El pasado del gesto, del detalle y de aquello que nunca se olvida pero no se habla. Mujeres allenses 1940 – 1960.

Decían allá, en el tiempo del “ñaupa”[1] que las mujeres éramos el “sexo débil” y que encarnábamos lo más pecaminoso del género humano. A través de la historia, estas ideas han tenido gran cantidad de adeptos y publicistas. Sin embargo, lentamente las mujeres vamos teniendo nuestras heroínas tanto “ilustres” como anónimas.

Este proyecto ha comenzado a investigar sobre el amor contando historias de parejas y centrándose en mujeres que no son “ilustres” ni tienen reconocimiento como ser la “primera maestra” o  la esposa del “fundador” del pueblo. Estas mujeres han desarrollado sus vidas en el espacio cotidiano de nuestra ciudad, allí es donde han transcurrido sus historias. Son mujeres que forman parte de las mayorías “anónimas” cuyas acciones son fundamentales para entender una época, para comprender tradiciones y costumbres ya que aportan claves de porque somos como somos.

Sus vidas e historias también nos hablan de sometimiento, de acatamiento a pautas estrictas y control. Son mujeres en un mundo de hombres, que asoció lo débil con lo femenino. Tiempos paternalistas, algunas se animaron a hacerle frente y otras simplemente se acostumbraron, soportando estoicamente la “superioridad” masculina impuesta.

Las historias que van a leer son historias contadas mayoritariamente por mujeres, ellas nos ayudan a través de sus relatos, ha analizar sentimientos y deseos en contextos históricos diferentes, nos ayudan a ver cómo el “gesto” y el detalle conforman un mundo ínfimo donde el amor se manifiesta en su explendor.

En estos relatos también tenemos están los hombres, parte fundamental para comprender el amor y sus formas desde la óptica de lo masculino, no como sinónimo de la humanidad como se lo ha considerado durante siglos, sino como una de dos entidades empíricas, diferenciadas naturalmente por sus caracteres sexuales anatómicos, roles, etc. Estos hombres nos cuentan sus historias amor, tarea difícil pues "ellos" no hablan de amor facilmente. Sin embargo, lograrlo es fundamental para este trabajo pues sin ellos volveríamos a hacer nuevamente una historia sesgada.

                                                          



[1] El vocablo ñaupa proviene del término quechua ñawpa, que significa, justamente, viejo o antiguo.  

Normas de cortejo

María Luisa Genga y su novio Diositeo Gonzaléz de paseo junto a su hermana, Emilia Genga

  El cortejo a mitad del siglo XX tenía reglas preestablecidas y normalizadas a través de los años por el uso y la costumbre. Las ideas que expondremos sobre las formas en que hombres y mujeres se relacionaban tenía excepciones y no todas las parejas cumplían las normas generales de cortejo. Sin embargo, la mayoría caminaba hacia el altar siguiendo paso a paso el modelo que los tiempos irán modificando hasta desaparecer, transformarse y/o renovarse.

Historia de amor: Me enamore de sus ojos

 Contaba Betty., cuando ya casi pisaba los 90 años, que conoció a su marido apenas comenzaba a salir. Era una joven de 18 años que solo conocía el mundo familiar, solo había ido unos 3 años a la escuela primaria cerca de la chacra en donde vivía. No continuó la escuela pues “la necesitaban en casa”.

Como en muchas familias en aquellos tiempos, Betty tenia varios hermanos, que trabajaban en la chacra, y hermanas que cuidaban la quinta y los animales y realizaban las tareas de la casa. En general, las tareas estaban claramente diferenciadas entre ambos sexos y, si bien los varones de pequeños ayudaban en tareas domésticas, apenas alcanzaban un cuerpo y altura considerable para el trabajo salían a la chacra a ayudar al padre o a trabajar de jornalero en otra propiedad.

La fiesta en que Betty conoció a Juan era un cumpleaños de un familiar y comenzó temprano, a eso de las 19 hs. ya estaban llegando familiares y conocidos. Betty llegó con sus hermanas sobre una “chata” tirada por el tractor de la chacra, manejaba uno de los hermanos mayores. Los demás hermanos venían caminando junto al padre y la madre.

