La “Chiqui”

Delia “Chiqui” Genga llega un día con unas fotos del primer jardín privado de Allen: Conejito Pompón. Cuenta que las damas de la Cámara Junior impulsaron su creación y contrataron a dos maestras de Santa Fe. Chiqui recuerda que una se llamaba Susana Perazzo, pero no puede precisar si la otra se llamaba Elsa o Elena. La institución estaba ubicada en la calle Roca, en esa casa que está cerca de Kadima. “Compramos todo el material didáctico, los bancos y sillas las hizo Bracalente, después las donamos a la Escuela 153”, dice Chiqui.

“Recuerdo que una vez participaron de un concurso con los chicos e hicieron una maqueta de un circo que estuvo mucho tiempo en exposición en el Salón Rojo”, cuenta Chiqui, antes de entrar en temas menos agradables. “Funcionó hasta 1964, pero hubo problemas con las maestras así que todo terminó en un juicio que ganamos”, explica cuando le preguntamos por qué cerró, “les pagamos y se fueron. Hubo muchos comentarios acerca de fiestas que hacían las maestras fuera del horario escolar, así que, no recuerdo bien los detalles, pero terminó todo muy mal.

Así cerró sus puertas el “Conejito Pompón”, al que asistieron muchos niños allenses de ese tiempo. Chiqui recuerda algunos de sus nombres: “ ‘Gachi’ y ‘Quico’ Carril, el nene de Anzorena,  Liza Mir, Claudio Sánchez, ‘Julito’ Velasco, Ema Galimberti, mis hijos Cristina y Claudio Genga, Mónica Colodner, el nene de Tortarolo, Patricia Fernández, ‘Pelusa’ Babaglio, Cristian Van Opstal, ‘Punchi’ Zenker, Luis Langa, Mario Ibarra, Luis Okumatsu, todos prolijitos, si ves las fotos de los desfiles, van con pantalones cortos y medias ¾”.

Las damas que impulsaron la creación del jardín formaban parte de la Cámara Junior, donde había hombres y mujeres hasta 45 años. Eran, según Chiqui, “los jóvenes emprendedores del pueblo”, que después pasaban a formar parte del Rotary. “La cosa salió de una reunión en el colegio secundario”, relata esta dama rotaria, “hay una foto donde están todos los que organizaron, vino un primo de ‘Cacho’ Fernández y de ahí salió todo. Uno de los que impulsores fue Galimberti. Lo recuerdo como el mejor lugar en el que estuve en mi vida, la pasábamos muy bien pues nos reuníamos, nos vinculábamos con otros grupos de la región y hacíamos fiestas todos juntos, de ese grupo salió entonces la idea del jardín”.

Chiqui ya había llegado a Allen en el año 41, cuando tenía unos 6 años. Fue a la escuela 64 porque “no había lugar en la 23 así que me anotaron en la 64 que tenía 3 aulas que estaban en donde está el taller de Evangelista hoy”, recuerda. “Yo iba con Mabel Resa, su papá era ecónomo del hospital y ella vivía con su abuela porque no tenía mamá. En esos tiempos la mayoría abandonaba en 3° o 5° grado pues se iban a trabajar en las chacras. No llegaban a 6° grado. Yo de la 64 pasé al  6° de la 23”.

Carosio, el papá de Chiqui, vino al Valle desde Italia. “Hizo el servicio militar como marinero y aprendió el oficio de panadero. Se bajó en Buenos Aires, justo cuando llegaba al país el príncipe de Saboya y decidió establecerse en Argentina. Volvió a Italia, juntó todo y se vino sin decirle nada a su familia, después le avisó pero nunca volvió a Italia porque murió joven, tenía unos 54 años” cuenta su hija. Y, considerando la situación, no era para menos: “tenía como 10 hermanos y viñedos, eran muy pobres y se ve que lo marcó tanto esa vida que acá no quiso comprar tierra, dijo que él nunca más se iba a agachar en la tierra” dice Chiqui, “la pasó muy mal de chico, su papá vendía vino y parece que se gastaba la plata en farra, se murió y dejó a todos los hijos sin nada”.

Cuando llegó a la zona, Carosio  se estableció primero en Roca, después se fue a Covunco y lfinalmente se estableció en Allen. “Se marchó a Covunco porque allá había una panadería y necesitaban proveer al ejército”, explica hoy su hija, pero agrega que su padre “conoció a mi mamá en Roca, ella andaba de novia con el Dr. Bonsauser,  no tenía mamá y Ferrari, su papá, era carnicero y le iba muy bien, llegaron a tener mucho dinero. Pero era jugador, le gustaba la ‘timba’ y las mujeres, perdió todo. Así que yo no tuve abuelos. Mamá se casó con papá y  él se la llevó a Covunco”.

