El mandato

Durante los años 40 y 50, el mandato matrimonial significaba mantener la decencia de la mujer, la “pureza sexual” de las mujeres aún solteras. Este mandato estaba en el centro del modelo doméstico, no era igual para el hombre quien gozaba de una “doble moral” por la posibilidad de llegar al matrimonio con cierta experiencia. Gracias al "debut sexual", que marcaba el inicio de la virilidad, generalmente, con una mujer que estaba “fuera del mercado matrimonial”, es decir, una prostituta, no tenía criticas ni era mal visto, incluso, que siguiera frecuentando el prostíbulo hasta casarse[1].

Serás esposa, o no serás ... El mandato matrimonial aseguraba la posibilidad de ser mujer plena.

La virginidad femenina era el reaseguro de futuro, de lograr ser esposa, madre y ama de casa, la virginidad del hombre no era valor para la sociedad y ellos la exigían en sus futuras mujeres. El control del deseo sexual era el ideal femenino e incluso se generalizó la idea de que las mujeres carecían de él por lo cual su satisfacción tenía poca importancia. Faltaba mucho para modificar este esteriotipo tan afianzado en el imaginario social.

Mientras hombres y sociedad exigían el control del deseo femenino, la desviación del estándar virginal impuesto tenía repercusión en los correos de lectores y folletines románticos de la época y ofrecieron un espacio donde las mujeres encontraron, entre orden moral y deseos contenidos, la posibilidad de tener información al margen de los mandatos. Los folletines y novelas tuvieron una gran aceptación entre las mujeres de la época;  junto a la radio y el cine, que brillaron en las décadas que analizamos, los deseos en conflicto, los mandatos sociales y las contantes dificultades que atravesaban las mujeres en un mundo de hombres eran aprovechados por estos medios que colaboraron en la canalización de la tensión y la expresión de la sensibilidad sentimental en el ambiente de la época. Los radioteatros, por ejemplo, supieron canalizar esta situación y si bien, fortalecían estereotipos al mostrar personajes acordes con la moral de la época, también colaboraron con los vientos de cambios que comenzaban a cuestionar los mandatos.

“Escuchábamos las novelas por radio… ‘Chispazos de tradición’, por ejemplo. Por aquellos años se escuchaba Radio Splendid por intermedio de la estación LU5 Neuquén, donde además se presentaban orquestas en vivo" (María Luisa Genga).

Folletines, radioteatros y películas también ofrecían a las jóvenes un modelo de felicidad “basado en la conciliación entre el deseo y el orden moral dentro del ideal de la familia legítima” (Cosse, I. 2010). También era muy famosa la revista “Idilio” con su sección “Secreteando” donde las lectoras planteaban sus problemas y recibían respuestas de la redacción. Otras revistas muy populares de la época eran Para Ti, Vosotras, Claudia… y también los personajes de Divito que nutrían de fantasías a la juventud de la época. Algunos testimonios aún recuerdan algunos de sus personajes que servían para caracterizar tanto a mujeres como hombres. Uno de los más populares entre los entrevistados es “Afanancio” y, por supuesto las “chicas Divito” con sus cuerpos exuberantes, mujeres que desatendían los controles familiares y el mandato matrimonial.

En el período analizado el cine fue muy popular en Allen y en él, las parejas recuerdan que se pusieron de novio o se encontraron por primera vez. El cine fue, además, la oportunidad de poner imágenes a los sentimientos, a la pasión y al drama que significaba el amor en en muchas de las parejas de la época.

Enfrentar los mandatos y lo preestablecido no era tarea fácil. La mujer que no se casaba sería reconocida toda su vida como la "solterona", una mujer que, a la vista de la sociedad, había sido despreciada por un hombre, ese objeto de deseo que validaba la posibilidad de una vida honrada y plena a toda mujer.

Nunca tuvo novio (clik para ver y escuchar)

Pobre solterona te has quedado sin ilusión, sin fe... Tu corazón de angustias se ha enfermado, puesta de sol es hoy tu vida trunca. Sigues como entonces, releyendo el novelón sentimental, en el que una niña aguarda en vano consumida por un mal de amor...