El lugar donde se realizaba la fiesta era una carpa prestada por empresa inglesa AFD. Esas carpas eran usadas para el acopio de las frutas que luego trasladaban en sus ferrocarriles al puerto. Dentro de las carpas habían dispuesto largos tablones como mesas y bancos, forrados en papel, sostenidos por cajones cosecheros o, en algunos casos, por caballetes.

El piso de tierra era regado cada tanto a fin de que se “asiente” y durante el baile no se levante polvo. Al son del primer “paso doble”, las parejas de más años salieron a bailar. Este era un buen momento para mirar hacia la improvisada barra donde se “acodaban” los jóvenes a charlar con amigos, beber algo y mirar a las jóvenes, que sentadas en las mesas aprovechaban el rato de descuido familiar para “coquetear” sutilmente.

Ella miraba al grupo. Él la miraba a ella.

Cuando en un momento los ojos de ambos se encontraron, él sostuvo la mirada, ella se avergonzó tanto que miró a su prima y le dijo:

- Martina, vamos al baño.

- Eh! Que pasa?, estas roja!

- Nada, nada, vos acompañáme, dale.

Betty  nos cuenta que era “muy resuelta y seria a pesar de mi edad, no tenía miedo y si tenía que decirte algo yo te lo decía”; nada perturbaba a la joven salvo… los ojos de Juan “Recién me volvió el alma al cuerpo cuando salí de la carpa y el aire frío me despertó”. Ella hoy dice que no sabe que le pasó y se ríe diciendo:

- Mira que bárbaro ¿no?, una sola mirada y salí corriendo, que vergüenza!! Mis nietas se ríen cuando les cuento, pero fue así, te juro… me enamoré de sus ojos.

 

Historia de amor: La soñadora 

 Rosa recuerda con nostalgia cuando conoció a su esposo Alberto. “Yo tenía 15 años y él se quedó flechado, me sacó a bailar, me preguntó porqué no iba al el cine,  cuándo me podía volver a ver y esas cosas. Nosotros siempre, cuando salíamos, nos quedábamos en la casa de (…) una familia amiga. Como unos cinco años después, un día fuimos al cine y estaba él, ¡se acordaba hasta del vestido que tenía en aquel baile en que me conoció! Nos invitó a tomar una cerveza en el bar del cine. Yo justo tenía a otro flechado, Domingo C., pero un día teníamos que ir a un cumpleaños y nos llevó Alberto. Ahí empezamos, me mandó una carta donde me decía cosas lindas, que quería una chica como yo, sencilla, que quería una relación seria”.

“Yo tenía admiradores”, dice Rosa y aconseja: “pero uno no tiene que dar mucho calce, uno tiene que hacerse valer, pero a mí me gustaba, así que le contesté la carta. Él había tenido sus noviecitas, pero, bueno, lo nuestro fue muy rápido, ya tenía la casa hecha en la calle San Martín, la estrenamos nosotros. En julio del ‘51 empezamos el noviazgo y en noviembre se quiso casar”. La vida de Rosa entonces cambió: “Nos fuimos a vivir a la casa en el pueblo, era otra vida” dice.

 Historia de Vida de Rosa: Click arriba para leer o acá "Yo soñaba que volaba"

 En este período que analizamos (primera mitad del siglo XX), aumentan las áreas urbanizadas, la clase media inicia su ascenso económico y se desarrolla lo que Isabella Cosse[1] denomina “modelo de domesticidad”. Este modelo era una normativa que determinaba lo que era “natural, deseable y correcto” en una familia.

No es casual que este modelo tuviera como centro a la familia ya que fue la clase alta la que primero encontró en ella la frontera para diferenciarse de una sociedad que crecía demasiado rápido y amenazaba la estructura social establecida.

Frente a las aspiraciones de respetabilidad de los nuevos sectores sociales la alta sociedad se inquietaba. La familia fue el centro desde donde irradiar el prestigio y la posición social; la reducción de natalidad y la mayor educación permitieron diferenciarse de los sectores populares.

También la clase media buscará delinear comportamientos en la familia que la acerquen a la clase alta y la separe de la baja. Durante este período los sectores medios se consolidan y casi en paralelo se desarrolla el fenómeno de la juventud quienes llegaran para modificar definitivamente el “modelo de domesticidad”.

