Rodolfo “Pololo” Cortés

Esta es una historia de amor. De amor, en varios sentidos. Del amor por lo vivido y del amor a una mujer. Será parte de nuestro trabajo sobre el amor en los años 50' pero ahora la ubicamos como parte de las muchas historias de vida que hemos obtenido de los testimonios de hombres y mujeres allenses. Está narrada en primera persona y fué escrita por su nieto Iván, quien escuchó ésta y muchas otras historias de su abuelo "Pololo" cuando vivía con él. 

 

El abuelo Pololo y su nieto Iván.

Pequeñas costumbres de un Gran Relato.

            A pocos le interesara mi relato, seguro que muchos lo ignoraran. Esta no es una gran historia de barcos y piratas, de grandes batallas, simplemente es una historia más en la Argentina de ayer y de hoy. La historia de mi historia.

            Mi nombre completo es Rodolfo Nicolás Cortes, me conocen como “Pololo”. Nací en Allen, Rio Negro, en el año 1927 en el ceno de una familia bien española. Mi libreta de enrolamiento es 7.291.634, soy radical y de river. Mi niñez no fue la más afortunada del mundo pero si me preguntan si cambiaria algo, les diría: Jamás. ¿Por qué? Porque esos años cambiaron mi vida,  mis primeros pasos marcaron lo que soy hoy. Cuando era chico dos personas marcaron mi vida. La primera me dio instrucción y la segunda me enseño el amor. Hoy en día soy tan grande que los recuerdos muchas veces se desvanecen. A veces no logro divisarlos a través de la neblina del tiempo, otras veces brotan de mí como gritos en la noche. La verdad no sé si fui siempre feliz, pero pude trasmitir a mis hijos y a mis nietos ciertas enseñanzas y compartí ciertos eventos que me gustaría creer que fueron felices.

Rodolfo Nicolas Cortes. Si uno presta atención en algunas calles, las mas viejas, en el cordón cuneta, tienen escrito POLOLO. En Brown y 14 de abril, todavía queda una marca. También estaba firmado el viejo puente que iba al balneario de Allen y el puente 83 de Fernandez Oro, sino recuerdo mal. Pequeñas marcas de un trabajador (Iván Gonzalez Cortés)

            Cuando era niño vivía en frente a la plaza San Martin.  Allen era muy chiquito, no es lo que es hoy, claro esté. Iba al colegio Nº 23, a solo una cuadra de mi casa. Mi madre cada día, para desayunar, nos preparaba café bien negro a mí y a mis hermanos acompañado de  huevos revueltos con panceta. Con el tiempo lo fuimos suplantando con las facturas que hoy en día conocemos y por supuesto, con el mate. Después de desayunar nos íbamos al colegio o, mejor, eso es lo que mi madre pensaba, la verdad es que me gustaba leer y escribir pero no me sentía cómodo estando dentro de ese edificio. En aquella época las maestras podían golpear a sus alumnos y yo era un poco travieso y siempre ligaba un golpe en las manos con la regla de madera. Como esa situación no era muy linda de a poco opte por no ir a clases. Salía de casa, cruzaba la calle, tiraba mi bolso con los cuadernos arriba de un pino y me iba a caminar, a jugar solo o acompañado, dependiendo el día. Los días de lluvia solamente me escondían arriba de algún árbol durante toda la mañana. Finalmente, a los 12 años la abandone por completo. Más allá de esta nota de color, lo más importante fue conocer a Ana. Antes les dije, que dos personas marcaron mi vida, bueno como se imaginaran ella fue una y es quien me enseño el amor. Desde que tengo uso de razón la conozco, siempre la miraba desde pequeño pero nunca le hablé hasta cuarto grado. Algunos dicen que se necesitan solo 20 segundos de valor para lograr lo que uno se propone y el primer día de cuarto grado le hable. Obviamente ella no me contesto, yo no le gustaba o eso es lo que ella me hacía creer. Pero bueno. La vida me llevo a diferentes partes del país pero la verdad es que nunca pude borrarla de mi cabeza, no era la mujer perfecta pero yo tampoco era el hombre perfecto. Tenía una mirada intensa, era muy directa, en pocas palabras diría que tenía “pocas pulgas”. Pero para mí era perfecta. Cada vez que tenía un momento le hablada o le preguntaba cosas solo para escuchar su voz. En los bailes jamás aceptaba bailar conmigo, era una madera “dura de roer” pero yo tenía fe de que en algún momento ella me correspondería.

