Cesáreo García

 La Estancia de Hans Flügel está ubicada a unos 11 km de Allen, en Guerrico, Km 1.192 de la ruta Nacional 22. Según señala Bernardo “Lalo” Martínez (2010), la estancia tenía aproximadamente unas 1400 ha. y era ganadera, principalmente de ganado ovino, raza Merino Australiano. A medida que el mercado se fue haciendo más exigente se fue mejorando la calidad de la raza con métodos de inseminación artificial. Tenía además, vacas, chanchos, alfalfa, maíz, cebada y sorgo. Hans estaba casado con María Luisa Von Stocke Hausen y tenían dos hijas: Margarita e Inés.

Casa familiar de los garcía en la Estancia Flügel

En la Estancia Flügel vivió Germán García, español de Ävila, que llegó hacia 1927 a la región y comenzó a trabajar como encargado de las tierras ubicadas a unos kilometros del casco principal de la estancia. Germán estaba casado con Evarista, que se encargaba de la cocina, donde hacía el famosos “puchero gordo” al mediodía y guiso a la noche para unos seis empleados fijos y, en temporada, a todos los que venían a trabajar. A veces “se hacían otras comidas, pero más para alguna fiesta. Además, daban carne, pan, fideos y querosén”, cuenta Cesáreo, hijo de Germán y Evarista.

Cesáreo nació en la chacra 138, de 200 ha. que estaban a cargo de su papá. Allí vivió hasta que a los 20 años se fue al Servicio Militar. Estudió primero en la Escuela 35, en “los Cuatro Galpones hasta 4° grado y después continué en Romagniolli. Yo ayudaba a mis padres pues todos trabajaban de sol a sol, se paraba a las 12 hs. para el almuerzo y se continuaba hasta que oscurecía. Había unas 1200 ovejas divididas en dos majadas de 600 c/u y se plantaba 20 o 30 ha. de maíz. Se hacía la deschalada y se ponía en las “trojas”, unas cajas redondas rústicas donde iba a parar el maíz cosechado. También había algunas vacas, serían unas 50 y 2 yuntas de bueyes. Se plantaba papas y alfalfa. Trabajaban seis personas permanentes: regadores, serenos, armadores y mi padre. También estaba el contador, al que entonces se nombraba como Tenedor de Libros, encargado del pago de los trabajadores y la administración contable del lugar”.

El nombre del Tenedor de Libros de la Estancia llama la atención : “Era Federico Eichman, tal vez  que por él se dijo siempre que había un alemanes nazis en la estancia”, dice Cesáreo, y agrega “era muy desconfiado, siempre andaba armado en el sulky con el que recorría las propiedades. Pero empezó a beber y eso a Flügel no le gustó, así que se tuvo que ir. Mi hermana Haydeé y yo visitamos bastante su casa”.

En temporada de esquila y cosecha llegaban muchos más trabajadores que eran contratados temporalmente. La Estancia daba la comida y la paga, algunos testimonios señalan que Flügel, siempre pagaba  con billetes chicos, para que pareciera más dinero de lo que en realidad era. De allí el dicho “puchero gordo, cartera llena”. Cesáreo señala respecto a la paga que “no era mucho, pero se podía vivir. Igual mucho para elegir no había, en esos tiempos no había muchas chacras chicas y las que había no contrataban gente pues trabajaba la familia. Así que sólo quedaba trabajar en la Estancia o en Los Manzanos, Los Viñedos, las tierras de Zorrilla… Más tarde otro lugar que contrató mucha gente fue Bagliani. Pero entonces salías de uno y te ibas al otro, no había mucho más”.

Haydeé y Cesáreo

La comunicación con el casco central de la estancia se hacía a través de un teléfono interno, una verdadera novedad para la época. Cesáreo recuerda que fue a través de ese teléfono que le dieron la noticia a su padre cuando nacieron sus hijas mellizas: “fue tan impactante que se le cayó el teléfono por la noticia. Nadie imaginaba que venían mellizas… ¡antes no había ecografías así que era todo expectativa!” señala Orfilia, esposa de Cesáreo. Ella vivía cerca de la chacra, pero no fue allí donde lo conoció. Eso sucedería más tarde.