 

Análisis de las historias: Normas de cortejo

“Como insistía la predica católica, las novias debían impedir las caricias intensas y prolongadas para resguardar su honorabilidad. De allí el sentido de convenciones como la chaperona y la visita, que garantizaban la distancia entre los novios y, sobre todo, que indicaban la respetabilidad social de las chicas” (Cosse, I. 2010)

  “Siempre me gustó bailar, íbamos a bailes con mis hermanas y amigos. Una vecina llevaba a su hija y a otras chicas más. Bailabamos toda la noche, cuando nos íbamos nos dolían los pies. Conocí muchos jóvenes bailarines, pero cuando tenía veinte años conocí a un bailarín, Humberto Gurtubay, que me atrapó, nos enamoramos y nos casamos” (Alicia “Coca” Retamal[2]).

Baile. A la derecha: Francisca Quiñones.

 El cortejo y el noviazgo estaban estructurados en torno al matrimonio que era el fin “normal” para todos y todas. Había distintas instancias, en realidad, eran reglas para el cortejo que podían comenzar solo cuando la mujer ingresaba al “mercado matrimonial”, como revelaba la institución del baile de 15.

El cortejo tenía etapas, en las primeras los varones disponían y las mujeres esperaban, sin embargo, la última palabra era de ellas: cuando daban el “sí” a la propuesta de matrimonio.

 “(…) Porque si tenías novio te tenías que casar”. (Coca Toranza[3]) (Lee su historia de vida)

 Al comenzar a frecuentar lugares donde encontrarse con otros jóvenes de su generación[4], podía iniciarse el “flirteo” que era más un juego y que dependiendo de la respuesta femenina, podía continuarse o no.

El paso siguiente se denominaba festejo y marcaba el grado de interés del varón por la mujer, presuponía una mayor asiduidad en el trato pero no un compromiso. Estas dos etapas son las de mayor seducción, romanticismo e incertidumbre. En la etapa de flirteo se encuentran Betty y Juan: miradas encontradas, ojos que dicen algo y que más tarde, será interpretado. 

Nuestra soñadora, en cambio, ha logrado el acercamiento de Alberto, quien ha “flirteado” cuando la vio por primera vez, luego de unos años ha iniciado el “festejo” y , finalmente, ha comenzado el cortejo. Rosa reconoce que tiene un “flechado” llamado Domingo, y que su “técnica” frente a los “admiradores” (o festejantes) era mantenerlos “a raya” dándoles poco “calce” para así “hacerse valer”.

Pero a Rosa le gustaba Alberto. Así que dejó de lado su “técnica” y le contestó una carta que él le había mandado. Este paso nos indica que ya ambos están interesados, se inicia así el proceso “reglamentado” que los llevará al casamiento.

En estos años, lo común era que los noviazgos fueran cortos: entre 3 y 6 meses (por supuesto había excepciones a esa regla). Esta imposición inicialmente de los padres y luego instalado entre las parejas, buscaba que el noviazgo no se prologase pues esto podría tener consecuencias impensables: perdida de la virginidad de la novia, embarazo, etc. Para definir la relación estaba el “compromiso” que, pedido de “mano” y anillo mediante, aseguraba el matrimonio e iniciaba la “cuenta regresiva” hacia el altar.

Compromiso matrimonio Miguel

Generalmente, eran los padres y familiares quienes tomaban las decisiones, pareciera ser que eran adultos como para casarse pero no para decidir como comportarse o elegir con quien casarse. Iniciado el cortejo, durante el flirteo, pareciera ser el único momento en que los jóvenes actúan con cierta libertad[5]: miradas, roses, gestos (como sonreír, “tirar” besos, hacer guiños,  “juegos” con el pelo, las manos, el cigarrillo, la bebida, etc.) etc. Estos, sin embargo, podían ser interceptados por algún familiar y allí, en especial, a la joven, se la conminaba a responder cuanto antes al joven seductor (siempre y cuando el joven llenase las expectativas familiares). Cuando se iniciaba el festejo los jóvenes tenían algunas certezas, sabían de la correspondencia entre sí y de la mutua atracción, sin embargo, era una zona “instable” entre amistad y romance. Claro que faltaba algo: Era necesario conocerse un poco más, salir de las primeras impresiones y comenzar a profundizar para avanzar en la relación y ponerse de novios. El “flirteo y el festejo eran los momentos por excelencia del juego, la seducción y la incertidumbre” (Cosse, I. 2010).