Pero la vida allí no fue para nada amable: “Pobre, no había luz, tenía letrina… Para dormir, a mí y a mi hermano Alberto, nos tapaba con unos lienzos ¡por la tierra que había!”, cuenta Chiqui, “Ella era muy trabajadora y en esa época tenías que acompañar al marido, otra no te quedaba”. Allí alquilaron la panadería de Argáz, “pero la dejaron porque Allen era más importante y alquiló acá. Trabajaba con mi mamá haciendo el pan”.

La mudanza fue un gran cambio para toda la familia, “cuando llegamos estábamos fascinados con el baño, ¡tenía bañera! Allá mi casa era de adobe y al llegar esto era increíble”, dice Chiqui, intentando explicar lo que significaba un cambio semejante. “El agua caliente venía de una cocina a leña”, continúa, “buscábamos el agua de la acequia, íbamos con mi hermanos con una escobita y limpiábamos las hojas, el agua entraba a un aljibe y se filtraba con bolsas de arpillera,  adentro teníamos un filtro de cerámica para purificar bien todo. Las acequias rodeaban las casas”. “Eran tiempos de mucho frío estábamos llenos de sabañones, hasta en las orejas, ¡¡había como 10 o 12 ° bajo cero!!”, asegura Chiqui, “Y encima antes se iba a la escuela con pollera y medias ¾ …  el viento con tierra que corría era muy fuerte, desde la ventana de atrás de la panadería no se veía la estación”.

Pero en este lugar tan frío y ventoso había algunas diversiones como Ir a ver la llegada del tren. Chiqui tuvo la oportunidad de viajar a Buenos Aires. “Recuerdo que tenia unos 10 años y fui a Buenos Aires en tren y me dieron para repartir caramelos Toffi”, cuenta, “yo era rubia de ojos celestes y con rulos, con una caja repartía numeritos, después me acuerdo que como no me los gané ¡lloraba como una tonta! Varias veces al viajar a Buenos Aires me elegían, ¡pero nunca ganaba! A los 10 años conocí la Galería Pacífico y las amé para siempre”.

La panadería que compró Carosio y a la que llamó “La Industrial” es la misma que ha seguido funcionando con distintos dueños en la calle Tomás Orell, entre Sarmiento y Alem. “En la época había  otras panaderías como la  de De la Prieta y la de Aenlle. Papá quería armar una cooperativa, llevaba pan a “El Manzano” y a lo de Flügel y yo los acompañaba en la camioneta. También teníamos un repartidor y un carro” cuenta la hija de Carosio.

“Recuerdo que de chicos nos juntábamos con los del barrio, Carmen González, los Rodríguez, los Feffer, Luisita Skop y otros más grandes que nosotros e íbamos a los cumpleaños, como el de Nelly Fernández o el de Cuqui Gobbi, también nos juntábamos con las chicas de Calderón, con Coca Tortarolo”. “Pero no había mucha libertad así como para andar sola, te controlaban”, advierte. “íbamos al cine Lisboa ya de muy chicos, nos buscaba la dueña, la Sra. de Pires y veíamos las películas continuadas ‘en episodios’, Tarzán, Dick Trace… ibas un martes veías un capítulo y seguía al otro martes”. Chiqui también se acuerda de una travesura colectiva que hacían en la sala: “gritábamos y zapateábamos en el piso cuando ganaba alguno una lucha o cuando al protagonista le pasaba algo, entonces venía  Pino y nos retaba, porque se levantaba tierra”. Para acompañar la película “había un caramelero que andaba con una cajita de madera colgada al cuello y a mí me regalaba los caramelos porque yo le gustaba” recuerda divertida Chiqui.

También cuenta que andaban en bici en grupos y que iban a los canales a buscar hojas de álamo, porque cuando estaban mucho tiempo en el agua quedaban transparentes y ellos las secaban y las ponían en los cuadernos. Pero había que tener cuidado, porque cuando los sorprendían los tomeros, debían salir corriendo

El Día de los Muertos era otro acontecimiento importante, Chiquí recuerda que la mandaban “a lo de Hadad a comprar flores para ir al cementerio y poníamos rosas por todos lados, no teníamos ningún muerto pero había que ir. Ese día mi papá me compraba un helado de 5 centavos. El heladero estaba enfrente de mi casa, nos compraba un helado y ¡no pidas más! Sólo teníamos otra posibilidad y era  cuando la Sra. de Taranto, que vivía enfrente, hacía helado y nos invitaba”.

Ya de adolescente, cursó sus estudios secundarios  en Roca. “Ahí empecé a salir y paseaba por el centro, tuve los primeros noviecitos, que no eran como hoy… ¡antes no te tocaban ni el dedo!” recuerda riendo Chiqui. “Hacíamos bailes, en el mes de julio”, continúa su relato, “el Baile del Invierno y colgábamos unos hilos con pomponcitos de algodón en el techo del Salón Municipal con farolitos en las puntas. Venía la orquesta de Perego. Después hacíamos otro en setiembre, el de la Primavera, también para Carnaval. Como muchos otros que vivieron ese momento, Chiqui señala que “el Club Social era para los más ricos, iban las Pomina, las Visconti,  Ramasco, Carmen Manzaneda, las Tortarolo, si eras frutero no te dejaban entrar, era para los de más alta alcurnia. Mi papá iba, pero a jugar a las cartas, pero no pasaba más allá”.

