Blanca y radiante… va la novia.

Fue aquella tarde en que me llamó don Pedro y me pidió el favor de ir al panteón familiar para hacerle unos arreglos. Recuerdo que estaban los chicos jugando en el patio y casi no escuchaba al pobre viejo, que apenas susurraba y, cada tanto, tocía.

Conocía a don Pedro desde que yo era muy chico, cuando aún vivíamos en su chacra y era el patrón de mi padre. Don Pedro, como siempre le decía papá, no era un santo, era de esos tipos medio gruñon, que parecía andar enojado siempre… era muy serio para mi gusto.

Pero era el patrón y nadie lo discutía, aún cuando hacía de las suyas a los trabajadores que venían para hacer la temporada. Los tenía zumbando, de un lado al otro, cualquier cosa les pedía… para don Pedro no había descanso. Los peones se escondían del viejo para matear un rato, donde los veía ya los mandaba a hacer algo.

Recuerdo la casucha en donde “hospedaba” a los pobres peones, bien lejos de la casa principal, sin baño (salvo una letrina asquerosa al fondo d la chacra) y un horno de barro para que cocinen. Para bañarse tenían que hacerlo en el canalito, así que los días fríos, después de la larga jornada de trabajo, optaban por escaparle al baño cosa que… también molestaba al viejo.

Los peones, sin embargo, ni una queja, por el poquito de dignidad que les daba el magro sueldo, se puede decir que no eran esclavos pero pensándolo ahora, lo eran ya que hasta el patrón se encargaba de hacerles las compras. Muchas veces no veían un mango en toda la temporada pues, como les decía el viejo, cuando algún peón se animaba a reclamar: “¿Y que quieren? Si se lo pasan pidiéndome cosas del pueblo!! Así no hay sueldo que aguante!!”. Mi padre decía que el viejo les compraba cosas y se las cobraba el doble, haciendo la diferencia a su favor.

¡Qué bravo era ese tipo! Yo veía a mi viejo comenzar a trabajar apenas salía el sol y terminar la jornada cuando caía la tarde, no lo dejaba en paz. Era un viejo jodido. Una vez contrató a un grupo de trabajadores fuera de temporada. Eran unos muchachos del pueblo que pasaron pidiendo trabajo. Justo el viejo había sacado unas tiras de álamos y quería cortarlas para leña. Los tipos trabajaron todo el día a destajo, ni para comer pararon. Cuando llegó la hora de pagarles el viejo les tiró dos mangos. Los muchachos se enojaron, no habían preguntado cuanto les iba a pagar pues confiaron que don Pedro era un hombre honesto y le pagaría lo que correspondía por el trabajo… no conocían a don Pedro. Mi viejo me dijo, cuando escucho la discusión, que seguro el viejo se las había mandado otra vez. Ya era una costumbre para el viejo joder a la gente pero se olvidaba que estos muchachos eran de Allen, no estaban hambreados como los pobres tucumanos y santiagueños de los que se abusaba en temporada. Recuerdo que después el viejo vino a la casa a hablar con mi padre y le contó que se fueron sin cobrar, que le habían dicho: “Guárdeselo para comprar remedios, que le va hacer falta”. Don Pedro, entonces comentaba: “Mira vos a los vivos estos! Pa’ remedio? Capaz nomás!! Yo soy un fierro así que no necesito remedios y ellos por hacerse los vivos se fueron sin nada. De Allen tenían que ser!!!”.

Así era el viejo, de todo sacaba tajada y no tenía remordimientos, repetía siempre “No quieren trabajar, eso es lo que pasa”.

Esa tarde que vino a mi casa lo vi mal, muy desmejorado. Ya tenía unos 85 pirulos pero los años lo habían tratado bien y la última vez que lo había visto, hace unos 5 años, más o menos, estaba hecho un pibe. Después de explicarme los detalles de lo quería que le hiciera en el cementerio me dijo que ya tenía que ir pensando en donde iban a ponerlo cuando se muriera. “Me queda poco hilo, pibe”,  me dijo y agregó que quería “estar al lado de ella, así me acompaña”. Pensé, primero, que se refería a su esposa pero rápidamente me acordé que doña Pura estaba “vivita y coleando” todavía, alcancé a frenar mi comentario, casi “meto la pata” y no pregunté nada. Me limité a preguntarle detalles de los arreglos, sobre los materiales que tenía que comprar, etc.