Una vez formalizado el noviazgo había reglas estrictas que cumplir y determinaban horarios, salidas y visitas. Todo se transformaba en el hogar de la joven al recibir al novio, en espacial los hogares de clase media debieron realizar una transformación que modificó la arquitectura de la casa. Para controlar el encuentro de los novios, los hogares comenzaron a destinar y/o construir un espacio popularizado como “la sala” (incluso algunos le agregaban “de estar”). Ese será el lugar de encuentro de los novios a solas y de alguna manera, la “sala” será también un espacio de estatus. No eran mayoría los que podían agregar o reformar la casa para construir un espacio solo para recibir visitas, sin embargo, se fue haciendo necesario si se quería evitar el encuentro de los novios fuera del hogar. En la sala los novios podían estar solos pero estaban cerca de la cocina y/o comedor donde estaba la familia. De esta manera se los “controlaba” con entradas y salidas imprevistas.

Tener una “sala” en el hogar colaboraba con la diferenciación social cada vez más marcada entre sectores medios y populares. Sin “sala”  no existía un espacio para controlar de cerca a los novios; los encuentros se desarrollaban en la calle, plazas, cine o bailes. Encontrarse en la entrada o el popular “zaguán” parece haber sido el indicativo de cierta “seriedad”, ya que el novio se “arriesgaba” a encontrarse con la joven en la puerta de su casa. El encuentro en otros lugares permitía menor compromiso y aumentaba la “mala reputación” de las mujeres. La moral de la época cuestionaba que una mujer estuviera sola con un varón, más aún si eran jóvenes pues para el “modelo de domesticidad” siempre era necesaria la supervisión de un adulto de la familia. De esta manera, se hacían cargo de la joven, padres, hermanos, tíos, primos y a hasta algún amigo íntimo de los padres.

 El noviazgo también exigía dar a los novios ciertos momentos “a solas” para conocerse y generar interés. Esos momentos debían controlarse pero lo justo y necesario ya que demasiado control podría perjudicar la relación y poco control “perjudicaba” a la joven poniendo en entredicho su “decencia”. La sala fue transformándose en ese espacio propio y simbólico de la clase media y del “modelo de domesticidad” que ella representaba e impulsaba.  

Revista Rico Tipo, 1950

 El control de los jóvenes en los sectores populares tenía ciertos problemas. Por un lado, padre y madre eran (generalmente) trabajadores y se ausentaban gran parte del día de sus hogares. Esto les permitía a sus hijos gozar de mayor libertad, frecuentar amigos y tener encuentros en plazas, cine (si alcanzaba el dinero), etc. Los hogares populares no tenían la “sala”, apenas eran hogares de uno o dos ambientes por lo que era imposible tener una cita amorosa en ellos. Algunos padres en su intento de control y de seguir las costumbres imperantes preparaban la cocina para el encuentro mientras el resto de la familia esperaba en el dormitorio común. La libertad de los jóvenes de los sectores populares trajo como consecuencia tener más madres solteras “visibles”[6] y, por ende, mujeres trabajadoras criando solas a sus hijos.

 “Yo me casé a los 15 y dejé de trabajar. Mientras trabajé en publicidad yo era una señorita del pueblo y tenía varios pretendientes” recuerda orgullosa Coca. “Elegí uno, pobre, ¡como yo!”, dice riendo, “andábamos a escondidas, en Güemes, Quesnel, Libertad y San Martín había un aserradero y era villa cariño porque iban allí los novios para que no los vean. Porque si tenías novio te tenías que casar. Yo era medio inconciente, tenía 14 años, y pueblo chico, infierno grande, un día se enteró mi viejo”. “Yo le tenia respeto, no miedo”, explica, “éramos hasta medio adelantadas para la época, lo tratábamos che, che papá, che mamá. Éramos modernas, pero bueno, obviamente tuvo que ir a pedir la mano. Mi vieja, ¡pobre! Tremendo, tenía que suavizar a mi papá porque con 7 hijas mujeres, cada vez que una metía la pata era mi mamá la que ponía la cara. Yo era muy chica, una nena para el día de hoy, pero era madura para muchas cosas. Pero no sabía nada. Te casabas y te ibas, así era antes. La cosa es que Ernesto Martín, mi novio, con sus 19 añitos fue a casa a pedir la mano después de que mamá le hizo el entre a papá, que en la punta de la mesa, con su estructura inmensa, negro y grandote, lo miraba, mientras Martín le decía que andaba de novio conmigo y que se quería casar”, cuenta divertida mirando la situación tantos años después, “dijo que podía mantenerme, que era albañil que trabajaba con fulano y qué se yo. ¡Después pasamos un hambre!” (Coca Toranza op. cit.)

