno hizo las cosas bien. Yo me inicié y me quedé hasta que me jubilé, siempre sin tener problemas con nadie, eso deja ver que tanto yo como la gente estuvimos conformes el uno con el otro. Yo siempre fui muy liberal con los empleados, siempre tuvimos una muy buena relación, y por eso me hicieron la despedida que me hicieron. Fue hermosísima, no querían que me fuera. Pero del correo me llevo los mejores recuerdos, después de 42 años de trabajo tenía ganas de retirarme, pero aún hoy, a veces, lo extraño un poco.”

Correo, 2010

EL CARTERO LLAMA 40 AÑOS

Venancio López era quien hacía la otra parte del trabajo. A Juan Haberkon le tocó estar de las puertas del correo para adentro, a Venancio le tocó estar en la parte de afuera. Montado en su bicicleta recorrió las calles de Allen durante cuarenta años. Era el encargado de llevar las buenas y malas noticias a los hogares de toda la ciudad, sin importar si el viento y la lluvia se lo querían impedir.

Venancio empezó a trabajar en el correo en el año 1958 y desde el primer momento fue el encargado de recorrer las calles, en bicicleta, para entregar los telegramas que llegaban en cantidades industriales. Venancio vio en primera fila como creció y se transformó la ciudad con el correr de los años. “Imagínate que cuando nosotros repartíamos, en el Barrio Norte no había casi ninguna casa, era todo terreno, parecía las bardas pero con alguna que otra casa por ahí. Donde ahora está Expofrut antes había un barrio que nunca termino de formarse. El Barrio Colonizadora casi no existía y en donde ahora está el barrio Santa Catalina era todo un viñedo de los Biló. Fui un espectador de lujo de cómo fue cambiando todo” cuenta Venancio. En aquellos tiempos la única forma de comunicarse con gente de otras ciudades, en plazos medianamente cortos, era el telegrama. Todo pasaba por el correo, los casamientos, los bautismos, los velorios, papeles de la fruticultura, etc. Por lo tanto no había manera que los carteros no salieran un día a repartir, no importaban las inclemencias climáticas de turno, los paquetes llegaban y debían entregarse y punto. “Éramos dos mensajeros, uno a la mañana y otro a la tarde. Yo le decía al encargado que estaba lloviendo mucho y en vez de decirme que espere a que pare un poco me preguntaba cuanto calzaba y me daba un  par de botas de goma y una capa negra de doble lona para que saliera igual” recuerda mientras se ríe Venancio. El correo trabajaba muchísimo, de lunes a lunes sin excepción. “Los días sábado, cuando había casamiento hacíamos legajos de trecientos telegramas, que debían repartirse en el turno de la mañana. En esa época se recibía de todo por correo, la quiniela, folletos de Casas Casalli y  los diarios: El Amigo, que era del cura Leviacano; La Voz allense de Tort Oribe; Reflejos del viejo Zumpano de Roca y La Nueva Provincia que venia de Bahía por tren. Antes de salir teníamos que acomodar todo para hacerlo lo más rápido posible. Arrancábamos con el centro y después con los barrios” cuenta Venancio. López se acuerda de sus comienzos como cartero y también recuerda la mayoría de sus compañeros. “Cuando empecé a trabajar habían tres telegrafistas: Haberkon que era el más capacitado, Ángel Ponce y el Turquito Amado. Estaba también el Pichín Garcia, Trapassi, Gutierrez y yo que eramos los mensajeros. En ventanilla estaban Celso Perez, el viejo Adamo, Silva de Junin de los Andes, el negro Moreno, Felix Vera y el ruso Belich. Carteros eran el Paco García, Sanchez, Ortencio de la Via, José Omar Guarino y Aroldo Laponi. Con Haberkon fue con el que más trabaje, fueron años y años. Era un tipo muy severo y rígido, pero  como yo le conocía todas las locuras nos entendíamos bien. Era un tipazo, muy buena persona”. Algo que le llamó mucho la atención siempre a Venancio fue la cantidad de Filatelistas de había en la ciudad. “Acá en Allen había muchos tipos que les gustaba coleccionar estampillas. Estaban los Wolfshmit, Guido Brevi, Babaglio, Carlos Wins y varios más que no recuerdo. Agarraban la plancha entera de cincuenta estampillas y con una lupa miraban hasta encontrar alguna con una imperfección y la compraban. Nos pedían encarecidamente que le pongamos el sello bien prolijo en la parte de atrás para que se viera bien la fecha, porque así valen más. La Casa de la Moneda de la Nación les mandaba todos los meses folletos con las nuevas estampillas que salían.” recuerda Venancio. Trabajar en el correo en ese momento daba prestigio y respeto entre los habitantes de la ciudad. “Vos no sabes lo que era estar en el correo en ese momento, era como trabajar en el banco. Vos ibas al corralón porque querías comprar material para hacerte la casa y cuando les decías que trabajabas en el correo te daban todas las facilidades. Ibas a Chachira Sport a comprar un saco y cuando decías que trabajabas en el correo te daban saco, camisa, pantalón y hasta las medias. Si ibas a Diente de Oro a comprar sabanas o acolchados y preguntabas si te lo daban a plazos y te decían que no, pero comentabas que eras del correo y no tenían problema” recuerda con nostalgia Venancio. Bien sabido es que trabajar un día domingo no es algo agradable. Y el correo no era la excepción. “Nadie quería trabajar lo domingos. Algunos porque jugaban futbol, otros porque aprovechaban a sacar a pasear la novia. Pero el domingo se tenía que repartir igual, y nadie quería. Pero con el Pichín García lo hacíamos sin problemas. Lo hicimos todos los santos domingos durante diez años. Hasta que un día salió una ley nueva que decía que a todas las personas que trabajaban los domingos se les tenía que pagar doble ese día y recuperaban un día libre en la semana. Nos dieron los acumulados de diez años de eso. Estuve siete meses sin trabajar y cobré como diez sueldos juntos. Después se peleaban para trabajar los domingos.” Cuenta con picardía en la mirada Venancio. Lopez remarca una y otra vez que el amor al trabajo ahora no existe. Remarca que antes uno se ponía la camiseta del lugar al que representaban. (Stickel, L. para Allen… nuestra ciudad, 2009)

Algo mas... En Argentina se celebra el “Día Nacional del Cartero” en recuerdo de lo que parece constar como la primera designación como cartero del país: Bruno Ramírez,  un 14 de septiembre de 1771.

Sobre, 1913.

 

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