My Spaces: biografía sentimental de lugares allenses

Uno de los primeros lugares de juegos de los que tengo memoria es la Plaza San Martín. Claro, yo vivía enfrente y entre la vereda de Sarmiento y, aventurándonos un poco más, la plaza, transcurrieron los juegos de la infancia. Por María Victoria Martín para el Libro del Centenario.

Plaza San Martín

 

Allí jugábamos a hacer carreras, tratando de sortear las baldosas desniveladas, Evangelina, Natalia, Jorge y yo. Solía perder Natalia, que tenía sólo tres años, siempre ganaba Jorge, que tendría unos diez. Allí jugábamos también a ser Marino (el boomerang de Marino, no sé si alguien recuerda ese dibujito) o el Capitán América y otras tantas cosas, o a trepar las moreras para sacar una pringosa cosecha que había que disputarle a las moscas…

Yo pasaba mucho tiempo en casa de mis vecinos, donde las hermanas mayores de Jorge, especialmente Betty, me daban clases “adelantadas” de catecismo y yo alucinaba con las representaciones gráficas del Espíritu Santo: la paloma cayendo en picado sobre las cabezas de Jesús y los Apóstoles (que en el estilo gráfico de estos libros no tenían cara ni pelo, eran apenas unas figuras esquemáticas con túnica), el sol filtrándose entre las nubes como una revelación del misterio divino. Si alguna vez me ha tocado ver alguna de esas raras filtraciones de luz solar, los rayos perfectamente dibujados, no he podido dejar de acordarme de esos libros.

En esa época siempre me lamía el dorso de las manos porque les sentía gusto a limón, mientras Jorge contaba historias fabulosas de escondites de otros chicos y yo soñaba con tener el mío.  En el patio de esa casa aprendí a trepar por un caño y aprendí lo que era la “atmósfera” jugando a las naves espaciales: (“¿No ves que la tierra es redonda y nosotros aunque estamos abajo no nos caemos? Es por todo el aire que rodea la Tierra y está empujando para abajo y nos sostiene”). También allí soñaba con tener una caja de cochecitos de colección como la de mi amigo, pero lo único que lograba eran jueguitos de té de porcelana. En mi patio, en cambio, enterraba carbones con la esperanza de tener diamantes cuando fuera grande.

También escuchaba, sentada en el escalón de entrada de la casa de los Diez, las conversaciones de Marcela y Lily, la chica “cama adentro” que nos cuidaba. Ellas tendrían unos quince años, yo cinco. Hablaban de Zakoga, creo que Marcela le contaba a Lily cómo era, no lo recuerdo bien, pero sí recuerdo que en ese escalón escuché por primera vez la más famosa y planetaria de las leyendas urbanas: la de la chica con el vestido blanco manchado con Coca-Cola. Así que la globa amarilla de Zakoga quedó para siempre asociada en mi memoria con las historias de fantasmas.

También en ese escalón Evangelina me destrozó la careta de oso amarillo, para mi absoluto desconsuelo, situación que mi tía Hilda remedió regalándome una careta de diablo de plástico indestructible. Gracias a ese sabio gesto, Evangelina y yo podemos seguir siendo amigas todavía.

Con el paso de los años me fui trasladando de veredas, aunque la de San Martín y Sarmiento, siguió siendo un clásico; los dos paredoncitos altos de la entrada de la casa de los Campetella eran una invitación a sentarse y chusmear a todo el que daba la vuelta al perro.

En otra vereda, la de Jujuy con Belgrano, la de los Scagliotti, Crucianelli, Fiorentini, Baravalle y Salinger, se urdió el secuestro de la tortuga de Marisol F., por la que pedimos un rescate de diez helados, mediante una carta repleta de errores ortográficos y gramaticales “para disimular”. Los juegos son una parte esencial de nuestra formación como personas y aunque a algunos miembros de esta incipiente banda extorsiva les haya perdido el rastro, espero y confío en que ninguno se dedique actualmente al secuestro express.

Otra vereda que marcó época fue la de Belgrano casi Alsina, la de los Parente: en la familia había un arraigada tradición de veredeo que heredaron los hijos, custodios del rito que supieron transmitir fielmente a sus amigos hasta transformarlos en devotos, así que no era raro que allá coincidieran varios grupos generacionales: el de Cecilia (generación del 72 al 74), el de Tecui (generación del 74 al 75) y el de María Laura (76 al 77) y todos nosotros luchando por un mismo noble objetivo: agarrar alguna de las dos reposeras de madera más cómodas en las que se haya sentado jamás ser humano alguno.

