Graciela Genga

Una de las fotos de Graciela genero varios comentarios de ex-alumnos, compañeros y amigos. Hace unos años realizamos para el Festival Provincial de Teatro un video Homenaje a Graciela por su trayectoria artística. Acá podes conocerla: una vida dedicada a “Actuar para vivir”


Dibujo: Maria Langa

 

Historia de vida

“Actuar para vivir”

 

Y te aplaudirán, te aplastarán
aquí la frustración, la piel, las ganas,
aquí serás payaso y domador
y serás el juez y el perdedor,
aquí se invertirán los roles
para usted.

Usted que está allí,
nosotros arriba,
la calle de escenario,
digamos mejor
que es necesario,
actuar para vivir

(Juan Carlos Baglieto).

 

Graciela Genga nació un 17 de abril de 1952 en Allen. Su papá, Carlos Francisco tenía un taller por su profesión de chapista. Su mamá, Magdalena Buscazo, era ama de casa, pero “era solista de un coro y cantaba con una pianista, mamá nació en Zapala” cuenta su hija.

Su único hermano es Carlos Alejandro o “Carloncho”, para los amigos, un personaje que ha recorrido el mundo durante años, pero que siempre volvió. Carloncho es Asistente Social, aunque siempre se ganó la vida  como artista y hoy está establecido en Allen definitivamente.

 Los recuerdos de Graciela sobre su infancia son felices. “Uno era mi mama cantando. Cuando ya no cantaba más en el coro, cantaba en la casa”, relata, sonriendo por las evocaciones de su memoria, “Aparte de cantar ella me llevaba a todos los espectáculos artísticos que había acá. A todos los circos, que eran mi fascinación. Y lo siguen siendo. “Me acuerdo que de vez cuando había espectáculos de teatro, no sé como llegaban acá, íbamos también a ver ópera y zarzuela. No continuamente, pero para lo que era acá, era seguido”.“¡¿Cómo es que llegaban?!”, se pregunta hoy Graciela, “me acuerdo qué fuimos a ver, me dejo marcada para siempre, esa que dice ‘donde vas con mantón de Manila…’ esa la vimos acá, en el teatro municipal.”

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Además de cantar, su mamá bailaba muy bien el tango: “no con mi papá, pobre, porque él no bailaba, pero ella siempre encontraba algún compañero que bailara con ella”, cuenta su hija divertida por la situación, “acá venían orquestas de tango, mi mamá vivía bailando, mi papá, pobre, con la cara larga porque él no participaba de los concursos, y mi mamá se los ganaba todos”. Pero allí no sólo se entretenían los grandes: “era re divertido, cuando era el concurso todos los chicos estábamos ahí, bailando nosotros también entre los grandes”

Graciela sonríe todo el tiempo, feliz y cuenta historia tras historia de su infancia y de su juventud. Recuerda con cariño aquella época en que “se hacía más vida de familia que ahora, todo más casero. Mi papá hizo el juego de jardín que teníamos en el patio todo en madera y hierro. Lo armó él. Lo recuerdo pintándolos, de blanco y de rojo,  todavía están… Yo jamás tuve limitaciones con mis padres. Me dejaron salir, tuve mucha libertad de parte de mis abuelos y de mis padres”.

Por eso, su vida como actriz comenzó temprano. Tenía unos 6 ó 7 años y en el patio de su casa ya tenía un circo. “Lo que más hacia era imitar los circos. Tenía un circo en mi casa, en el patio. Tenía circo y escuela”, narra divertida Graciela por su ocurrencia de aquel momento, “Los chicos del barrio venían, yo armaba una función”. Ella era la actriz principal y cuenta entre risas que domaba animales, “animales imaginarios”, aclara también “porque los chicos no querían hacer de animales. Yo me los imaginaba, yo los veía. Armábamos todo con cajones cosecheros. También hacía casitas y escuelas. Los chicos que tenían problemas para aprender a leer venían y yo los ayudaba, sería primer grado o segundo. Hacíamos los deberes en mi casa”.