Entre el trabajo de cortar pasto, enfardar, rastrillar, engavillar, cosechar papas, y otras actividades, Cesáreo iba a la escuela pero también jugaba al futbol. “Nos juntábamos en la hora del descanso con algunos vecinos y peones y usábamos una pelota hecha de trapo. Me acuerdo que una vez volviendo de la escuela me topó un carnero. Resulta que yo le pregunté a mi papá si podía pasar por donde estaba la majada, porque las ovejas de la estancia eran todas con cuernos, él me dijo que sí, que no pasaba nada. Así que yo pasé, la majada estaba echada así que yo pasé tranquilo pero una se paró y corrió un poco así que yo también corrí, fue para peor… ahí nomás se me vino encima, me corneó y me tiró al piso, después me arrastró como 100 mts. Yo tendría unos 11 años y ¡quedé todo golpeado!”

“Llegué a mi casa y le dije a mi papá que una oveja me había atropellado y no me creía”, continúa Cesáreo “Así que fuimos hasta donde estaba la majada en el sulky y papá me pidió que me bajera, yo me bajé y ahí apareció el carnero, era guacho, de los que se crían solos, son juguetones porque no los cría la oveja y se aguachan. Como no tenía cuernos, creí que era una oveja. Yo lloraba como un desgraciado ¡¡y no me creían!! Después de grande me entero que tenía la columna toda torcida, nunca me dolió pero nunca más pase cerca de la majada… Mi mamá criaba corderos guachos, había muchos porque la hembra los apartaba o por falta de leche, entonces mi mamá les daba leche de vaca con una mamadera y los tenía al lado de la casa., porque si los dejabas solos se morían; una vez llegó a criar unos 15 corderos, estaban lindos para carnear, así que ella le dijo al patrón: ‘Tengo estos corderos, ¿qué hago? ‘ Lárguelos a la majada nomás’ le contestó Flügel… así que no crió más”.

Los tiempos de esplendor de la estancia coincidieron con los momentos de gloria de otras grandes empresas en Allen, como Los Viñedos o El Manzano. “Esto era un paraíso, no faltaba nada, pero cuando murió el patrón todo terminó. Continuó Otto, el yerno, casado con una de las hijas, pero no tenia conocimientos y no se interesó. Las hijas finalmente abandonaron todo y se fueron. La más chica es la que más fuerza le puso, se casó con un contador de Frigoríficos Sur adonde entregaban hacienda, ella se quedó también con otra estancia”. “Fueron buenos tiempos”, recuerda Cesáreo, “el pago estaba asegurado, no alcanzaba mucho pero Flügel siempre daba una mano, a mi papá le prestó plata para comprar una propiedad en Roca. Cuando viajaba siempre le enviaba postales de recuerdos y para las fiestas hacían galletitas y regalaban a todos. Las hacía la Sra. María Luisa, generalmente para fin de año”.

Cesáreo también trabajó en la esquila. Duraba unas dos semanas y él era “el tachero” o latero, el encargado de entregar una ficha al esquilador para que luego cobrara según la cantidad de ovejas esquiladas. También se acuerda cuando el patrón salía a cazar avutardas, que se comían el pasto: “les disparaba y las ataba en el paragolpe del auto para no ensuciar con la sangre. Después se las comían. Flügel no desperdiciaba nada, la señora también hacía conservas y otras cosas que preparaba con las cocineras de la casa. Muchas cosas se hacían en la estancia pero también se hacían compras en el pueblo. Iba un empleado con las listas de víveres en un sulky con un burro, porque son mejores para las calles que eran de piedra. Eran mañosos, pero mejores para ese trabajo”.

Y sí, llegar al pueblo no era una tarea sencilla. “También en burro íbamos a la escuela pero ¡a veces nos dejaba a mitad de camino y se volvía! La ruta 22 era de piedra, recién cuando llegó Perón se comenzó a  asfaltar. La empresa era Cimaco,  trabajaron dos años y quebró, empezaron en Allen hacia Roca y no pasaba nadie porque en un momento le pusieron tierra y la dejaron así. Sólo se usaba la ruta chica y se decía que por la 22 pasaban sólo los crotos”, dice riendo Cesáreo. “El casco de la estancia estaba sobre la ruta 22 y a veces entraban vendedores aunque siempre estaba cerrada la tranquera y los cuidadores andaban armados”, recuerda, “pero algunos vendedores de ropa y calzado entraban a veces. Me acuerdo de los gitanos que venían a vender caballos. Ponían sus carpas en el camino, una huella donde casi no pasaba nadie. Una vez le pidieron a mi papá que les diese pasto, que siempre había cortado. Llenaban el sulky hasta que reventaba, ¡se querían llevar lo más que podían!”.