Plaza San Martín nevada, años 80.

La plaza    

 Cuando vivía enfrente de la plaza todavía había acequias y mi hermano Gonzalo intentaba pescar renacuajos con una caña construida con un palito y un piolín, alentado por Raúl Diez. Las entradas de cada esquina tenían arcos cubiertos de rosas y había flores en toda la plaza. Para las fechas patrias los troncos de los árboles se pintaban con cal hasta la mitad, no sé si para dar la impresión de “orden y prolijidad” de manera económica o si eso de que ayuda a combatir las hormigas es cierto. En esa plaza jugábamos a “Los ángeles de Charly”: el papel de Jill lo tenía casi asegurado por rubia, el de Kelly era el más disputado y al de Sabrina, que en realidad era la más inteligente de las tres, no lo quería nadie.

En la plaza aprendí a andar en la bici sin rueditas cuando tenía cuatro o cinco y esperé infructuosamente que mi papá me construyera el carrito de rulemanes de moda entre los pibes. Unos años más adelante, varios chicos nucleados en la casa de la tía Encarnita, nos inventamos el club “Yaguareté”, que consistía en ver quién saltaba desde el árbol más alto: creo recordar que la ganadora era la hiperflexible Andy Pardo. Por esa misma época, a los diez u once años, mi prima Andrea C. le echaba desodorante Rexina a las margaritas porque decía que tenían un olor horrible y el placero de los bigotes nos perseguía vociferando y enarbolando, amenazante, un palo.

En la adolescencia la plaza tenía otro significado… y era común ver a las parejitas que se escapaban de las tertulias, “apretando” en los bancos  de la plaza, mientras los envidiosos conductores, también salidos de la fiesta y con alguna cerveza de más, les encendían las luces altas para poner fin a tanta pasión.

 

Cine San Martín

  El cine

 El cine siempre fue mi devoción, desde que a partir de mis tres años mi papá se recorriera todo el Alto Valle para llevarme a ver dibujitos donde los dieran. Cuando fui un poquito mayor (muy poco, supongo que a los seis o siete) empecé a ir al cine San Martín sola. Bueno, sola, no, porque ahí empezaron a endosarme mi hermano allá a donde fuera. Así que para nosotros nuestra actividad dominical por excelencia, a la que asistíamos más religiosamente que a misa sin perdernos una sola función, era la sesión Ronda de las 16.00 de los domingos: dos películas seguidas con una pausa en el medio que aprovechábamos para comprar en el kiosquito de la entrada -donde rotaban la Sra. García (durante los días de semana, profesora de dibujo) y su hija- la cajita de Sugus de colores, las pastillas de guinda o, si mamá o papá habían sido generosos o no habían encontrado cambio, un Toblerone.

La verdad es que la programación no siempre estaba pensada estrictamente para un público infantil, más allá de que no se pasaran las películas prohibidas para mayores de trece: por ejemplo, recuerdo haber visto “Campeón”, la historia un boxeador que se muere en el último round y deja a su hijo huérfano, que me dejó K.O. Aunque habiendo sido educados con Heidy y Marcos, se supondría que esto no sería demasiado duro para chicos como nosotros. Pero, en general, las películas de vaqueros, las del Zorro o las de Bud Spencer y Terence Hill (mis favoritas), intercaladas con las producciones argentinas de Mojarrita, Delfín y Tiburón, Titanes en el Ring y algunos dibujitos animados, constituían  la programación habitual.

Hubo, eso sí, películas que fueron hitos para mí y, creo yo que por la cantidad de asistentes al cine, fueron también hitos cinematográficos del pueblo. Cuando era muy chica, unos cuatro o cinco años, fuimos a ver en sesión nocturna, recomendada (y supongo que repuesta) desde la iglesia local, “Marcelino pan y vino”, que me marcó con un profundo misticismo que me duró por lo menos diez años. Otro hito fue “E.T.”: el cine estaba a reventar y fue una de las pocas veces que se abrió la sala superior, el palco, que hasta entonces había sido un misterio para mí: así todo, fue tal la sobreventa de entradas que vi la película desde arriba, sí, pero sentada en los escalones del pasillo.