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La escuela oficial de Graciela fue a la 153 y allí ya “tenía un novio, era más una pareja estable. Me acompañaba a mi casa, yo nunca llevé mi valija. No lo podíamos evitar, había mucho cariño, mucho afecto, pero era otra cosa, no era novio de verdad, no se acostumbraba. Era como más lejano. Lo fantástico era que te saludara, que te dijera ‘chau linda’. O que por ahí, en el cine se sentara un ratito con vos y charlaran. Eso era lo más. O sabía que yo pasaba por tal esquina y él estaba esperando, siempre. Me decía algo lindo, un piropo”, recuerda Graciela con toda su dulzura en la voz, “era mi novio. Por ejemplo, el director de la escuela  que era Capizzano y andaba en los picnics, nos ponía la música que nos gustaba para que bailáramos. El dire sabía todo. Y nos fomentaba la historia”.

Por aquellos años comenzó también a estudiar piano con la Sra. de Bentata y recuerda que iba mucho al cine. “Era sagrado, la salida principal del domingo era al cine”, afirma  y explica, “porque ahí yo ya directamente me fascinaba con lo artístico. Había películas que las veía mil veces. Cuando me llevaban a Buenos Aires, mi abuela me llevaba al cine continuado. Me encerraba a las 2 de la tarde hasta las 10 de la noche con mis primos mirando películas. Daban las películas todas seguidas 4 veces.”

Cuando fue momento del secundario, empezó tres años en Allen, pero hizo los dos últimos en Neuquén con orientación pedagógica. Dice que ya le gustaba “todo lo humanístico, como Historia, todo lo artístico. Pero la generación anterior encasilló mucho vocacionalmente. Entonces decían Fulano va a ser carpintero, y toda la vida no tenía otra opción que ser carpintero. O si iba a ser ingeniero igual. Como que tenías que cumplir ese rol”, explica, “Te decían que estudiaras tal cosa y que eligieras bien, porque eso iba a tener que ser para toda la vida, así decía mi abuela”. “A mí me asustaba”, expresa Graciela, “porque después de que estudiara una carrera nadie iba a aceptar que me gustaran otras cosas. Cuánta gente hoy te dice ‘yo hubiera querido ser cantante’ y es vendedor de no sé que cosa. No todo el mundo tuvo la posibilidad de desarrollarlo y de animarse a probar por lo menos laguna vez en la vida que… se vuela tan rápido, ¿no?”. Pero por suerte, Graciela sí se animó.

En el estudio siempre le fue bien, le gustaba y leía mucho. “Cuando estaba en el secundario acá en Allen yo recién me asomaba, medio tímida. Pero allá en Neuquén cambié, la pasábamos bárbaro. Con mis amigas hacíamos continuamente tertulias”, cuenta sonriendo, pícara. “Por supuesto allá tenía novio fijo”, continúa Graciela, “Mi primer gran enamoramiento fue en Neuquén. Después nos fuimos en viaje de egresados a Punta del Este. Era otra época, ahora ir a Punta del Este parece que es de multimillonarios. En esa época no, pusieron poca plata nuestros padres. Trabajamos nosotros con tertulias. Lo pasamos bárbaro. Fueron mis primeras salidas, mi primer impacto con Brasil porque en Punta había gente de Brasil”.

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Y así, casi sin querer, la conversación llegó al tema de uno de sus grandes amores. “Yo toda la vida, no sé por qué, tuve una cosa con Brasil, como si yo hubiera nacido allá. Todos tenemos lugares… como que naciste con otros”, dice Graciela, tratando d explicar una de esas sensaciones inexplicables. “Me acuerdo que de chica, yo tendría 12 años, un día vino un camionero a mi casa y dijo que se iba para Río”, narra con el rostro iluminado aún hoy por la emoción de aquel momento, “le dije al camionero ‘¿vos no me llevarías para Río?’. El camionero me dijo ‘si tu mamá te deja yo te llevo… yo soy buena persona, preguntále’. Y mi mamá, re dulce, me dijo ‘mirá Gracielita, vas a tener que esperar algunos años para irte a Río’. Yo le decía ‘es re bueno este hombre mamá, no me va a hacer nada’ ¡Yo ya estaba lista para irme!”, exclama, todavía sorprendida por la determinación que tomó aquel día.

