Los chicos death – metal – técnico – progresivos. Por Rabino.

El recital de rock. A lo largo de estos años he tenido la grata fortuna de asistir a muchas de estas reuniones. Las más de las veces, en reductos de mala fama, pero por lo general, siempre pipón de sonidos he salido de aquellos lupanares. Sospecho yo que no hace mal a nadie, la observación y la mirada del otro. Ayer volvía a mi casa y todos los taxistas de la cuadra me hicieron señas solidarias que indicaban que la goma delantera izquierda estaba baja. No comprendía las señas. Al principio pensé que eran todos hinchas de Estudiantes como yo y que querían que esa noche el pincha aplaste a su igual carioca. Luego me di cuenta de que uno de los que hacía señas tenía en el vidrio trasero una calco de Mickey con la camiseta de San Lorenzo teniendo relaciones con Pluto, quien tenía tatuado el globo de Huracán. Así que descarté la actitud conspirativa futbolística. El segundo intento de estos hombres solidarios fue el señalamiento liso y llano del enfermo. En este caso la malograda cubierta. Por qué señalaban? Esto ya era una novela de Dan Brown. Quieren que pase en rojo. Quieren que llegue primero. Creen que fui yo. Que fui yo el que hizo algo y me señalan. Repasé lo malo e incorrecto hecho por mí esta semana: Oriné dentro del ropero en la casa  de un amigo. Comí los sobrantes de lasagna que mi familia esperaba almorzar el domingo. Compuse dos temas con la misma música, y la música es en realidad de los Beatles, y la letra prácticamente también. Blasfemé. Volví a ver 300. Seguí codiciando la mujer de mi prójimo y tomando de la botella. Pero nada incluía la presencia de aquellos señaladores. El semáforo se puse en verde y atiné a levantar el pulgar. Doblé y estacioné en mi casa. Cuando bajé ví lo que pasaba. Me sentí bien. Qué importa no entender las señas? Es lo mismo que uno siente cuando escucha rock en otro idioma que desconoce. No se comprenden los detalles, pero se entiende todo. Y uno se siente bien. Está conectado. Está sintonizado con aquello. Eso pasó con los tacheros. Yo no entendía, pero estaban todos en la misma. Todos tenían un propósito. Tan loable además. Tan valiente. Acaso el gran propósito del hombre moderno. Salvar al otro, sin importar que sea estúpido. Eso es rock and roll. No entender nada, pero estar ahí para sentirlo, y contarlo ahora. Después llega la madurez, y con ella uno empieza a saber que la goma estaba baja, y que los guitarristas no tienen trances ni están poseídos por una maldición, ni son descendientes de los moros, sino que estudiaron las escalas modales. Por suerte algunos siguen sosteniendo con aguda intuición, que todas las señas indican lo mismo, siempre. Y que la música es un viaje de ida cuyo pasaje está oculto y no puede debelarse a sujetos simples y mediocres por más que estudien toda la vida. Por eso entré a casa y decidí escribir sobre la banda en la cual toca el hermano de un hermano, que además es un amigo a pesar de nuestra diferencia de edad, que no es tanta, pero alcanza para que nos subamos a un hipotético taxi, y que él diga “a House”, y yo diga “a Magui”. Tatito, el hermano de Diego “el inglés”,  es el guitarrista de Sacred Silence, primer banda Death metal técnico progresiva de Allen. Tuve la suerte de ser testigo de los aprendizajes de “ese chico de rastas que atiende la roquería”. Y fuimos ansiosos a verlo tocar en su primer escenario con Sacred Silence (Tatito es un ex Por Culpa de Otros). Para escribir sobre ellos, hice la tarea. Busqué en Wikipedia (no voy a poner una carita feliz guiñando un ojo no sean boludos) y encontré esto:

…en este caso el metal progresivo con influencia death metal tiene algunas similitudes con el death metal técnico pues este último también incorpora ciertas influencias del metal progresivo y metal técnico, aunque de una forma más técnica…