Cesáreo y Orfilia se ríen hoy cuando recuerdan aquellos tiempos difíciles, de mucha inocencia, donde el trabajo regía la vida cotidiana y no había mucho tiempo para la diversión. “Hoy se vive más acelerado y las condiciones económicas son más difícil. Antes no te comprabas tantas cosas, lo prioritario era la comida y la ropa de trabajo, tenías algo para salir, pero lo más importante era lo ropa de trabajo, de telas resistentes y las alpargatas, yo siempre las tenía limpias y mis hermanos, mientras dormía, ¡me las sacaban cuando las de ellos estaban sucias!” dice riendo Orfilia. Ella es hija de María Orfilia Calmel y Antolín Leal.

Orfilia y dos de sus hermanos.

“El papá de mi mamá era de Pigüé, una colonia de franceses cerca de Bahía Blanca”, cuenta Orfilia, “se vino a San Martín de los Andes y sus papás se volvieron a Francia con dos hermanos más chicos. El abuelo se quedó con unas hermanas y andaba para todos lados. Era guardahilo, es decir, recorría controlando las líneas telefónicas. En Piedra del Águila hizo una balsa, cargó de todo y se vino a la zona”. Dice que en ese viaje su mamá tenía unos 6 años y que también estaba ahí su papá, que tenía 19 y trabajaba como peón de su abuelo. “Después mi papá se fue vaya a saber a dónde y más tarde se reencontró con mi mamá ya grande”, recuerda Orfilia. También en la balsa su abuela, que estaba embarazada, descompuso, tuvieron que parar a la orilla para atenderla. Su papá fue uno de los que la ayudó. “Le ataron el ombligo y siguieron”, explica, “en la balsa llegaron a donde hoy está el zoológico de Rajneri y se quedaron ahí. Hicieron una casa hermosa ¡parecía la casita de la familia Ingalls! Era de adobes, que él mismo hizo… era hermoso el lugar, tenían cría de ovejas. Después la desarmaron y se vinieron al pueblo”.

 La mamá de Orfilia se casó muy joven con aquel muchacho que ayudó a su mamá a dar a luz a su hermana. Se llamaba Antolín Leal, un andariego que tenía un camión y salía a cazar martinetas, muy codiciadas en la época, pues se enviaban a Buenos Aires, a Gath & Chaves. En una de esas andanzas contaba que conoció a Bairoletto. “Decía mamá que habían acampado y llegaron unos cuatro hombres armados y a caballo”, cuenta Orfilia, “Les pidieron que no se asustaran y les preguntaron qué comían. Como vieron que estaban comiendo fiambre, decidieron que esa no era una buena comida y salieron a caballo. Volvieron con un cordero, lo carnearon y lo comieron con Antolín y sus amigos. Aunque Bairoletto les contó que el cuidador de rebaño los había visto cuando se trajeron el cordero  esa noche no pasó nada Pero a la mañana, cuando se despertaron, estaban rodeados por la policía. Mientras Bairoletto y sus hombre se tiroteaban con la patrulla, ellos se escondieron abajo del camión.¡En un ratito los dispersó a todos  y escapó!  Pero mi papá y sus compañeros cayeron presos. Pobre mamá, estaba deseperada porque papá no regresaba y después supo que había estado preso.”.

Antolín y María Orfilia tuvieron 11 hijos, 7 eran mujeres y Orfilia fue la sexta. Mientras él salía con su camioneta, ella cosechaba uvas, cosía, lavaba y planchaba para los peones de Flügel. Y como si fuera poco también criaba sus niños. “Trabajaba muchísimo. Los mayores ayudaban a mamá en el trabajo y con los más pequeños, pero éramos tantos que no daba abasto”, relata Orfilia, “Incluso cuando paría, muchas veces se atendió sola, en la casa o con la ayuda de algún vecino, muy pocos nacieron en el Hospital. Una vez una de nosotras se enfermó y no sanaba, estaba muy mal, así que partió a caballo a un paraje a buscar ayuda. En el trayecto mamá paraba y bajaba con mi hermana y después el caballo se agachaba para ayudarla a subir, era tan manso, ¡era como que se daba cuenta!”