Otro éxito peliculero de la sesión Ronda, me agarró completamente desprevenida: por uso y abuso del cine yo creía que era casi de mi propiedad y me acuerdo de la mezcla de rabia e indignación que me dio sentirme invadida con tanta gente y tener que hacer una cola que pasaba por el kiosco de Suárez, Mi Tía China y se prolongaba a lo largo de la calle pasando la esquina de la hoy Aranjuez: todo porque daban una película protagonizada por Luis Miguel y una para mí desconocida Lucerito. Más allá de amores y juergas adolescentes, era un dramón infernal que terminaba con Luis Miguel en una silla de ruedas. Me acuerdo de que, de acuerdo con mi educación espartana y pese a mis once años escasos, consideraba que eso era una taradez y que no podía permitirme llorar, así que no derramé una lágrima, pero salí del cine con el peor dolor de garganta de mi vida, razón por la que ahora no me reprimo ni con una escena dramática (siguiendo con las estrellas mexicanas de la telenovela) de “María la del Barrio”, aunque eso sí, en el cine me escapo decorosamente antes de los créditos para que no se me vean los ojos rojos.

Por ausencia, también me marcó “Flashdance”: a esa no me dejaron ir porque tenía 10 años y era prohibida para menores de trece. Otras amigas fueron a la noche con los padres, pero yo no tuve esa suerte. Eso sí, como a casi todas, me llegó a los once mi bici de carrera, porque la película no habrá impuesto la moda de ser soldadora entre las chicas, pero sí la de cambiar la bici de paseo por la de carrera.

La sala del cine no solía estar llena, la media de la Ronda no sería ni una quinta parte del aforo, lo que permitía cambiarte de sitio si habías llegado con la película empezada y el acomodador te había ubicado en una butaca de las que pellizcan la pierna, esas con los resortes saltados. Y cuando comenzaban las películas todo era expectación, se hacía el silencio, sólo interrumpido de vez en cuando por el CLING-CLANG-Clang- clang- clang- de las botellas de Coca-Cola que los graciosos de las últimas filas hacían rodar con una patada sala abajo, por el suelo de madera polvoriento, hasta que se frenaban con alguna butaca o directamente en el escenario.

A veces la película se cortaba por un momento y la magia se rompía bruscamente, a lo que los enardecidos espectadores reaccionaban con chiflidos y gritos de protesta: “¡Eh! ¡García, García!”.  Con mis amigas hemos guardado este grito de queja  como un tesoro, al punto de que, si por ejemplo, estamos tomando sol en el río y de repente el cielo se nubla, no faltará quien grite, alzando la mirada al cielo: “¡Eh! ¡García, García!”.

La hora de la salida del cine era particularmente angustiante porque ya era de noche, se había acabado el domingo y todavía teníamos los deberes por hacer. Además, yo solía llevarme de recuerdo algún chicle pegado en el pelo, que mi mamá intentaba sacarme primero con alcohol, para luego resolver el tema de modo tajante: con un tijeretazo.

Hacia mi adolescencia el cine San Martín corrió igual suerte que sus botellitas de Coca-Cola: iba en declive. La patada de la indiferencia local o de la videocasetera, no sé. Supongo que al final se mantenía fundamentalmente (o quizás siempre fue así) gracias a las películas porno de la sesión Trasnoche. Cómo no recordar el legendario cartel de “Garganta Profunda” arriba del baño de los hombres, cerca de la taquilla. Como con toda tecnología emergente, hasta que el video se democratizó pasó cierto tiempo; me acuerdo que sentados en La Perla veíamos llegar desde los barrios a los hombres en bicicleta, en invierno, con las solapas de las camperas o sacos levantadas, ocultando las caras y salir, al terminar la función, sospechosamente con las manos  en los bolsillos…

También recuerdo algunas supuestas idas al baño desde La Perla, en realidad,  intentos de incursión, como quien no quiere la cosa, en la sesión Trasnoche, de coladas, asomando las cabezas entre el cortinaje, lideradas por la Sole, Adriana D., Mariela S., y miembros varias de las Sexta División de Hockey del Allen Rugby Club, intentos que eran rápidamente frustrados por el acomodador.