Ser "solterón", en cambio, era una elección. Salvo la madre o la familia, poco se preocupaba la sociedad por la soltería de algún vástago masculino, quien seguramente, a la larga, sería quien se quedaría al cuidado de la madre (o el padre) en la vejez. Este hecho "blanqueaba" la soltería masculina, en cambio, la hija soltera, sufriría por mucho tiempo, frente a la familia y la sociedad, por su condición.

“nunca me interesó el asunto pero acá te decían todos cómo vas a estar sola, cómo te  vas a quedar así… y  entonces dije: vamos a probar esto" (Emilia Genga sobre su casamiento).

Maria Luisa y Emilia Genga.

Llegar al casamiento era el único fin de una serie de etapas previas que solo servían para asegurar el mandato familiar y virginal. El mandato virginal esta en relación directa con el familiar: casarse virgen era una institución que para lograrse se establecieron reglas rígidas y pautadas. Con ellas la relación durante el noviazgo debía afianzarse y la virginidad mantenerse. Lógicamente, como dijimos, las reglas eran diferentes para cada genero y solo ordenaba la virginidad femenina. Esta doble moral que obligaba a las mujeres pero no a los varones a ser vírgenes comenzó a cuestionarse hacia comienzos de los años 60.

Las etapas (flirteo, festejo, cortejo, etc.) aseguraban el noviazgo y este, el matrimonio, por ende, las reglas durante el noviazgo eran muy exigentes: régimen de visita con días y horarios fijos, supervisión familiar para asegurar la castidad y el respeto mutuo… un “respeto” que en realidad significaba dejar la “pasión” en la entrada de la casa de la novia y las “manos quietas” (o “en los bolsillos” como popularmente se decía).

“El sexo era una prenda que la mujer entregaba al varón cuando, al desposarla, le permitía acceder a la realización completa de su condición como esposa, madre y ama de casa, proyecto dentro del cual la satisfacción sexual de las chicas carecía de importancia” (Isabella Cosse, 2010).

El objetivo final no era más que lograr que la mujer se casara virgen, pasaporte para ser decente ante la sociedad,  sinónimo de buena educación y de pertenencia a una “buena familia”. En este periodo la figura masculina era el reaseguro del control y orden. El varón (padre, hermano y después, el marido) encarna la figura de limitar la autonomía de las mujeres, en tiempos en que el orden patriarcal y machista comienza a ser cuestionado.

 “Estuve casada 10 años hasta que me separé, antes no te divorciabas, te separabas y chau. Te separabas y quedabas marcadas por la sociedad para siempre porque enseguida la idea era 'alguna macana se mandó esta mujer', siempre la culpa era de la mujer” (Coca Toranza, op. cit.).

Recordemos que la sumisión y subordinación al orden patriarcal y machista era incuestionable, además se sustentaba en la legalidad. Por ejemplo, durante muchos años, las mujeres no podían hacer transacciones comerciales, cambiar de domicilio sin autorización de un familiar hombre o disponer de propiedades. Agunos testimonios de mujeres allenses cuentan que sus padres y hermanos varones daban por descontado su participación en herencias, ganancias  y/o propiedades de la familia solo por ser “mujeres”. Si bien estas cosas han cambiado, aún hoy continuamos viviendo bajo costumbres paternalistas. Por ejemplo, seguimos poniendo a nuestros hijos el apellido paterno y, aún muchas mujeres, al casarse, agregan el apellido del esposo con un "de" de pertenencia.

 “Cuando me casé me fui a vivir con mis suegros a la chacra, también vivían los hermanos de mi marido en la casa así que yo era, junto con mi suegra una especie de empleada doméstica de los hombres de la familia. Aunque peor estaba yo que mi suegra porque ‘la mama’ es sagrada y los hijos la respetaban. Como yo era joven he inexperta había que enseñarme todo, así que mi suegra tampoco me trataba muy bien… yo era una inútil para todos. Muchos años después nos vinimos a vivir al pueblo pero estaba tan acostumbrada a servir que seguí siendo un poco la doméstica de mi familia!!”. (A. C. R. 2009).