Al otro día, me fui tempranito al cementerio. Si uno lo piensa es medio feo esto de ir a trabajar en ese lugar pero la verdad es que a mi la muerte no me asusta y si bien le tengo respeto, con mi familia hacemos chistes sobre el tema, al fin y al cabo, la muerte tarde o temprano, nos llega a todos.

El panteón familiar está casi a la entrada del cementerio, es grande, parece una casita en miniatura pues tiene puertas y ventanas. Estaba pintada de blanco aunque el tiempo deterioró la pintura y los herrajes de bronce que la ornamentan, están negros y opacos. Ingresé al lugar con la llave que me dio don Pedro, un espacio pequeño con un estante de mármol al fondo. Allí había fotos y esas placas de metal brilloso, con frases de desconsuelo y dolor. No miré bien que más había pues me acerqué a leer las placas. Después vi  la foto en un cuadrito, una imagen de una mujer muy bonita que sonreía. Era muy joven, tendría unos quince años. Era de esas fotos en blanco y negro, parecía antigua pues el peinado era de esos que se usaban antes, con rulos armados como de peluquería. Me quedé un rato mirándola y pensé ¿quién sería?, ¿que tendría que ver con el viejo?. Para saber algo más leí otras placas que había. Eran dos o tres con el mismo nombre, ‘Estela’ decían todas… que la recordarían siempre y esas cosas que se ponen cuando alguien muere. Miré alrededor y vi el cajón, uno solo, estaba en un costado, como oculto, tapado con una manta bordada y un ramo de flores falsas, con tules blancos, ya sucios y apelmazados por los años.

Pasé toda la tarde pintando el lugar y antes de irme puse todo en su lugar, tal como había encontrado a mi llegada.

Volví a mi casa pensando quien sería la tal Estela. ¿Sería la mamá del viejo? No creo, el año que decían las placas era 1961 y en ese año, don Pedro tendría unos 50 años más o menos. Decidí preguntarle cuando lo viera. O mejor no, por ahí el viejo se enojaba y no me pagaba el trabajo.

Al otro día, volví al cementerio. Pinté la casita por fuera, limpié los herrajes y me fui a lo de don Pedro a avisarle que había terminado y dejarle la llave. El viejo estaba afuera de la casa,  atando unos trapos a la canilla del pozo. Me contó que perdía agua desde hace tiempo pero que no había encontrado a nadie que se la arreglara: “Estas cosas son tan viejas que ya no existen, así que no hay nadie que sepa cómo arreglarlas”, dijo. Le conté lo que había hecho, me preguntó cómo había quedado, le dije que para mi estaba bien pero que era mejor que fuera a verlo él y si faltaba algo que me avisara. Me pagó lo justo, mientras me contaba que andaba enfermo, que el médico no le encontraba nada pero que él sabía que algo tenía. Había decidido no tomar más los remedios que le daba el doctor pues no le hacían nada. Quería hablar, así que me quedé a escucharlo un rato. Me contó de la chacra, del abandono en que estaba, decía que ya no tenía sentido trabajarla pues no daba ganancias, que ya no había gente que trabajara como antes. Doña Pura se asomó por la ventana de la cocina, me saludó y le dijo que entre,  que no tomara frio. El viejo me dijo, por lo bajo: “Ves ahora se preocupa, pero antes me iba de madrugada a la chacra, no sabía nada de mi en todo el día  y ni se preocupaba, mirála ahora…”. Yo le dije que era lógico, que a su edad se tenía que cuidar, con una gripe nomás que se agarrara, a su edad, podía terminar en cama. Se lo dije para que se preocupara, pues al viejo decirle que tenía que estar en cama era como decirle una mala palabra. Además quería que entendiera la preocupación de  su esposa. Don Pedro me agarró del hombro, me llevó hacía los viejos frutales abandonados y me dijo: “Mira pibe, ya no hay nadie que me interese como para cuidarme, ya estoy viejo y es mejor irse con entereza que hecho una bolsa de huesos que no sirve para nada”. Le dije que no pensara así, que aún estaba bien y tenía muchos años por delante… “¿Y para qué?”, me dijo, “¿vos te crees que ella no tenía toda una vida por delante?”. Lo miré sorprendido y para mis adentros me dije: “¿De quién habla?”. El viejo siguió hablando, como divagando, explicándome que “ella” era una chica feliz, que era la alegría de la casa, que lo ayudaba en todo, también a su madre, que cantaba y tenía una voz hermosa, que él nunca jamás había vuelto a escuchar. Se quedó pensativo y en un momento me miró, triste y tembloroso, parecía que iba a llorar, pero no, don Pedro no lloraba. Respiré profundo, me tome unos minutos para pensar la pregunta y le dije” Don Pedro ¿de quién me habla Ud.?. El viejo se sonrió, me miró como diciéndome “a mi no me vengas con eso” y suspiró, sin responder. Quedamos un rato en silencio, escuchando los pájaros que volaban en bandada a guarecerse entre las copas de los árboles por la caída de la tarde. El viejo miraba el cielo con ojos llorosos. Como no hubo respuesta a mi pregunta, pensé que don Pedro tal vez ni sabía de quien estaba hablado. Le dije que me iba. Me acompañó por la calle de entrada a la chacra hasta donde había dejado mi bicicleta y volvió con el tema: “Sabes, si este orgullo no me dominara, ella aún estaría con nosotros… pero mi orgullo, este orgullo de mierda que me domina… es como el diablo mismo”.