Orfilia y sus hermanos fueron a la escuela. Primero a la 127, hasta cuatro grado y después a la 27, que según ella “estaba en la chacra de Benito Huerta, uno de los primeros pobladores de Allen. Mamá lo adoraba a Benito. Recuerdo que ella siempre nos decía que teníamos que estudiar, decía ‘no sean burros como yo’ porque ella no había podido terminar la escuela y era tan inteligente. Pero antes para las mujeres todo era casarse y tener hijos, trabajar y trabajar, y solas, porque los hombres casi nunca estaban en la casa”.

Orfilia - 2010

Cuando Orfilia y Cesáreo se conocieron, ella trabajaba en la sastrería de Marcelo Carril haciendo pantalones. Su hermana estaba casada con el hijo de Félix Haddad, así que al taller iba siempre “Chilca” Haddad, “que era muy amiga de Marcelo, charlaba siempre con nosotras y decía ‘yo tengo un churro…’ y me decía ‘es para vos, eh’”, dice divertida Orfilia. “Chilca adoraba a Cesáreo”, continúa, “y decía ‘yo te lo voy a presentar’. La cosa es que un día, en un casamiento creo… me sacó a bailar y nos conocimos. Como en esa época Cesáreo se iba a podar peras y manzanas a San Pedro, se fue pero al volver nos pusimos de novios, casi dos años y después nos casamos. El tenía 26 años y yo 21. El casamiento fue en casa de mi mamá, en una carpa grande”.

Así empezó la familia. Él trabajaba en los galpones, ella continuó cosiendo un tiempo más, pero después quedó embrazada y dejó. “Primero vivimos en una chacra que no tenía nada… con las nenas chicas”, cuenta Orfilia, “Las mellizas nacieron chiquitas, me atendió la partera Resa, que era bárbara. Me dijo que todo iba a andar bien, pero después me venían a visitar y  veían a las nenas tan chiquititas que decían’ ¡uy no se te van a criar!’ Como no había incubadora las manteníamos calentitas envueltas en algodones y calor con bolsas de agua o ladrillos”.

Orfilia y Cesáreo

Después, de la chacra se mudaron al Barrio Norte. “No nos olvidamos más”, exclama Orfilia, “nos tocó el año de la gran inundación. En el ‘68 llegamos acá a la chacra, ya hace 40 años. Compramos el lugar, estábamos rodeados de viñas, todavía extraño el ruido del trabajo y los tambores. Después se fueron sacando. Cesáreo recuerda que enfrente  había mucha uva pero la Junta Reguladora prohibió plantarlas: “solo permitían para consumo personal. Así la actividad se fue muriendo”.

Cesáreo puso entonces la despensa y junto al hermano de Orfilia (Enrique Leal) repartían por toda la zona en su camioneta Ford A gris. “Llevábamos principalmente pan y carne, pero después de todo: manteca, queso, frutas”, enumera Cesáreo, “se hacían los pedidos, se preparaba todo para llevar a cada lugar y salíamos. Le comprábamos a Antonio González y a otros mayoristas de Roca, Regina, Bahía Blanca, en ‘ROR Mayorista’ comprábamos colchones, almohadas, calentadores, hasta mercería teníamos, traíamos la marca Ropínt”.

“Me acuerdo que teníamos una clienta de Fernández Oro”, dice Cesáreo, “que nos encargaba su ropa interior porque no conseguía su talle en esa marca, que era muy buena. Orfilia se encargaba de la mercería y se quedaba en la despensa. Luego compramos un Rastrojero. En la temporada la despensa se llenaba. No había bares entre las chacras así que venían, tomaban algo y comían sándwiches o una picada. Muchos de los trabajadores venían de Zapala, de Loncopué, los traían para trabajar la uva. También correntinos y de otras provincias. A Constantinidis le tenían tanta confianza que los trabajadores le daban el dinero para que se lo girara a sus esposas. Antes esto era muy común”.

