Recordando a papá Isaac: Monica Skop

“Estábamos en séptima, esperando a  Isaak Skop, el profe de matemáticas y se ponen a pelear a las trompadas en la vereda… justo en la ventana de nuestro curso. Todos nos apiñamos frente a la ventana para ver y ahí estábamos, mirando. Sin que nos diéramos cuenta entra el profe y muy enojado nos dice que es una vergüenza, que qué estábamos haciendo, mirando cómo otros se peleaban… Mientras nos retaba, íbamos despejando la ventana, cada uno volvía a su banco. Entonces, después de saludarlo y sentarnos, vemos que él, se va a la ventana y nos dice “ahora sí, vengan” ¡Se puso en el mejor lugar!” (Testimonio de un alumno del Mariano Moreno en los años ‘70). 

Monica

Mi papá era una persona normal con defectos y virtudes como todas las personas. Cuando la gente me para en la calle y habla de mi padre, siento que lo “endiosan”. Pero él era un hombre simple, muy trabajador que se levantaba muy temprano a leer libros de ingeniería para luego empezar la jornada diaria de trabajo. Siempre tuvo más de un trabajo porque éramos muchos para alimentar y hacernos estudiar.

José Skop, el abuelo. Mi abuelo llegó a Allen como encargado de la tienda “Diente de Oro”, mi abuela quedó en Europa pues era menor de edad hasta que mi abuelo le mandó el pasaje para que ella se viniera. Mi papá hizo el colegio secundario en Gral. Roca y luego viajó a Córdoba para estudiar Ingeniería Civil.  Por esas cosas que uno percibe cuando es pequeño, sé que mi papá era muy picaflor. Esa era su fama y en Córdoba, en el barrio en que vivía, conoció a mi mamá, que era la única soltera de cuatro hermanas mujeres.

Ella vivía con su madre, trabajaba de secretaria administrativa y siempre andaba muy elegante, de tacos altos y muy bien vestida. Por lo que contaba mi mamá, ella ya le había “echado el ojo” a mi papá. Luego, en un baile la sacó a bailar, bajo la mirada de la madre desde la mesa, tal como sucedía en aquellos tiempos. Ese día no pasó nada, pero se cruzaban constantemente en el barrio, hasta que un día mi papá la paró y la invitó a ir a misa, ¡pero los dos eran judíos! ¡El enojo de mi mamá! Pero fue muy gracioso. Mi padre tenía 29 años cuando se casó y mi mama tenía 35 años, algo impensado para la época. Para el año 1958 mi mamá estaba embarazada de mí. Justo ese año, mi abuelo falleció y las cosas se complicaron para la familia porque había que hacerse cargo de la tienda y de la chacra. Al año siguiente nació mi hermano José y luego Eduardo. A los tres meses de su nacimiento llegamos a Allen. En un principio vivíamos todos juntos con mi tía Luisita y su familia, y mi abuela, detrás de la tienda “Diente de Oro” original, que quedaba un poquito más allá de donde está ahora. Luego, nos fuimos a vivir a la chacra. Esa fue una época muy dura y triste, especialmente para mi mamá, que venía de una ciudad como Córdoba, acostumbrada a todos los servicios y acá se encontró con que no tenía ninguno. Tenía que cocinar con leña, la luz era un lujo y se cortaba mucho, por lo que teníamos lámparas de kerosene. Además, hacía mucho frío, era muy crudo el invierno y mamá nos acostumbró a cambiarnos bajo las sábanas.

Después, mi padre consiguió trabajo en Vialidad de la provincia de Neuquén y debía viajar mucho tiempo a la cordillera, pues se estaba construyendo la ruta que nos unía con Chile. Yo recuerdo que  le pedía a mi mamá una foto de papá, porque tenía miedo de olvidarme de su cara. Mi madre sufrió mucho, no tenía vecinos cerca y estaba sola con tres pequeños. Mamá me contaba que, como yo me quedaba sentadita sin moverme y ella necesitaba hablar con alguien, me sentaba y hablaba conmigo como si fuera un adulto. Ella cambió su vida por amor, no la detuvo nada, ni los obstáculos ni toda esa soledad que pasó. No tenía lavarropas, el lavadero le quedaba afuera, los días de invierno recuerdo que entraba con sus manos congeladas de fregar en una tabla de madera con agua fría. A los 5 años comencé el jardín de infantes en “El Conejito Pompón”, que quedaba en la avenida Roca. Me costaba mucho quedarme… me hacían un gran rodete lleno de invisibles, me ponían zapatos y medias blancas y un guardapolvo a cuadritos rosa y celeste. La señorita Susana era nuestra maestra. En esos tiempos llegó mi hermanito mas chico, el único nacido en Allen. Se llama Ricardo Javier Fitzgeral, pero todos lo conocen como “Tute”, un sobrenombre que le puso mi papá que derivó de “tutito”, como que es algo muy pequeñito. Mi padre en ese momento ya había comenzado a dar clase en forma gratuita en el Mariano Moreno, dando matemáticas y física. Además, de dedicarse a su profesión de ingeniero y dar clases, se encargaba de la chacra. Por eso era usual verlo arriba del tractor de camisa blanca y corbata ¡no alcanzaba a sacarse el saco al llegar! Fui a la escuela 23, al igual que mi padre, y los mejores recuerdos los guardo de mi infancia y adolescencia, cuando “éramos 20” como les digo a mis hijos y todos íbamos a los mismos eventos, cumpleaños, aniversarios, casamientos y velatorios. Todos nos conocíamos, no hacíamos diferencia ni siquiera de edad, todos éramos amigos y si no lo éramos, sabíamos quién era cada uno. Si íbamos a otra ciudad y nos encontrábamos con un allense, sabíamos que nada nos pasaría pues teníamos a quien recurrir ¡y eso era muy bueno! Luego vino aprender a nadar e inglés, estas dos cosas eran obligatorias para mi padre, creía que eran imprescindibles. Decía que el idioma  era importante para el futuro y  que nadar más  importante aún por el peligro del río al que íbamos siempre en grupos y casi nunca con mayores. Después, mirando, aprendí de mi padre a jugar al ajedrez, Avalis fue nuestro profesor en el Club Unión Alem Progresista. Papá nos traía los domingos a la mañana a la sede, que estaba en el edificio donde está ahora el Banco Nación, y ahí nos enseñaban. Hacíamos campeonatos y recuerdo que yo era la única mujer. Fuimos a competir el regional a Neuquén, el provincial a Viedma y el Nacional a Río Tercero. Allí salí tercera, pero no importaba el puesto, lo importante fue la experiencia, todo lo lindo que viví. Cuando fuimos al secundario también lo tuvimos como profesor. ¡Nunca sentí tanta presión! Era imposible separar al papá del profesor. Los recuerdos que tengo de él como profesor son, por ejemplo, que un día, en segundo año, yo me sentaba en la anteúltima fila y detrás de mí estaban Cristian Van Opstal y Claudio Genga. Mi papá estaba explicando en el frente y en un momento vi que se puso en  posición de tirar un tizazo en mi dirección. Yo alcancé a agacharme, era para Cristian que estaba durmiendo, pero ¡casi, casi, la ligo yo! Ahora que yo doy clases, no tiro tizas, pero sí utilizo dos técnicas de él con muy buenos resultados: una es esa de obligar al que hace monigotadas a no dejar de hacerlo por lo menos por cinco minutos y, si es posible, en el frente; la otra es darles la evaluación y salir a dar una vuelta por el pasillo, yo pienso lo que él me decía: si no estudiaron, por lo menos aprenden en ese momento, copiándose. Otra de las cosas que guardo de él es el hábito de la lectura que pude también transmitirles a mis hijos. Él siempre me decía “aunque sea, leé el Patoruzito, no importa qué, pero leé”.

Lamentablemente, papá  murió con 52 años de repente… aún siento mucho dolor pues no pude decirle un montón de cosas. Por eso ahora trato de vivir y de decir las cosas en el momento. No conoció a mis hijos, ni me vio recibirme, y este año que yo cumplo 52 años pienso qué joven que era y todo lo que hubiera podido disfrutar… Dios sabrá, lo que sí sé es que dejó huellas que no se borrarán en muchas personas con las cuales se contactó. Todas tienen buenos recuerdos, algunos divertidos y sobre todo que era una buena persona en todas sus acciones y en su proceder. Por eso, cada vez que tengo que tomar alguna decisión pienso cómo actuaría él, pues el ser totalmente honrada también tiene un costo en esta sociedad y no te dejan lugar, te sacan, yo lo viví en carne propia pero prefiero eso y no pensar que mi padre se enojaría mucho si traicionara la honestidad, la honradez y mis principios, que son los que él me enseñó. Ese era mi padre: primero los seres humanos y luego lo superficial. Vivió la vida a su manera, creo realmente que tuve suerte de tenerlo de papá… Por eso, recuerdo siempre aquel suceso cuando papá era Secretario de Obras Públicas y algunos empleados municipales se llevaban material para sus obras y él no lo sabía. Nunca había visto tanta tristeza en mi casa… fue una época muy oscura en mi familia, mi padre sin dormir y mucho dolor familiar. Pero, por suerte, se hizo justicia porque la gente que conocía a mi padre no dudo nunca. La forma fue hacerle esa cena de desagravio a quienes lo acusaron, que salió publicada en el diario Río Negro. La gente, mucha, se jugó por él, creyeron en él y esto fue muy bueno porque en las malas se ven los amigos. La gente podía haber elegido dejarlo solo y sin embargo estuvieron ahí ¡qué bueno! ¿No?

Adaptación del testimonio scrito de Mónica Skop, 2010.

Mención "Isaac Skop"

Recuerdan Isaac:

Saúl Colodner

Mauricio Zenker

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