Graciela es abogada, pero casi no ejerció su profesión, se dedicó al teatro y a la docencia. Pasó muchos años recorriendo los teatros del país y otros de Latinoamérica. Sin embargo, probó otras carreras. “Te cuento una historia bastante fuerte para mí”, comienza, “en 5to año conocí una profesora de Neuquén que me daba Química, que fue muy buena persona conmigo. Yo la tome como modelo para mí. Un ser humano excepcional. Me enamoré de la química. Yo pensaba que había estado toda la vida equivocada con las humanísticas y las artísticas,  que mi camino era la química y me fui a estudiar bioquímica a Bahía Blanca. Y bueno… gran error. Empecé a bajar a los golpes. Me tuve que volver. Un bajón total, anímico. Pensé que no iba a poder estudiar, re mal me fue… Por suerte lo supere con apoyo de toda la gente que me rodeaba, amigos, familia… Pero pasó y a otra cosa”.

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Después de volverse de Bahía, se fue a Córdoba, donde completó sus estudios de abogacía. Vivió mucho tiempo allá y hoy recuerda con mucho afecto esa ciudad. “Me hubiera querido quedar allá, me gustaba mucho”, dice Graciela un poco resignada, “Empecé a trabajar, pero no me alcanzaba y mi familia no me podía mandar más dinero. Estaba trabajando en la Universidad ad honorem. Y el estudio que habíamos abierto el primer año no dio nada. Me tuve que venir. Pero… todo tiene pros y contras”, termina, optimista.

Antes de terminar abogacía comenzó a estudiar teatro. Tomó contacto con gente de la cultura de Córdoba y empezó a hacer talleres de todo. Sus compañeros de esa época siguen trabajando en teatro. “La gente dice que los actores argentinos son los de Buenos Aires”, comenta, “Cuando a mí me preguntan qué actores me gustan, yo nombro gente de Córdoba, aunque no los conozcan. Esa una la falla de nuestro país, la de la discusión de los actores del interior. Es terrible la centralización cultural”.

Sin embargo, sus compañeros de abogacía no la apoyaban, le decían que estaba loca. “Tuve que luchar fuerte contra eso. Eran los 70 y el día del golpe, cerraron todos los espacios de arte en Córdoba. Lo desmantelaron todo. Ahí se vino la oscuridad total”, cuenta esta actriz valletana, un poco sombría, “Me vine para acá, si bien uno no se daba cuenta, no alcanzábamos a darnos cuenta en ese momento de la dimensión de la oscuridad. Una de mis profesoras de Córdoba fue exiliada en México”. “Pasaron años y por los ‘90 llegó una obra de teatro al Festival de Teatro en Córdoba y ella volvió, fue una gran alegría volverla a ver pues yo de los ‘80 en adelante representé siempre a Río Negro en el Festival de Teatro en Córdoba. ¡Lo que fue para mí, que mi más querida maestra estuviera viéndome!” exclama emocionada, “mis grandes maestros de teatro fueron también maestros de vida”.

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Así, en esos tiempos oscuros, Graciela volvió a Allen y también llegaba en ese momento Eugenio Filipelli, de Rosario. “Uno de los pioneros, creadores del teatro en el interior. Lo llamaban de todo el país”, cuenta Graciela con respeto y admiración, “En San Luis fundó el Grupo de Teatro, en Córdoba la Comedia Cordobesa, la parte de teatro de la Casa de la Cultura en Gral. Roca”. Allí trabajó Graciela con él e inauguraron dos salas, a las que asistían personas muy importantes a dictar cursos y talleres. Sin embargo, al tiempo el lugar se quedó sin este gran grupo de teatro, porque tuvieron muchos problemas con la dirigencia. Según Graciela, era una falta de respeto continua.