Ya no quedan en las chacras aledañas aquellos pobladores a los que Cesáreo les vendía. Los supermercados también terminaron con las pequeñas despensas y así el negocio fue decayendo. Primero se separaron con Enrique, ya que compraron otro negocio en Gómez y él quedó a cargo allá. Siguieron en contacto mientras la venta se mantuvo. Lentamente fue creciendo la venta a crédito, superando la compra en efectivo, y las deudas se fueron acumulando así que decidieron cerrar. Mucha gente les quedó debiendo, “mucha que no podés creer, porque es gente que puede pagar. Pero nada, se olvidaron”.

Su nieto Germán escucha atentamente a sus abuelos para conocer más acerca su vida sacrificada y de trabajo. En un momento de la charla dice: “Si a nosotros nos sacaran de esta vida y nos pusieran en la vida de ellos, no resistiríamos, me parece”.

Pero los tiempos cambiaron. Tanto, que Orfilia se ríe cuando recuerda las medicinas de la época “cuando te golpeabas te ponían untosinsal o untura blanca. Era la grasa de cerdo, de una parte que es como una manteca, así le decían. Se sacaba, le despegabas una telita que tenía y la dejabas; quedaba como rancia, se mezclaba para hacer  una crema y se usaba  para los sabañones, paspaduras, piel resquebrajada, esa era la crema de la época. La ponían en una fiambrera, porque no había heladera. Después estaba la pomada manzana que se usaba para los ojos”, continúa Orfilia, “esa la preparaban en la farmacia, como la Diadermina, que más tarde fue muy famosa entre las amas de casa. Para el dolor de cabeza cortabas papas bien finitas y te las ponías. Otra práctica era el cuchillo de acero que se usaba  cuando te machucabas o golpeabas fuerte, te lo ponías y se pasaba el dolor”.

“Había muchas cosas que se hacían a falta de médicos o de medicina”, explica Orfilia, “y también había muchas ideas y creencias como esa de no dejar la ropa ‘al sereno’, si oscurecía y se olvidaba mamá decía que había que volverlas a lavar. También cuando pasaban las lechuzas o se las escuchaba decían que iba a haber una desgracia”. Cesáreo acota que “cuando murió mamá, cantó una lechuza unos días antes y todos dijeron que la lechuza lo anunció. Después estaba la sabiduría de los animales: cuando las vacas se juntaban se sabía que iba a haber tormenta”.

Entre recuerdos y anécdotas, el matrimonio García dice que hasta el clima ha cambiado: “en marzo helaba salteado, después hasta abril todas las noche hacía 2 ° o 3 ° hasta fines de agosto y parte de septiembre, en octubre también había heladas tardías”. Y vuelven a la estancia Flügel, al chalet que tenía la familia cerca del río,  adonde las hijas del patrón iban a tomar el té: “yo me acuerdo de las hijas, las veíamos desde enfrente, donde vivíamos, vestidas con breeches, eran como de otro mundo, con mucamas y mayordomo” recuerda Orfilia. Cesáreo se acuerda del chalet de Cordiviola que “era de varios pisos con un patio interno, abierto. Esa casa ya no está y la chacra ahora es de Lisi, eran unas 100 ha. y enfrente en unas 400 ha. más tenían los galpones”.

Hace un tiempo Cesáreo enfermó y pensaron en vender todo e irse a vivir al pueblo. Pero al final se arrepintieron: “no estamos solos, tenemos los nietos y a Marcela, así que estamos acompañados, no estamos solos. Además, ahora las distancias se hacen cortas y se llega rápido si es necesario”.

Entrevista y texto: Graciela Vega - Correciones: María Langa y Marta Tenebérculo.

Cesáreo - 2010

  Algo más: En nuestro Facebook podés ver:  Estancia Flügel - 2009                

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4 comentarios

  1. Elena garcia dice:

    Excelente la nota, describe todos esos recuerdos al leerla
    Felicitaciones!!!,

  2. Milva dice:

    Me encantó! ! He pasado vacaciones de verano jugando en la despensa con Laurita y toda la familia Tengo los mejores recuerdos ♡

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