 Las decisiones en la vida de una mujer pasaban por sus padres, fundamentalmente, su padre, quien, generalmente, tenía la última palabra. Esto llevó, en algunas oportunidades, a que las jóvenes huyeran de sus hogares, por ejemplo, cuando un noviazgo no era aceptado por la autoridad paterna.

 “Con Eva íbamos al cine y fue ahí donde empezó todo, tocándonos entre las butacas, después fuimos a la plaza… pero los padres de ella no querían saber nada. Yo caí en Barón (N. de A. Bodega Barón de Río Negro) escapando de mis suegros, en ese entonces tenía 16 años nada más, pero sabía que Eva, dos años mayor que yo, era la mujer de mi vida. Un día la fui a buscar en bicicleta y me la llevé y se terminó todo!! cómo no teníamos dónde ir, nos fuimos a la bodega porque ahí teníamos familiares. En principio sólo por unos días hasta que se calmara todo. Nunca más me fui”(Aldo Parada, 2005)

 La historia de la “rebelde” Emilia Genga puede parecernos el relato de alguien decidido a romper con el mandato de casarse, pues, como veremos, es ella quien va guiando el proceso que terminó, finalmente, en casamiento. Se nos presenta rebelde y cuestionadora del modelo imperante en su época en el que no casarte era sinónimo de fracaso personal. Es clara y frontal al asegurarnos que no quería casarse, que no le gustaba ir a bailar, (una de las instancias fundamentales para encontrar novio), ni hacer cosas típicas de mujeres de aquellos tiempos. En las fotos la vemos a caballo, en bicicleta, jugando al basquet, etc.

Las hermanas Genga jugando al basquet.

Es interesante  la forma de “venganza” que plantea Emilia al mandato doméstico. Podemos pensar que por cuestiones de ética, Emilia no aceptó el engaño de Ricardo y decide vengarse. Lo llamativo es que la venganza que le impone es...  casarse. Como veremos, el matrimonio era para Emilia algo que no quería para su vida, tal vez por eso "se sanciona" casándose. También hay en este castigo una "doble" cuestión: castigar a Ricardo “apurando el casamiento”, obligándolo a llevarla a conocer a sus padres. Por otro lado, sanciona al imaginario social, al “que dirán”, casándose con un judío. En definitiva: castiga al novio, por mentir y a la sociedad, por discriminar e imponerle el mandato del casamiento.

El casamiento es utilizado por Emilia como una herramienta de castigo pues ella es quien lo ve así y parece decirnos: “Bien, es imposible no casarse en estos tiempos, estoy obligada, pero no lo voy a hacer a la manera de todos ni como todos quieren. Me voy a casar,  mi novio sufrirá por eso y la sociedad se espantará también por eso…”.

 Emilia, a pesar de ser distinta en algunos aspectos al modelo de mujer de la época, de lograr imponer alguna de sus ideas y defenderlas fervientemente, no puede romper con el fuerte mandato doméstico de casarse. No puede romper pero si “resquebrajar” un poco el modelo preestablecido.

Al igual que casi tosas las mujeres de los años 40 y 50, Emilia se casó, tuvo una familia y durante su larga vida adulta mantuvo muchos de sus principios de juventud. Seguramente, nadie que se haya topado con ella, alguna vez en la vida, pueda negar esta vocación por revelarse, que ella asume y que la pinta en cuerpo y alma.

Emilia es nuestra rebelde. Aún en 2010 podíamos verla activa, con sus más de 90 años, caminando las calles de la ciudad para cobrar la cuota social dela Cámara de Comercio. Hoy esta retirada y la sala principal dela Cámara, en su homenaje, lleva su nombre.

 “Yo estoy contenta de ser como soy y si volviera nacer corregiría tres cosas. No se las digo a nadie porque no voy a volver a nacer. Pero, si por ahí, me llego a dar cuenta soy yo, ojito conmigo!!”. Emilia Genga, 2010.

La rebelde

 María Luisa Genga no oculta lo mucho que le gustaban las fiestas e ir a bailar con muchachos “pero que bailaran bien” y si eran lindos... mejor. “A mí el que me sacara a bailar tenía que tener los zapatos lustrados, porque yo lo primero que miraba eran los zapatos” dice Emilia, mostrando su faceta decidida y crítica.

María Luisa la mira y sonríe, “mamá le llamaba la atención, ya que los dejaba esperando al lado, sin darles bolilla”. Nada parece perturbar a Emilia, una mujer a la que no le gustaban muchas convenciones como bailar en un mundo donde bailar era un medio  (tal vez el mas importante) para conseguir novio y llegar a casarse.

Pero a pesar de todo fue en un baile cuando Emilia conoció a Ricardo un gran bailarín de traje blanco “que venía de otro lado” nos dice María Luisa. Un extraño en un pueblo era, por aquellos tiempos, como tener la octava maravilla en la plaza pública. La mamá de las chicas se lo indicó a Emilia para que lo viera bailar y ella le dijo, con desaire: “si te gusta eso…”.

Sin embargo, para María Luisa “Ricardo bailaba hermoso”, lo recuerda y su voz aún suena fascinada.   Ricardo era el centro de todas las miradas de las jóvenes allenses, todas esperaban que las saque a bailar pero él se acerco a Emilia y la sacó a bailar. Ella, por supuesto, no aceptó y por supuesto “vino la reprimenda de mamá”.

Ricardo era sanjuanino, pero venía de Buenos Aires, era visitador médico (representaba al Sanatorio Rawson) y había venido a la zona a hacer nuevos socios.

Un nuevo baile en la Sociedad Española de Cipolletti los volvió a juntar, pero tampoco pasó nada. A este buen bailarín de traje blanco le costó seducir a Emilia. “A todas les gustaba este hombre”, dice Emilia, como ignorando que era ella la elegida por el más deseado del momento. Él insistió tanto que finalmente aceptó el noviazgo, aunque Emilia dice no recordar cómo fue. Maria Luisa agrega que “Estuvo a punto de casarse, pero lo largó”.

Emilia era y es una esas mujeres con fuertes convicciones. Sabía lo que quería y justamente casarse no estaba en sus planes: “nunca me interesó el asunto pero acá te decían todos cómo vas a estar sola, cómo te vas a quedar así…”. Sin embargo, tomar esa decisión en un pueblo significaba ir contra las convenciones sociales de la época. Emilia, sabía lo que quería, pero no pudo imponer su deseo “y entonces dije ‘vamos a probar esto’”.

Emilia tenía 25 años cuando Ricardo le propuso matrimonio, ella le dijo: “Tenés que avisarles a tus padres”, pero él preguntó, “¿Para qué, qué tienen que ver?”.

Frente a esa respuesta Emilia dijo no: “¿Por qué ir de contramano? Le avisas a tus padres o aquí terminamos”. Y el noviazgo terminó. Extraña situación planteada por una jóven que desafiaba a su entorno... ¿sería su último intento para evitar lo inevitable?.

Después de un año, un día de agosto en que María Luisa estaba en un “Té danzante” y al que Emilia no había ido porque tenía sabañones, algo muy común en aquellos tiempos de intenso frío y escaso abrigo. En casa y con los pies en agua Emilia escuchó el timbre de su casa. Lo primero que se le ocurrió fue: “Es Ricardo”. Entonces le dijo a su mamá que si era “él” no quería saber nada, “aquí no entra, aquí no pasa, eh!”, dijo terminante. Después de un rato, al volver su mamá, Emilia la increpó: “¿Qué hacías, no me vas a decir que te quedaste tomando fresco en la noche?”. La madre le contó que era Ricardo y que quería hablarle, pero Emilia dijo, una vez más: no. Y se negó durante un mes y llevó todo a tal punto que Emilia evitaba salir de su casa para no encontrarlo. Hasta que un día pensó: “No puede ser esta vida”, así que decidió salir.

Una tarde se fue de compras a la Tienda del Buen Trato y vio a Ricardo, que “merodeaba” la zona. Al salir de la tienda la paró y le dijo que tenían que hablar. Ese día Emilia no aceptó, “creo que le dije muchas cosas, porque yo me pongo loca y no sé todo lo que le dije”, pero otro día, logró que lo acompañara al Club Social y allí Ricardo le explicó el porque de negativa de avisar a sus padres de su casamiento: Ricardo era judío.

Emilia aún hoy se sorprende: “¡Ese era el problema que tenía, por eso no les quería decir a los padres! Eran rusos, de Odessa, sus padres vinieron escapando. Entonces, a mí ahí, me agarró la rebeldía: ‘ahora le digo que sí y los reviento a todos, a él y a todos’, eso fue lo que pensé”, nos dice Emilia y sonríe pícara.

Todos supieron entonces "por qué" se iba a casar, incluso el novio. Emilia tomó la decisión de casarse “en venganza”, así aún lo recuerda, porque “un tipo que engaña así, de esa forma, merece un castigo, piba”, sentenció al contárnoslo en 2010.

Así fue que se casó, no sin antes establecer ciertas exigencias: “Le dije: ahora nos arreglamos y nos casamos en poco tiempo”. Conoció a los padres al año siguiente y Emilia asegura que ella quería “ver cómo me recibían, tenía que ver qué iba a hacer yo, porque a mí se me ocurren las cosas y las hago. Pero fue de diez!, mi suegra llegó a decir a otras personas que yo era mejor que su hijo. Toda la familia era gente buena, fijate que después de cuarenta y tres años de viuda seguimos en contacto”.

Después de relatarnos su historia de “amor”,  Emilia recuerda que una tía de su marido le preguntó un día "qué le decía a Ricardo cuando se enojaba con él". “Nada" -recuerda Emilia que le dijo- "yo cuando me enojo discuto el punto de por qué estoy enojada” respondió Emilia, sin entender. La tía entonces, incrédula le preguntó: “¿No me va a decir que no le dice ‘judío de mierda’?”. Emilia, asombrada, le respondió: “la verdad, nunca se me ocurrió… ¡mira que he discutido! Me gusta discutir las cosas, si, ¿pero eso? no. Las cosas hay que decirlas de frente, para mí es así, otra manera de vivir no hay”.

Ver la historia de Emilia y Maria Luisa completa.

Video donde podemos ver a Emilia, junto a su hermana, contándonos sus ideas y deseos:

Una imágen, mil palabras.


[1] En realidad, frecuentar el prostíbulo era una tradición generalizada fuertemente en décadas anteriores. Desde mediados del siglo XIX y comienzos del siglo XX, era común que el hombre cenara con la familia y luego se fuera a “hablar de negocios y política” a casinos, confiterias y otros, donde funcionaban prostíbulos "exclusivos" para hombres de sectores medios y altos. Esto era conocido por la esposa pues para la concepción de la época, era "natural" considerar que el hombre tenia mayor excitabilidad y deseo sexual que la mujer, además, la religión había marcado fuertemente el rol del matrimonio, dándole solo la función específicamente de procreación. La sexualidad femenina era una negada y el ideal de mujer era aquella que cumplía con la reproducción sin disfrute, la educación de los hijos, la realización de las tareas del hogar, etc.  En el pueblo de Allen, de aquellos tiempos, los testimonios dan cuenta de hombres que fueron llevados por sus padres o algún familiar a debutar con una prostituta y casos de hombres, pertenecientes a sectores  favorecidos, que tenían amantes y/o frecuentaban las “Casas de Tolerancia” (prostíbulos legales ubicados en el barrio Norte y otros de la región), manifestaciones que demuestran la existencia de esa "doble moral" de los hombres.

Milonga del casamiento (Clik para escuchar)

Milonga 1967 Música: Osvaldo Avena Letra: Héctor Negro.

Milonga de cara nueva que busca el cielo con su canción. Igual que la enredadera que enciende flores en el balcón.

Milonga del casamiento que trajo el viento que se enredó. Burbuja de copa llena, por la morena que se casó.

Será feliz de luchar junto a él, Sabrán llegar lejos, peleando los dos parejo, ganándole al porvenir.

Con esta luz de milonga que les prolonga su adiós así.

Ya sale con su muchacho, las manos juntas y el largo adiós. El vuelo de los pañuelos seca algún llanto que se escapó.

Mañana sabrá la luna, como ninguna, lo que pasó. Vestida de azahar y cielo, con su revuelo dirá que no.

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