Pero citando a esta gran artista allense, todo tiene sus pros y sus contras, y de esta mala experiencia nació El Caracol. Se trataba de un grupo independiente que presentó una gran cantidad de obras.  Trabajaban muchos artistas, como por ejemplo Luisa Calcumil. Graciela recuerda aquel momento de intenso trabajo: “Iba a ensayar a Roca, todas las noches. En el Citroen anaranjado. Me quedaba a dormir en casa de mi novio o en casa de Luisa Calcumil”. En Allen presentaron, entre otras, la obra La cálida noche de verano.

Cuando se disolvió este grupo, Graciela comenzó a incursionar en el unipersonal y trabajó con mucha gente de Allen. “Acá trabajamos con un ser muy bello que lo quiero recordar siempre: Anselmo Álvarez, que era director del colegio Mariano Moreno. Estaba una chica que se fue a vivir a Bs. As., Claudia González, Miriam Chiacharini, era un grupo de 7 u 8 personas”, recuerda afectuosamente, pero también cuenta algunas situaciones feas que sucedían aquí: “Me acuerdo que cuando di el taller acá me pasó que algunos ocultaban a sus padres que iban al taller municipal. Era cerca del ‘80”.

En la región trabajó intensamente, pero añoraba a la ciudad que la vio nacer decididamente como actriz. “Mi vida fue Córdoba, vivía extrañando cuando me vine pero una o dos veces por año me iba”, dice Graciela, “Cuando empezaban los Festivales Nacionales de Teatro y el Latinoamericano me iba para allá, en años pares era el latinoamericano y en los  impares los nacionales”. La vuelta a la democracia devolvió estos espacios y Graciela estuvo presente para verlos renacer: “el primero después de la democracia fue apoteótico. Yo estaba viviendo en la casa de Nito Vega, en Córdoba, él estudiaba Arquitectura en Córdoba”.

En aquellos años en los que Graciela se dividía entre el sur y el norte, en Neuquén nació el Teatro del Bajo, en el cual también trabajó. Cuando se inauguró esa sala, el 20 de marzo de 1982, se puso en escena Trescientos Millones, en paralelo con Saverio El Cruel del grupo de teatro El Caracol. Ambas eran responsabilidad de Salvador Amore, quien dirigió las dos obras y trabajaba desde 1981 con ambos grupos en cursos de entrenamiento actoral organizados por la Asociación de Actores Argentinos para el interior del país (Fanese, G. 2004).

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Pero el país le quedó chico y Graciela viajó mucho, pero siempre volvió. “Tuve la suerte de recorrer tantos lugares… pero me quede acá… jugaron muchos factores. Yo estoy acá y no estoy. Porque cuando yo no tenia a mi hijo, me iba continuamente y volvía. Tengo la raíz y me atrae”, explica, “Pero al mismo tiempo soy una gitana eterna. Yo estoy acá pero siempre pensando si mañana voy a poder irme. Capaz que mañana muero acá y chau, se acabó. La idea es siempre salir. Es como que todos los lugares en los que estoy me suenan de paso. Yo querría que eso se me pasara, pero no… no se me pasa. Capaz que una vez que sea vieja se me va, pero por ahora no. No se me va esa cosa de la gitana”.

Desde que Graciela se estableció en Allen, ejerció la docencia en el secundario y muchos la recuerdan con cariño y admiración. Chelo Candia señalaba, para el periódico Allen… nuestra Ciudad (2006), que ella fue su profesora de Cívica en tiempos de la dictadura: “Así la conocí. Nos hablaba de democracia, de elecciones, de derechos, en el tiempo en que en Allen la cana te pateaba el culo por andar con el pelo largo ¿De qué derechos me hablas, Graciela? Pero ella, firme: todos los miércoles, Cívica”. También “Chelo” la recuerda en un espectáculo callejero en la esquina de Sarmiento y Tomas Orell donde se la veía danzando sobre una pasarela, arrojando polvo blanco por los aires: “Algunos de los que estaban allí jamás habían visto algo semejante en su vida. ¿Qué está haciendo esta chica ahí arriba?”.