La última función del cine la recuerdo perfectamente, tendría unos trece años. Fuimos con Sole y Mariela y, contándonos a nosotras tres, éramos trece espectadores en total, número desafortunado donde los haya, desde la última cena hasta hoy. La película que pasaron fue “Great balls of fire”, sobre la vida de Jerry Lee Lewis, la primera en la que vi a Winona Ryder, quien interpretaba a la prima con la que se enreda el rockero, niña, casualmente, de trece años… Bueno, parece que el número fue yeta en serio y, aunque ya se sabía que era la última sesión, lo cierto es que el cine no se reabrió más en aquel lugar ni con ese nombre: el edificio abandonado se acabó con un incendio (no sé si con grandes bolas de fuego o no, pero con fuego al fin), lo que termina de cerrar la maldición del número gafe. O igual no: no me acuerdo si esa noche hubo sesión Trasnoche, quizás sí y los últimos espectadores fueron veinticinco espectadores y no trece, y la película supongo que tendría protagonistas de al menos veintiún años y seguro que era prohibida para menores de dieciocho…. La verdad es que lo de la numerología no se me da bien, aunque eso sí, creo recordar que la sesión de Trasnoche del viernes empezaba a la 1:00, lo que extrapolando un poco serían como las 13:00 de la madrugada, ¿no?.

Pileta del Club Unión Alem Progresista. En la Foto: Marcela Tarifa, Iris Alcazar, Mariela Morales, Laura Carril y Sandra Buzcazzo.

  El club

 Otro de los lugares de ocio más frecuentados era el Club Unión. Yo había empezado a ir desde muy chica, con tres años, a la pileta. Me acuerdo que mi sueño era llegar a tener un carnet de socio vitalicio, como el del abuelo Cacho de mis primos Joli y Diego. Si era socia desde tan chica, creía que era un sueño perfectamente factible llegar a ser socia del club durante 50 años para obtenerlo.

Iba al cuidado de mi prima Graciela V., quien debía, supuestamente, vigilarme un poco, pero ella ya tenía trece años, era de las primeras en ir en bikini (siempre fue progre) y no estaba muy por la labor… así que después de llegar a oídos de mi madre que me habían sacado un par de veces de la parte honda de la pileta, a la que llegaba avanzando agarrada del salivero, me metieron en clases de natación. Recuerdo los ejercicios de pataleo, la tabla, y el didácticamente discutible método por el que finalmente aprendías a nadar o le agarrabas una fobia al agua que te acompañaría de por vida: te llevaban a la parte honda y desde las conejeras te tiraban con los pies atados con las gomas de las nebulizaciones: nadar o nadar.

A los cinco, todavía nadando perrito, entré en el equipo de competición y recuerdo perfectamente a dos de sus referentes de la época, Ana Rosa Lamela, que fue quien me enroló y terminó de enseñarme a nadar, y Marcelo Ortiz. En Entrenamiento conocí a Mariela Scagliotti y todavía la veo con sus seis años (malla de competición marrón marca Adidas, tres franjas blancas a los costados) presentándose con total aplomo.

También recuerdo a los entrenadores: Bocha, Tornelli, Cabañas, el Negro Sánchez, que nos sacó el jugo y los mejores resultados (¡“Y aunque ‘iuevan’ enanos verdes van a nadar 6.000 metros por día!”), los hermanos Montenegro, todos tratando de compensar en dos o tres meses, la ventaja de diez meses de entrenamiento que nos sacaban los clubes con pileta cubierta.

Con un halo especial  entre los entrenadores masculinos surge el recuerdo áureo de Daniel Zenker, que era como una mezcla de Apolo allense con el Charles Atlas que aparecía dibujado en las contraportadas de las revistas Tony y D’Artagnan anunciando cursos de musculación. Pero aunque las que éramos chicas no podíamos dejar de advertir a esta deidad encarnada, estábamos igualmente encantadas con nuestras entrenadoras. Creo recordar especialmente a dos Lilis, que cumplían con el estereotipo de la profesora de educación física: rubias algunas, otras morenas, puede que santafesinas, altas, atléticas, bronceadas, simpáticas… ¡usaban biquini! (ya digo que no era frecuente en esa época en el pueblo) ¡Y se peinaban una cola de caballo de costado! (re-moderno) ¡Y el cronómetro colgando del cuello les quedaba fantásticamente bien! En resumen, que aunque no tuviéramos Barbies porque la época de importación fue un período muy breve, podíamos completar nuestro Olimpo piscinil con deidades femeninas.

En esa época se practicaban bastante los deportes; los chicos del Mago se volcaban mayoritariamente al futbol, aunque también al básquet. Yo nunca fui especialmente buena en ningún deporte, a lo sumo, como siempre me recuerdan mis amigas con sorna, en el patinaje, en el que me consagré en un festejo del Día del Niño en el gimnasio del club Unión, ganándole una carrera a un único rival (Rodolfo, galancete de quinto grado de la 222) con el fantástico premio de ¡un jabón de tocador y una bolsita de talco!

