Los «limites» del pueblo

Nos contaba Mercedes Vicente en nuestro facebook que en aquellos primeros años de vida allense, la bodega Alto Valle de Amadeo Biló era donde se "terminaba el pueblo". Mavis Florencia Soriano también así lo recuerda. Y así era ya que más allá no había otras construcciones, salvo el hospital...

La bodega vista desde el aire. Foto: Museo.

 Es por eso, tal vez, que se fueron gestando leyendas sobre lo que había más allá si pasabas ese "límite" del poblado y te internabas en la zona, aún despoblada, que rodeaba al Hospital Regional . Recordemos que la bodega de Amadeo Biló fue una de las primeras construcciones de importancia; ya en 1917 instalaron unos motores alemanes para iluminar la bodega pero la usina eléctrica era muy poderosa y pudo darle luz a las primeras construcciones del pueblo, cercanas a la bodega y al Hospital.

La maquina tenía un motores Otto Deus de 25 caballos de un cilindro y funcionaban a fuel oil

Así Allen tuvo luz por primera vez y, según varios testimonios, fue la primera localidad de la Patagonia con luz propia. Para ver más sobre esto aqui.

Los horarios de uso de la luz eran marcados por Biló por lo tanto, a las 12 horas de la noche el servicio era cortado. Primero se hacía un pequeño apagón como aviso y luego se cortaba definitivamente. La Municipalidad en los años 30' canceló el contrato con Biló, la situación crítica que se vivía en aquellos años el municipio no le permitía hacer frente a ese gasto.

Pero volvamos al "límite" que nos contaba Mercedes y Mavis. Los tiempos avanzaron, algunas calles fueron iluminadas con aquel farol que pendía de un cable y que se bamboleaba cuando apenas corría una brisa. La zona comenzó a ser vista como "peligrosa" pues allí parece que siempre "pasaba algo", sucedían "cosas raras" que algunos recuerdan así...

 

EL CHANCHO

Dibujo: María Langa.

      Aún hoy, después de más de 50 años, H.A.M. dice que él lo vio a través del cerco de ligustros esa noche en que, desafiando el mandato familiar, decidió seguir jugando, solo, en el jardín de la chacra de la tía María. -Era grandote, harapiento, llevaba colgadas unas bolsas y hacía un ruido así, como el de los chanchos. Yo lo vi, lo sentí, y salí disparado hasta la cocina donde todos estaban reunidos, pero a pesar de que el susto me hacía saltar el corazón por la boca, no dije nada. La aparición de “El Chancho” en una chacra cercana al pueblo podía despertar algunas suspicacias porque por aquellos años la gente señalaba sus dominios en el Barrio Hospital, más precisamente en el extenso terreno que rodeaba al nosocomio y en la calle San Martín, la que estaba atravesada por un canal bordeado de una frondosa arboleda y que en las noches nubladas se convertía en una virtual “boca de lobo”, o, para ser más precisos, en “la boca del chancho”. ¿Quién vio efectivamente a “El Chancho”? Muchos de los que en esos tiempos eran muchachitos y hoy son abuelos dicen que escucharon sus resoplidos y sus pisadas en medio del viento, de los crujidos de las ramas de los árboles, de los chistidos de las lechuzas y del ruido chillón de la lámpara que cada 100 ó 150 metros se bamboleaba tratando de horadar, sin suerte, la negrura de la noche. Algunos confiesan que llegaron a sus casas mojados de sudor en pleno invierno y con una locomotora en el centro del pecho. ¿Cómo era? ”Un loco”- dicen unos. “Un monstruo, mitad hombre, mitad chancho”- dicen otros. “Un invento de alguien para divertirse con el miedo ajeno”- aventura alguien que, a la distancia, se muestra más racional. Pero lo cierto es que para los muchachos del Barrio Hospital seguir los episodios que todos los martes a las nueve de la noche se proyectaban en el Cine Lisboa era un desafío de valientes. Más osados que Tom Mix, el Llanero Solitario o Flash Gordon se iban reuniendo en el Bar de Pires, que estaba al lado del Cine, y después de disfrutar de las aventuras de sus héroes en la pantalla y una vez que aparecía el “CONTINUARÁ” debían emprender la odisea del regreso, a la medianoche. Los diez o quince que semana a semana juntaban las monedas y el coraje necesarios, tomaban la calle Independencia –hoy Tomás Orell- y llegaban hasta la Bodega de Biló y de allí giraban por Italia hasta la San Martín. Iban recordando las acciones sobresalientes, riendo y hablando en voz alta, -una manera de conjurar el miedo y de que no se les notara la taquicardia- pero cuando se acercaban a la esquina de Quesnel, la esquina del Hospital, las voces y los oídos se afinaban al par que la marcha se hacía cada vez más rápida. El grupo se iba desmembrando a uno y otro lado del canalito y al llegar a la esquina de los Olazábal sólo quedaban cuatro o cinco que, vecinos entre sí, se recluían rápidamente en la tranquilidad del hogar. Y las madres suspiraban, aliviadas…

Historia y texto: Marta Inés Tenebérculo.

Hospital y su zona aún despoblada

 Albúm de fotos del Hospital

También te podría gustar...

1 respuesta

  1. Mavis Florencia Soriano dice:

    Si yo también vivía en Allen cuando se aparecía «el chancho», tendría menos de 9 años y recuerdo que acostumbrábamos entre semana ir al cine con papá y mamá, pero a la función de la noche (ya que mi padre trabajaba durante el día); pero nosotros estábamos en el otro extremo del pueblo cerca de la Cooperativa Millacó y regresábamos caminando por lo que es hoy la calle H. Yrigoyen. el cine por supuesto era el Lisboa. Papá por este tema del chancho tomaba un cuchillo y se lo ponía en la cintura, por si acaso… pero nunca esto nos impidió ir al cine…. Después con el tiempo se dijo que era alguien que se disfrazaba para asustar a la gente….

Responder a Mavis Florencia Soriano Cancelar respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *