El volcán Copahue.

A proposito de la erupción del volcán Copahue, les presentamos una nota de Hector D’Amico.  Salió en el diario La Nación y recuerda a Manuel Mir uno de los primeros pobladores de la zona. D’Amico pertenece a una de las familias que vivieron y viven aún en Allen. También estan en Allen familiares de Manuel Mir; por todo esto queremos recordar, con algunas en imágenes y textos del Libro del Centenario, algunos aspectos de estas familias y otros sobre aquellos que se animaron a ir a Copahue cuando todavía no era una zona turística.


En 1911, un decreto del mes de septiembre, confirma a Manuel Mir, junto a otros, como habitante con prioridad en los terrenos del nuevo pueblo de Allen. Esto fue así pues el gobieron consideró que les correspondía “legitimar la ocupación que ya ejercían”, esto significa que Manuel Mir ya estaba instaldo en el lugar como lo indica su solicitud de 1910:

Sobre este proceso: “Los Piñeiro Sorondo”.

Manuel Mir fue integrante de la Cooperativa de Irrigación Colonia General Roca Ltda. (creada en 1907) con la que se buscaba solucionar el problema del riego y atraer inversiones. Como activo poblador del grupo que, junto al capital inglés, impulsó el desarrollo frutícola de la zona, Mir participaba de todo aquello que colaborara con la valorización de la zona:

Diario Río Negro, 1913

Sobre el desarrollo de la región y el riego:  “La tierra”.

Isabel, su esposa, será una de las impulsoras de la construcción de la Capilla Santa Catalina:

Manuel C. Mir e Isabel Ibargüen de Mir en su primera chacra (1907).

Mas sobre La Capilla Santa Catalina.

Familia Mir en la chacra "Las títas" (1924)

El padre que fue al volcán en busca de un milagro

Por Héctor D’Amico – LA NACION, 22 de diciembre de 2012.

En mi familia la enseñanza de la religión convivió siempre con una silenciosa admiración por el volcán Copahue. Lo que parecía una contradicción próxima a la blasfemia se fue haciendo racional, comprensible, con el correr de los años.

En el verano de 1928, en una de las primeras plantaciones de manzanas y viñedos del Alto Valle de Río Negro, mi abuelo, Manuel Ciriaco Mir, supo, con la certeza de un rayo, que su hijo menor, Jorge Rufino, de ocho años, había contraído poliomielitis.

El médico cumplió con el compromiso de revisarlo y confirmó el diagnóstico. Para evitar borrar cualquier duda, toda esperanza, agregó que no podía hacer nada por ese chico contraído, ya inmóvil, que apenas podía respirar. Insisto, era el año 1928. No había pulmotor, ni Albert Sabin, ni Jonas Salk. El cuadro era trágicamente simple: los enfermos de polio quedaban lisiados o se morían.

La única esperanza a la que se aferró Manuel Mir, mejor dicho, que se impuso a sí mismo y a su familia en medio del drama, fue el volcán Copahue.

Alistó un camión Chevrolet que tenía en el campo, lo aprovisionó con carpas, alimentos, sogas, picos y palas, y les pidió a dos de los peones que lo acompañaran, por las dudas. Después, subió al enfermo en una camilla, lo cubrió con mantas, y se marchó a la cordillera en busca de las aguas mágicas de aquel volcán lejano del que tanto había hablar a los paisanos, a los arrieros y a los gendarmes que regresaban de la frontera con Chile.

Lo que sucedió allá arriba en la cordillera es una historia es una historia que orilla la desesperación, la fe, el amor y el fanatismo.

De no existir las fotos y los testigos, bien podría pertenecer al universo de las leyendas.

Manuel Mir plantó su carpa en lo que ahora es la Villa de Copahuen, contrató a un baqueano, alquiló suficientes caballos y se entregó a la rutina de sumergir el cuerpo de su hijo en las fumarolas de aguas, casi en ebullición, mezcladas con sulfuro, malolientes, cuyos ácidos y minerales corroían la lana y el algodón de la ropa hasta convertirlos en manojos de hebras.

Más de una vez, Manuel Mir amarró la camilla sobre dos largas varas de álamo, atadas a la cincha del caballo, y marchó seis horas hasta la boca misma del volcán, en cuyo interior descubrió una laguna silenciosa, de agua templada, alimentada por la gruesa pared de hielo que cubre el cráter todo el año.

Después de atarlo cuidadosamente con sogas, ayudado por los baqueanos, hacía descender al chico por aquella boca de piedra. Lo hizo durante cinco veranos consecutivos.

Cada vez que los adultos recordaban esa historia en la familia, los más jóvenes quedaban encandilados por aquella imagen aterradora: un chico inmóvil, atado a una camilla, sostenido por dos cuerdas de cáñamo, que es cuidadosamente deposita en el ojo del volcán.

Con el correr del tiempo, otros padres desesperados fueron en busca de una ilusión hasta aquel caserío improvisado de verano a dos mil metros de altura y cuya única huella de acceso era tan empinada que los coches tenían que subirla marcha atrás.

El turismo, que llegó después en modestas oleadas, se mezcló entonces con los peregrinos que buscaban alivio en las aguas que habían fascinado a los pehuenches del cacique Cheuquel, a los araucanos y también a los oficiales blancos, a los “huincas”, que en 1880 levantaron en Ñorquinco el primer cuartel de la región.

La historia del hombre que subió al Vocán Copahue para salvar a su hijo tuvo un final a lo Spielberg.

El último día del último verano que pasaron juntos de la cordillera, para alentarlo, Manuel Mir le preguntó a su hijo si se animaba a sentarse al volante del camión Chevrolet para encarar el descenso hasta el valle de Loncopué. Sí, dijo el chico, que ya movía los brazos con alguna dificultad, pero sólo la pierna derecha.

Manuel Mir, entonces, por precaución, ordenó a los peones que se bajaran. Luego subió a la cabina y se ató a la suerte de un acto demencial alentado por el cariño que un padre sólo puede sentir por un hijo. En dos curvas cerradas golpearon contra la pared de la montaña, estropearon un guardabarros y parte de la trompa del Chevrolet. Pero llegaron al valle asustados y salvos.

En la familia, todavía hoy, nadie recuerda otra ceremonia de graduación como esa..

A Copahue!!!

Blas Gurtubay en Copahue.

 

Con amigos camino a Copahue. Foto: Blas Gurtubay.

Vera más: “Blás, el alambrador”.

Oscar Rial en Copahue.

 

Oscar Rial: parada antes de llegar a Copahue.

 

Oscar Rial en Copahue.

 

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