En lo que a deportes se refiere, Chiqui eligió el tenis y jugaba en el viejo Club Unión. Pero en seguida aclara que no hizo mucho deporte porque “en realidad mi deporte era la bicicleta. Íbamos a tertulias en las chacras o al río, a tomar mate y a bañarnos en verano. Siempre nos acompañaba una mamá, por ejemplo, con nosotras venía la mamá de Julia o algún matrimonio amigo o mi hermano Alberto”.

Para salidas más nocturnas, Chiqui dice que se juntaban en casas de los amigos. Resalta que en aquellas reuniones no se tomaba mucho, especialmente las mujeres porque eran muy recatadas. “Lo más loco era ir al bar El Moro, parábamos y nos comprábamos cigarrillos negros ‘Brasil’, cerveza negra y nos íbamos al río ¡Llegaba re caliente la bebida!”, cuenta con risa, “Teníamos unos 15 o 16 años e iba con Nora Álvarez, Julia, la ‘Negra’ Lacalle y Rosita Santacatalina. Otra travesura  con Isabel Martínez, que vivía detrás del Cine Lisboa, era subirnos por una escalera, correr una ventana y ver cine, fumando los cigarrillos Chesterfield que le robábamos al padre. También íbamos todos los días a ver llegar el tren porque los viajeros nos decían piropos”.

Andar de noche por las calles del pueblo en aquellos tiempos era medio tenebroso, había pocas luces  y siempre parecía que te seguía alguien. Por eso la noche era para los hombres y las salidas eran con la familia, con la compañía de hermanos y amigos. Los romances eran comunes, pero eran “noviazgos de un metro, casi ni nos acercábamos”, dice Chiqui, “Salíamos a dar vueltas por el pueblo o salíamos a bailar, pero no nos tocábamos, apenas si te agarraban la mano”.

En el colegio, era común que Chiqui estuviese en penitencia “porque yo era abanderada, pero muy contestadora y el maestro Pedernera me dejaba de plantón con Belleggia y Mambrú”, dice Chiqui “Mientras nos obligaban a aprender el preámbulo de la Constitución”.

Pero estando de plantón conoció a su futuro marido, Luis “Tito” Genga. “Yo estaba en el rincón y pasaron unos chicos, uno de ellos era Tito que volvía del colegio”, recuerda hoy, “él iba a 1° año en Neuquén y pasó con ‘Coco’ Montenegro y ‘Pancho’ Martínez. Así, que ahí lo vi por primera vez. Después empecé a ir a los bailes en la escuelas, y él no me daba bolilla porque decía que yo era una gorda rubia, no sé como nos enganchamos después”.

Sea como fuere, a los 16 Chiqui se puso de novio y anduvo cinco años con Tito. En ese tiempo, él se fue a estudiar Contabilidad a Bahía Blanca. Pero Chiqui siguió saliendo a bailar porque su papá le decía que no se quedara en casa porque no sabía todavía si se iba a casar con él: “Así que yo salía. Me gustaba bailar con Los Reyes del Bolero ¡cheek to cheek!, a mí me gusta, pero a Tito no. Después me casé y me fui a vivir un tiempo a Villa Regina, pero luego volvimos”.

Después que murió el papá de Chiqui, la panadería quedó a cargo de su mamá “hasta que se juntó con un tío mío y se fue a vivir a Córdoba por los malos comentarios de la gente. Alquilamos un tiempo la panadería y después la vendimos cerca de 1973 a Daniel Pane”. “La cuadra, que es enorme, está casi igual, con algunas máquinas modernas, pero el horno es el que hizo mi papa”, observa Chiqui. Y es que así es la vida del pueblo, pasan los años y todo cambia, pero si se miran los detalles, todo sigue igual.

Entrevista y texto: Graciela Vega. Correciones: María Langa y Marta Tenebérculo.

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2 comentarios

  1. Silvina Pane dice:

    Gracias Proyecto Allen por esta nota. Mi papá compró la Panadería del papá de Chiqui en el año ’68. Allí vivimos momentos hermosos de nuestras vidas. Yo no conocía la historia anterior y conocerla me emocionó muchísimo. Cuanto esfuerzo y cuánto trabajo. Pero más allá de eso es una panadería con una hermosa historia llena de afecto. Cuando le conté a mi mamá de esta nota empezó a recordar MUCHÍSIMASSSSSSSSSS anécdotas de cuando se hicieron cargo. ¡¡¡Gracias, Gracias, Gracias!!!! Silvina Pane

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