Eso sí, ganas siempre le puse. Con el furor del básquet en el Valle y la llegada de “Los Negros” (Al Frederick y Darryll Parker) muchos nos volcamos masivamente al básquet. Un auténtico furor. No sólo seguíamos al Mago de locales, sino “a todas partes donde vayas, donde vayas”. Y en mi caso, craso error, también osamos practicarlo: recuerdo nuestro primer partido como pre-Minis: una humillante derrota 105 a 2 contra el Club Cipolletti. Los resultados a partir de ahí, y como no podía ser de otra manera, fueron mejorando. Todavía recuerdo a Juanqui Pepe alentándome debajo del aro de pre-Mini para que marcara mi primer doble: “¡Vamos, Maia; vamos, Maia!”, porque me escapé rápido con la pelota, pero eso sí, tuve que tirar hasta tres veces para poder embocar.

Al año siguiente, cuando ya nos tocó mezclarnos con las de la categoría superior (Ce Parente, Wanda Monti, Negra Gas, Verónica Moretti) casi todas las ex pre-Mini nos comimos el banco todo el año, salvo honrosas excepciones. Con Paéz aprendí una valiosa lección: “Si sacaste a bailar a la renga, rengueá.” Así que rengueé un tiempo más con el básquet (poco, porque en realidad me la pasaba mayormente “planchando”, ya que era el básquet el que no me sacaba a bailar muy a menudo a mí). Creo que incluso perseveré un año más y después, digamos que saqué a bailar al Hockey, con mejores resultados

El equipo de hockey local se inició al amparo del Allen Rugby Club, aunque no podían ofrecernos mucho más que los colores blanco y negro (hasta para los colores había austeridad) y no teníamos un espacio propio. Gracias a Miguel Spina pudimos usar durante un tiempo la cancha de Maciel y hacia allí marchábamos en caravanas de bicicletas durante el verano para que nos entrenara Horacio Boyé. También Estella Longarini nos dio unas cuantas nociones. Más adelante, alternaríamos entre la cancha de fútbol de la Escuela Veintitrés y ya con Daniel Toranzo, la cancha del Sapo y la cancha de al lado del hospital.  Y cuando finalmente nos entrenó Eduardo del Brío, ya pertenecíamos al Club Unión. Eso sí, la cancha de los partidos siempre fue la del Arco Iris, de la que podíamos sentirnos transitoriamente orgullosas cuando recibíamos a los equipos visitantes con el telón de fondo de las bardas de colores y el río.

Rápidamente aprendimos a usar el stick como un elemento deportivo más que como una guadaña corta-cabezas, aunque accidentes siempre hubo: un diente de menos de la arquera por ponerse a practicar paradas antes del partido sin el casco colocado, algún bochazo en zonas letales, un palo que bajó con cierta saña al hacer el túnel para el equipo que jugaba de visitante… Los entrenamientos eran divertidos, los partidos más, pero lo mejor era la vuelta en colectivo cuando se sacaban los trapitos al sol con canciones, quemos, cargadas… se iba calentando el ambiente para la salida a la tertulia del sábado por la noche.

Soledad Baravalle y Maia listas para salir.

  Los asaltos/tertulias/boliches

 Los asaltos fueron un must de la preadolescencia, cuando todavía no teníamos edad de ir al boliche. Un garage en el que se había cambiado un foco blanco por uno rojo podía ser un lugar apropiado para la fiesta: la casetera con música movida, las parejitas bailando casi en hilera (en esa época te tenían que sacar a bailar) y el clímax era la llegada de los lentos, donde la chica podía regular el grado de aproximación, clavando codos a su contrincante o bien aflojando los brazos. También estaban los cumpleaños de quince, con torta de varios pisos y vestido blanco o rosa en muchas ocasiones y el infaltable vals, en el que los chicos, generalmente disfrazados con trajes de los padres, desfilaban uno a uno para “bailar” con la agasajada, realizando un raro movimiento oscilatorio, como de velero meciéndose en altamar al ritmo de las olas, y poniendo su mejor sonrisa, un baile breve que duraba hasta el momento del fogonazo del flash.

Lo mejor y más propio del Allen de la época que me tocó vivir, un período entre el cierre de Shangrilá y las aperturas intermitentes de 1910, fueron las tertulias. Me gusta recordar que, además de funcionar como la única oferta de ocio nocturno local después de la confitería (de ahí su éxito), también eran la forma de recaudar dinero colectivamente para el viaje de egresados, que era una empresa grupal y no dependía exclusivamente la posibilidad de cada uno de poder pagárselo o no. Grupos organizadores hubo muchos, pero mejor organizado, más divertido y cohesionado y con mejor onda que La Chabomba, ninguno que me haya tocado vivir a mí.  Ellos inventaron las tertulias temáticas: me acuerdo bien una que era la del “Quemo”, que fue como trasladar a las paredes de la sede del Club Unión las páginas centrales el Tutti Frutti de la revista El Sistema. En la adolescencia había una especie de placer morboso, como con las películas de terror, en eso de mandar o de que te mandaran al frente. Y casi todas las cargadas se resumían en cinco o seis tópicos: “le gusta tal”, “lo rebotó cual” (“la rebotó” en este contexto histórico era todavía difícil),  “lo/la pateó”, “estuvo apretando con” o “le pusieron los cuernos con” y “quiere encararse a”.

En la época de las tertulias, la estética era casi lo de menos: unos vaqueros camiseta, zapatillas y, como muy arreglados, camisa y zapatos Kickers, tanto para ellos como para ellas: la combinación extra posible para ellas, podía ser una minifalda de jean o, cuando se pusieron moda, unos pantalones ciclistas. Los complementos para los chicos, casi no existían: quizás el pañuelito hindú enroscado  en la muñeca o en cuello, a ser posible impregnado en pachuli o musk, y si el corte de pelo acompañaba, se podía obtener el look A-há completo. El accesorio típico de las chicas eran las hebillitas en forma de ocho B+D, muy útiles para dominar flequillos en crecimiento que con el correr de los años acabarían degenerando en los jopos ortopédicos a lo Zulemita, cuya erección sólo sería posible mantener en base a jugo de limón, laca o algún otro potingue a base de Gimonte. Salir de los lindes del pueblo hacia los boliches de moda (Aquelarre, Adoquín, Ballotage, más adelante Zeppelin o Diagonal) hizo que las modas se “refinaran”: fuera las zapatillas, que se prohibían en los boliches, y pocos cambios más para los chicos. Las féminas, en cambio, vivimos todo un repertorio de estilismos que iban desde de los vestidos tubo, pantalón fusó hasta los hot pants, microminis y todo lo que el mercado de la moda lanzase… y ya está; una vez emperifollados, todos listos para la mítica largada de Aquelarre o Adoquín, que  de manera inversamente proporcional a la ropa de las chicas, cada vez se alargaba más.

Las tertulias vivieron uno de sus máximos momentos de esplendor en el ’89.  Es sabido que los acontecimientos políticos y sociales influyen de maneras a veces azarosas y hasta contradictorias en la cultura popular. Un ejemplo: durante la Guerra de Malvinas, la prohibición de la música en inglés dio como resultado inesperado, por ser favorecido por un gobierno militar, el fortalecimiento del rock nacional. Bueno, con toque de queda y el estado de sitio decretados hacia el final del gobierno de Alfonsín, Allen, siempre latiendo en sincronía con el pulso vital del país, vivó un proceso similar (a nanoescala allense, claro, está): el ecosistema nocturno-juvenil roquense, afectado por el momentáneo cierre de Aquelarre y quizás por influjo de ciertos elementos híbridos de su tribu (estudiantes roquenses de la escuela industrial de Allen) se vio inesperadamente afectado en sus cimientos, tanto como si hubiese sufrido un terremoto de magnitud 0.053 en la escala de Richter: algunos de sus habitantes, después de décadas de confinamiento dentro de las fronteras de su ilustre ciudad, osaron aventurarse  más allá del cruce de Gómez y vinieron a divertirse por la noche a nuestras humildes tertulias. El efecto de este  movimiento en nuestro pueblo fue una efímera revitalización de la noche allense y también una marca lingüística que los habitantes de esa sociedad más moderna y avanzada, nos contagiaron con asombrosa rapidez. A partir de esa fecha fue inconcebible comenzar una frase sin el ultramegamoderno “Onda que…”.

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Los no lugares del ocio nocturno: Cementerio, casa del Hospital y calles del barrio El Progreso a altas horas de la noche.