Pololo y Ana

         A veces pienso si hice lo correcto en buscar y elegir de forma tan rápida a la persona con la cual compartiría el resto de mi vida… Luego, de ese preciso instante, miro a mi alrededor, la miro a ella, mientras tomamos mate en la cocina y pienso en todo lo que hemos construido juntos. Y es allí, en ese momento, en que pienso que no solo conocí el amor sino también la amistad. Cuando crecimos el juego de niños se terminó y empecé a mirarla como la que sería: la madre de mis hijos. Cuando cumplí 20 años comencé a preguntarle, en cada ocasión que tenia, si se casaba conmigo, a lo que ella contestaba siempre: ‘No,  Soy muy joven todavía, quiero vivir y ser independiente por un tiempo’. Un poco moderna para la época… pero ella sentía que debía estar preparada para el casamiento. Y yo respetaba y odiaba la situación, para que voy a mentir. Como tampoco voy negar que tuvo otros novios. Pero de eso no voy a hablarles, ya que abundarían groserías y mentiría sobre los rasgos de cada uno de esos individuos que trataron atraparla.

            Debido a la intensidad de mis reclamos hacia ella, la cantidad de veces que me le declare el día que me dijo SI! fue una puerta más que abrí en mi vida. No sucedió en un gran paisaje, con una linda cena o algo por el estilo. Fue en su casa, estaba su madre presente y nada mas paso. El día del casamiento estaba muy nervioso y seguro a la vez. Fui al sastre un mes antes (no recuerdo bien su nombre, creo que era Fuentes o algo parecido) y me encargue dos trajes para la gran fecha: uno azul, para la iglesia y uno verde, para el civil. Creo que el verde lo tiene mi nieto Iván hoy en día o Ana lo regalo. Siempre regala cosas que no son de ella. Tiene una gran virtud: es solidaria con las cosas de los demás. Eso sí, jamás le tocaría un vestido y lo regalaría. Esa preciosa mujer sería capaz de cortarme la mano, atarlo en la puerta de la casa y recordarme el momento por el resto de nuestras hermosas y largas vidas. Pero ese es otro cuento. En el casamiento la madrina fue Juanita Bazaul, la hermana de Ana, y el padrino fue Enrique Stagnari, marido de mi hermana Lidia.

Rodolfo y Ana en su casamiento.

            Desde ese día hasta hoy nunca nos separamos. Tuvimos dos hijos Ana María y Juan Carlos. Algunos me preguntan cómo hice para poder estar con una misma persona durante tantos años? y la verdad, es que no existe una fórmula secreta o algo así. Y la verdad es que no estuve siempre con la misma persona en todos estos años, viví con una mujer, una madre, una abuela, una trabajadora, una amiga, una compañera… No voy a negar que tuvimos nuestros problemas pero siempre lo hablamos e hicimos lo que ella quería. Yo tenía derecho a voz pero no a voto. Creo que allí está la clave (risas). Aunque tendría que decirles que escuchar y compartir es lo importante.... Y sobre el amor es todo lo que se.

‎Graciela Cortés, Maria Elena Cortes, Margarita Stagnari, Juan Carlos Cortes, Marisa Adriana Cortés y la cumpleañera Ana Maria Cortes

            La segunda persona que marco mi vida fue mi abuelo. Me enseño el trabajo. Cuando era chico trabaje como panadero y repartidor, hasta que mi abuelo me empezó a llevar a trabajar con él. Era albañil como luego lo seria yo. Usaba boina vasca, como yo. Y cada día se levantaba muy temprano, como yo. Empezó explicándome como colocar un ladrillo, preparar la mezcla y como usar la pala. Era un hombre de pocas palabras pero de buen corazón. En aquella época todo el mundo aprendía su oficio de la mano de un familiar si no se tenía dinero para ir a estudiar. No tengo mucho más que decir acerca de él. Era un hombre de pocas palabras y lo que más recuerdo de él es que me enseño mi trabajo.

            No si les gusto mi relato, pero si llegaron hasta acá algo interesante tendrá. Como yo existieron mil hombres, la única diferencia es que yo escribí mí historia.

Ana, Rodolfo y tía Juana, la madrina.

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