Yo tampoco entendí un choto. Y a contramano del resto de las bandas del mundo que al hablar de su estilo, repasan alguna banda en particular que se  les asemeje,  hablé con el bajista y escuché al guitarrista y al baterista, y la verdad les entendí menos que al trabalenguas de Wikipedia. Así que voy a remitirme a lo que mis oídos dictaron el día que los escuché por primera vez. Cosa complicada. Soy un poco sordo. Un poco sordo del derecho. El izquierdo ya no me pertenece. Los primeros cinco minutos tuve un zumbido. Cando volví en mí, escuché que hacían una onda In Flames. Mucho machaque, mucha distorción. Mucho equipamiento. El cantante se llama Samuel y se rompe la garganta en cada tema. Dan ganas de salir corriendo y cagar a trompadas a un lobo marino. No hay solos de guitarra, pero es muy admirable la velocidad de ambos guitarristas, sobre todo de sus manos derechas. La mano no se les ve! Son el sueño de los empresarios del queso rallado. La verdad tienen una pelota de sonido desconocida para nuestra localidad. Y el baterista no desentona y le pega rápido. Lo que hace que junto con el bajista, que se llama Leo, más conocido como el Topo, que si bien no se escucha por momentos, pero usa remera negra y también está tatuado, sean una banda recomendable. No necesariamente para invitar a un casamiento, pero sí para escuchar algo pesado. Tal vez aquel primer recital fue un poco desafortunado para todos nosotros. Ya que la postura de algunos de los integrantes fue la de subestimar al público allense y expresar su conocimiento de la situación en la qua nos encontrábamos aquellos que “no íbamos a entender un estilo tan complejo”. Tocan rápido. Por suerte, estos muchachos tocaron nuevamente taloneando a Cabezones. Y fui de nuevo. Esta vez, cambié de rumbo y saludé a Joaquín el otro guitarrista, un tipo lleno de tatuajes que se esfuerza por dar miedo y desde muchas cuadras se nota que es un sujeto inofensivo y seguro buen tipo. Es como un Bulldog gordo y amable. Cuando se enoje, probablemente nos coma un dedo riéndose con cara de loco. Pero a simple vista da buena impresión. Tiene aros en varias partes dolorosas, y lo he encontrado en Lullaby debajo de un gorrito escuchando música. Saludé también al “Samo”, el hombre de las tachuelas gargantales. Cuando lo vi acercarse advertí a todos de su llegada, evitando el susto. Pero no. Habla normalmente. A ver si habla como canta. Nos vuela la peluca a todos, y de improvisto puede generar problemas cardíacos.  Y por supuesto saludé a mi amigo Hernán (Tatito). Samo me agradeció sentidamente. Igual que el hombre de las rastas. Joaquín es austero. Lo que le impide equivocarse, pero tampoco acertar. Me volví contento, porque volví a amigarme con este proyecto. Y volví a reparar en que estos chicos duros están mejor arriba del escenario juntos, que abajo. Son creíbles ahí arriba, y eso es una parte. Pero una parte importante de toda la cosa. Abajo, habrá deslices. Habrá comentarios apresurados, maleducados y desatinados. La banda que conocí en el Centro Cultural no fue la misma que escuché la primera vez. Y tengo otra vez el bolsillo lleno de fichas para cargar en la fonola. Apostemos por ellos. El tiempo y el camino harán callar y enseñarán a algunos, y convencerán a otros de que las vestiduras son ropajes innecesarios. Las señas reales cuentan más. Nuestras ruedas cada vez están más rotas muchachos, y nos cuesta avanzar para cualquier lado. Nos cuesta ganar plata. Nos cuesta socializar con minas. Cada vez es más difícil estudiar. Nos cuesta bajar de peso. Nos cuesta dejar algunos vicios. Nos cuesta tocar mejor. Nos cuesta aceptar la culpa. Pero siempre habrá familia. Siempre habrá amigos que lo entiendan. Siempre habrá compañeros que se preocupen. No faltarán jamás aquellos que nos enseñen. Y espero que no dejen de haber hombres, que entiendan el mensaje y sigan insistiendo en cambiar nuestra mirada, aunque lo entendamos, recién cuando sepamos que nuestro motor está por  apagarse. Buena vida.

Sacred Silence (Formación 2010)

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