Además, “Chelo” habla sobre la valentía de saberse artista y afirmarlo y cuenta que Graciela fue una inspiración en ese sentido: “ella, firme: teatro. Es mi trabajo. Soy actriz. Con todas las letras. Como las de la tele, pero acá. En Allen, actriz. Era difícil ser actriz en aquellos tiempos. Te miraban fulero. No sé si Graciela se daba cuenta de eso. Ella era actriz y punto. No era que Graciela fuera en contra de todo. Graciela me enseño a ir para adelante cuando uno  cree que debe ir para adelante, aunque todos vayan para atrás. Así de corta. Si yo quiero eso y no le hago mal a nadie, voy y lo busco. Si quiero ser actriz, lo soy, si quiero irme a navegar por el Amazonas, me voy, si quiero tener un hijo, lo tengo”.

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Y Graciela quería tener un hijo y por eso llegó Paz. “Yo creo que el sol de mi vida es mi hijo, como cualquier mamá, a pesar de que nací con él al lado…”, dice la madre orgullosa. Luego, continúa hablando de sus elecciones de vida: “El teatro es vida viva y tomo palabras de Sábato, a quien tuve la suerte de conocer, él me dijo “mire yo le voy a aconsejar que para mí, desde mi humilde opinión, la salvación de la humanidad está en lo artístico, está en el arte” y eso me lo sembró acá… se lo agradezco a Dios. Capaz que me equivoqué, capaz tendría que ser abogada o trabajar como escribana. Pero creo que no. La vida todavía sigue. Viste que dicen que es corta, pero ancha. Algún espacio me quedará para hacer algunas cosas más. Que Dios nos ayude a todos”, concluye riendo.

Hace unos meses Graciela se enfermó, está rehabilitándose y seguro que toda su energía la va a ayudar. En aquella entrevista habló también de un proyecto teatral que estaba desarrollando, pero “con un montón de inconvenientes. Se esta dando, pero todo tiene nivel experimental. Luchamos contra viento y marea para lograrlo. No sé si el año que viene lo haré”. “Pero las luchas continúan”, afirma esta valiente artista, con toda la dulzura y la fuerza que la caracterizan, “Nos falta evolucionar mucho como humanos. Tenemos que trabajar, hasta el último día de nuestras vidas. Con uno mismo, tratando de mejorar. Y con los demás. Todo cuesta, con cada semillita que sembrás te bañas de sudor. No sé si es tan sólo nuestra realidad de país. Pero cuesta mucho en nuestro entorno. Yo tengo esperanza. Igual me preocupa el futuro de los niños, no sólo el de mi hijo”.

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Pero aún falta algo antes de despedirnos de Graciela, por ahora: ¿Y Allen? ¿Qué pensás de Allen, Graciela? “Necesitamos urgente un antropólogo o un sociólogo que desentrañe los misterios de este pueblo, que tan poco valora a los hijos que tiene”, es su repuesta, “Acá las cosas siempre parecen más difíciles, ni hablar con los artistas, se ve de afuera, te dicen ¿Qué pasa en Allen, pasa algo? No se entiende por qué la actividad cultural está tan relegada, no se consolida, afuera muchos son reconocidos y admirados pero debieron irse, mira Nito, Maristella Svampa, Chelo Candia… ¡uy tantos! Acá todo cuesta más. Hay bandas, hay jóvenes que quieren hacer cosas pero no les dan espacios, siempre de segunda. Hay gente que hizo muchas cosas, pero no es reconocida”. Esa es la opinión de Graciela y de varios otros. Es la opinión una persona que sabe qué es un verdadero espacio cultural. Es la opinión de una artista que dedicó su vida al teatro, que hizo caso omiso de los comentarios, sin ninguna soberbia y que siempre vivió y aún vive su arte con pasión, orgullo y alegría.

1810 (2)

Para conocer su “Historia de vida” pasen por la Cuarta Parte (Color verde) del Libro del Centenario: Allen 1910 – 2010

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