Por la tierra

Este cuento basado en una historia real sobre José M. Rial, Jefe de la Estación de Allen en 1924. La empresa de ferrocarriles le dio tierras como parte del contrato. Llegó a Allen para establecerse primero y luego, traer a su familia que lo esperaba en La Plata. Su esposa María Celia Villamarin y un hijo esperaron en vano, como cuenta la historia José  fue asesinado. El caso  nunca se esclareció: en aquellos tiempos la justicia dependía de la determinación que pudiera tener los personajes encumbrados de la localidad, debía recorrer el camino de favores e intereses y de allí esperar  desiciones que se cocinaban en Buenos Aires. La familia logró saber, con los años,  que las tierras quedaron en manos de alguien de apellido Rodríguez.

Por la tierra

Por: María Langa.

Una noche amplia abrazaba el insomne paisaje valletano. Las tabernas gritaban y los parroquianos espantaban a los pocos policías que intentaban, a destiempo, poner algún orden. A estas tierras todo llegaba tarde. Hasta la ley y la justicia se perdían en el largo y estirado camino desde Buenos Aires.

El viento silbaba en los oídos de un serio inglesito que caminaba a casa. Había perdido una importante suma de dinero a las cartas casi sin darse cuenta. Su cabeza estaba en otro lado y ese as no llegaba. Así que apuró el vaso de aguardiente y se fue. Paso tras paso por las calles terrosas escuchando ese aire que levantaba polvo y movía las copas de los árboles. Y también movía su conciencia. Paso tras paso, tras paso. “¿Por qué este maldito viento patagónico no me deja en paz?”, pensó sin pensar. Estaba empezando a sentir que ese aire violento y sereno a la vez estaba en todos los rincones del valle y lo seguía sólo a él, como si fueran los fantasmas de sus ancestros al acecho.

Cada noche tenía que recordarse por qué estaba acá. ¿Por qué estaba acá? Por el tren. Claro, había venido a administrar los ferrocarriles del sur. Y justo había venido a parar a un pueblo con nombre inglés. En algún punto le hacía acordar a sí mismo: mitad británico, mitad argentino en apariencia, pero en realidad más argento que la Reina del Plata. ¿Por qué estaba acá? Por las tierras. Sí, por la estación y por la gran cantidad de tierras que le entregaron para que viniera. Porque la verdad es que nadie quería venir a vivir en estos pagos. Nadie. Ni siquiera su esposa.

Paso tras paso, tras paso. No se sentía muy bien, había perdido mucho dinero, había tomado de más y no se había divertido. Y su esposa no quería venir. Estaba en La Plata con su hijo y se negaba a hacer el viaje. Y claro, ¿quién querría vivir en un desierto? “Bueno”, pensó, “pero la verdad es que desierto, lo que se dice desierto, no está. Hay casas, una iglesia, viento, bares, chacras, viento, un hospital y tierras. Muchas tierras con dueño. Y viento, hay viento de sobra”.

Cuando llegó a su casa, cayó en la rutina como un borracho que tropieza con su propia sombra. Se sacó los zapatos, el saco, el chaleco y el pañuelo del cuello. Luego revisó los papeles de sus tierras por enésima vez. Leyó la pequeña letra que se apiñaba en la amarillenta superficie. Decía que el portador era dueño de dos mil leguas. Dos mil leguas de las mejores tierras. No dudó un instante en aceptar. En la empresa siempre se rumoreaba que el valle era una mina de oro. Más precisamente una mina de fertilidad y negocios con la tierra. Por eso sus compatriotas habían traído el tren: para poder llevarse otras cosas. Había que aprovechar ahora.

“¿Por qué estoy acá?” se preguntó antes de rendirse al sueño. “Por la tierra” respondió una voz que parecía no pertenecerle. “Por la tierra” repitió y cerró los ojos.

Al día siguiente, fue a la estación seguido por el viento y la tierra. Mientras se disponía a hacer su trabajo entró a su oficina un hombre en ropa de dormir. Era un gran amigo que se había escapado de su mujer para ir a jugar a las cartas a un pueblo vecino. Venía a pedirle que pagara su pasaje, porque aparentemente no le había ido muy bien anoche. Rieron de la situación. Pero cuando el empijamado se fue, su semblante volvió a estar serio. Ese viento. Ese maldito viento que lo seguía. Trató de calmarse, se dijo que era tan sólo viento. Viento. Molesto, pero no amenazante.

Pasó su día lo mejor que pudo. Era difícil sin una esposa esperando en el caserón. Mejor ir a la taberna. Allí el ruido era tan alto que casi no podía escuchar sus pensamientos tortuosos. Pidió un aguardiente en la barra. Y luego otro. Pero muy de mala gana tuvo que distraerse de su trago. Dos hombres se le acercaron. Uno se llamaba señor R., Ro, Ra…, algo con R era. Le dijo que quería conocer al jefe de la estación, hombre tan distinguido y con tantas tierras. También deslizó algo de unos asuntos que necesitaba solucionar. Algo que transportar, algo que negociar en  los ferrocarriles del sur, algo así. Él lo atendió cordialmente, al fin y al cabo era su trabajo. Al otro hombre lo perdió un poco de vista.

Finalmente se fueron y él pudo volver a la ardua tarea de ignorar sus pensamientos. “¿Por qué estoy acá?” se preguntó. “Por las tierras” respondió. Una mujer curvilínea y desaliñada se le acercó. Quería ofrecerle sus servicios por unas cuantas monedas y un aguardiente. Estuvo a punto de concederle el trago, pero se negó. La señorita era insistente y se acercó más acariciando su apretado escote. Él la rechazó nuevamente. La mujer levantó los hombros y se fue a buscar otros clientes que nunca escaseaban.

 Acercó su vaso a la boca. Justo en ese momento, alguien abrió la puerta para irse y la mantuvo abierta demasiado tiempo. Y ahí lo sintió, con más fuerza que nunca. El maldito viento patagónico se ciñó sobre su cuerpo como una sentencia de muerte. Con un escalofrío pensó “mejor me voy”. Empinó el vaso y dejó el dinero sobre la barra. Caminó entre las ruidosas mesas del bar. Pero no llegó a la puerta. Un dolor insoportable le desgarró el cuerpo, como si una minúscula navajita recorriera cada una de sus venas. Llevó una mano a la garganta y se desplomó sobre el polvoriento suelo de la taberna. Algunos parroquianos se alejaron, otros miraron por sobre el hombro con curiosidad. Sólo unos pocos se acercaron para verlo estirar un brazo, estrujando la mano como si quisiera agarrar fuerte la vida que se le iba. Pero un segundo después se quedó quieto sobre el piso frío. El viento que entraba por la puerta todavía abierta le despeinó el cabello.

Los amigos le hicieron un lindo funeral, si se puede llamar lindo a un funeral. Era un día particularmente ventoso. Mucha gente fue, el inglés era muy querido en el valle. Mientras un grupo de mujeres y algunos hombres lloraban, alguien forzó la entrada a la casa del muerto y cerró unos avariciosas dedos sobre unos papeles que decían que el portador era dueño de dos mil leguas.

La viuda y el huérfano recibieron un cajón, pero ninguna tierra. El llanto llegó en forma de viento a la Patagonia. La advertencia molesta y amenazante. Pero la justicia se enredó en el largo camino a Viedma y a Buenos Aires, como solía pasar. Pobre inglés. Por la tierra vino. Por la tierra se fue. Y sólo quedó eso. La tierra. Y el viento.

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