 Incluso si uno no era demasiado noctámbulo, como en mi caso, se debe decir con sinceridad que la noche allense nunca fue para tirar cohetes. Salvo la época breve de las tertulias o en el verano, cuando la o las confiterías -según la época-  estaban llenas y alguien reabría 1910, no había mucho que hacer. Esto facilitaba que muchas veces se buscara abiertamente “el peligro” para matar tanto sopor.

Más de una vez alguien proponía, después de aburrirnos hasta eso de las 2.00 o 3.00 de la madrugada en la confitería, algún desafío del tipo: “¿Quién se anima a entrar a la casa del hospital hasta la escalera?”, y una vez allí: “¿Quién se anima a subirla?” (Nadie que fuera conmigo se animó a tanto, de madrugada). O paseando más tarde por las calles del barrio El Progreso, esas calles de tierra iluminadas sólo por el resplandor tenue de una solitaria lamparita situada en el medio, pendiendo de un cable, y que distribuía tacañamente su débil luz a un lado al otro, según la meciera el viento, el desafío se transformaba en: “¿Quién se baja del coche a ver si funciona el teléfono de la cabina?”, para arrancar y dejar unas calles atrás al valiente que se hubiera atrevido. En una huida a alguno se le paró el coche y no pudo arrancar del susto cuando de los confines en penumbras de la calle a los que no llegaba la luz de la lamparita emergió una figura vestida de blanco en bicicleta y cruzó silenciosamente la noche… Quizás creyó ver al mítico Chancho, aunque la leyenda urbana no especificara si andaba en bicicleta o de qué color se vestía…

Suele decirse que el aburrimiento es el padre de todos los males, que el aburrimiento es mal consejero, que al aburrimiento lo carga el diablo. Ramón Gómez de la Serna lo sentenció de modo más rotundo: “Aburrirse es besar a la muerte.” Seguramente por la influencia de la vanguardia española y el novecentismo en Allen, esta frase se interpretó de modo literal. Cualquiera que se haya aventurado alguna vez fuera del pueblo, digamos a Neuquén o a Fernández Oro, habrá notado la sonrisita socarrona con que nos dicen al conocer nuestro origen: “¡Ah! ¡Así que sos de Allen! Qué gustos raritos que tienen allá, ¿eh?”, en evidente alusión a nuestro pasado necrófilo.

Habrá sido el efecto del inconsciente colectivo, de Gómez de la Serna o de no sé qué, pero lo cierto es que recuerdo una época en la que la falta de oportunidades de ocio hizo que algunos amigos míos, cuando ya se habían cansado de “caminar coches”, se dedicasen a adentrarse en el cementerio, meterse en el osario y llevarse unas calaveras de recuerdo, que terminaban de lámparas en sus habitaciones, con una chapita de Coca-cola pegada en la frente o algún adorno por el estilo. Incluso algunos terminaron declarando en comisaría, imputados injustamente por la muerte de un gato. Afortunadamente, no conocerían la frase de Bertrand Rusell acerca de que “Una generación que no soporta el aburrimiento será una generación de escaso valor”, porque hoy algunos de ellos son ilustres farmacéuticos y odontólogos; otros no, y puede que no hayan pasado de delincuentes comunes. Y bueno, como sobre el aburrimiento también ha dicho François de la Rochefoucauld que “solemos perdonar a los que nos aburren, pero no perdonamos a los que aburrimos” y yo no quiero tener que enemistarme con nadie, mejor lo dejamos acá.

Texto: María Victoria Martín

María Victoria "Maia" Martín desfilando un 25 de mayo.

Libro del Centenario

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1 respuesta

  1. Mavis Florencia Soriano dice:

    Bueno, yo precedí a quien escribió sobre la Plaza, lugar de juegos…. Yo vi la Plaza nevada, allà por el 53, recuerdo que nevó desde las 3 de la madrugada y durante todo el día siguiente. Ese día, mi hermana mayor me despertó para ir a la escuela con una bola de nieve del tamaño de una naranja… y yo no entendía nada!!! después… ohhh! que belleza: igual fui a la escuela (la 23) me quedaba cruzando la plaza. Pero para sorpresa y alegría de todos nos dieron el día libre para que disfrutáramos de la nieve. Por supuesto, con mis amigas y amigos del barrio nos pasamos todo el día en las plaza y hasta hicimos un gran muñeco! Después cayó una gran helada que provocó que la nieve quedara depositada casi por una semana….

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