 Históricamente los sectores populares fueron estigmatizados como “faltos de moral” cuando en realidad la cuestión era no tener las condiciones materiales que les permitieran tener la “doble moral” de los demás sectores. Han debido soportar la construcción de una imagen y un discurso que tildara a sus mujeres de “indecentes” por tener que salir a trabajar y no ser “ama de casa” o por no tener el espacio ni las posibilidades de acompañar el crecimiento de sus hijos o supervisar sus noviazgos.

Es decir, entonces, que la institución del noviazgo y el casamiento requerían condiciones económicas y sociales que solo poseían ciertos sectores sociales, que “además se valían de dichas convenciones para la definición de su estatus” (Isabella Cosse)

Finalmente: algunas cuestiones que aún mantienen algunos adultos, tienen su génesis en este “modelo de domesticidad” que cargaba, a las familias y a sus vástagos, de costumbres y pautas de conducta que delimitaban de manera estricta que estaba bien y que estaba mal. Con estas normativas, en la década del 50, los sectores medios en ascenso se acercaban a los sectores altos y se diferenciaban de los sectores populares. Los tiempos de la “decencia” no tenían zonas grises ni intermedias… hasta que llegó para quedarse la vorágine de los años 60, y todo cambió (o casi todo…).


[1] Cosse, Isabella: “Pareja, sexualidad y familia en los años sesenta”. 1ª ed. Bs. As. Editorial Siglo Veintiuno, 2010.
[2] Ver “La Coquita”, Historia de vida en Libro del Centenario 
[3] Ver “La Coca Toranza”. Historia de Vida
[4] Entendemos generación como define Isabella Cosse a aquel “grupo de personas que se distingue de forma significativa de otros grupos por su experiencia compartida”. El término es importante pues refiere, además, a una “interpretación propia de la época según la cual las transformaciones eran motorizadas por las nuevas generaciones, abiertas a innovaciones, en oposición al adulto” y porque permite “advertir las diferencias entre el modelo que había regido la vida de sus progenitores y los cambios inaugurados por los jóvenes en los años sesenta y, al mismo tiempo, las distancias que existieron entre los propios jóvenes según el momento de su socialización que definió el contexto de su experiencia. Estas fracturas generacionales en relación con los valores familiares se inscribieron, a diferencia de lo sucedido en Europa y Estados Unidos, en un escenario de incremento de la represión moralista y ascenso del autoritarismo”.
[5] Decimos “cierta libertad” pues el sistema de normas y pautas sociales en los años 50 era tan marcado que era muy difícil escapar a su influencia y poder. Este sistema impuesto se mezclaba y asociaba con la idea de  “valores” sociales y formaba parte de de la educación formal y la enseñanza familiar.
[6] Decimos “visibles” pues en la clase alta y media también existieron jóvenes solteras embarazadas pero no trascendía socialmente. En muchos casos, los padres se llevaban a la joven terminar el embarazo lejos de su casa y el bebé aparecía como hijo de la madre. También, existieron casos de aborto pero no eran comunes en estos sectores hasta después de los cambios en los años 60 y 70. En el imaginario han quedado dichos como “dio el mal paso” o “se la llevaron de ‘viaje’”, etc. Muchas familias del pueblo vivieron situaciones semejantes pero al tener mas recursos podían esconder el “pecado”, las más humildes debían cargar con el peso social que significaba para la época ser madre soltera.  

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1 respuesta

  1. gabriela dice:

    Estimados,
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