Me fui pedaleando lentamente y pensando quien sería esa mujer que tanto amargaba al viejo. Pensé que la respuesta la tendría mi padre pero ya no estaba en este mundo así que pensé y pensé más, más incluso de lo que acostumbraba. Llegué a  mi casa y mis hijos estaban todavía afuera, para ellos nunca hace frio y nunca les alcanza el tiempo para jugar. La madre los llamó al verme llegar, diciéndoles que ya era suficiente y que la cena estaba lista.

Dormí poco, di vueltas en la cama toda la noche así que mi esposa me preguntó en la mañana que me pasaba y le conté lo que me había dicho el viejo. “Andá a ver a tu tío Paco, el te va a saber decir de qué habla don Pedro”. El tío Paco, claro! él trabajó bastante tiempo en su chacra y si bien no lo quería mucho, lo conocía muy bien, por eso no lo quería mucho…

Llegue a la casa del Paco y ahí estaba, sentado como siempre con el mate amargo en la mano. Me saludó, agarró la pava y cebó un mate que revolvió con la bombilla como si fuera un guiso, me lo dio y me dijo “¿qué andas haciendo vos por acá?”. “Nada”, le dije, y después de unas chupadas al mate comencé a hablar de bueyes perdidos, de la tía, de mis pibes que hacía rato que no veía y, por ahí, la charla se fue hacia los recuerdos, a lo que hacían con mi viejo en la época en que no había trabajo en las chacras, “te acordás como corrían la coneja fuera de la temporada”,  cómo se la rebuscaban haciendo changas en el pueblo. Me acordé que gracias a esas changas mi viejo había aprendido a hacer de todo y que algo de eso me había enseñado, hacer albañilería, a pintar, por ejemplo y gracias a eso yo hoy vivía. Entre cosa y cosa le pregunté sobre el viejo y el tío hizo una mueca, como de asco, sin duda su punto de vista no había cambiado. Le conté lo ocurrido en la casa de don Pedro y sobre la chica del cementerio. Me miró sorprendido y dijo “pero ¿no sabés? esa chica era su hija, la que murió muy jovencita” y agregó, con bronca “Murió por culpa del viejo ese… pobre piba”. Me llamó la atención que culpara al viejo, como si él la hubiera matado y se lo pregunté. “Bueno, matarla no la mató pero es casi lo mismo” dijo. El tío comenzó a contarme que hace muchos años Estela, la hija de don Pedro, tenía unos 18 años cuando la familia anunció su casamiento. El novio, el hijo de otro chacarero, era un joven que había terminado el secundario en Neuquén y ayudaba a su padre en la chacra. “Pero parece ser – dijo mi tío- que la piba andaba con otro pibe y al viejo no le gustaba pues no era del pueblo. Había venido a trabajar en el ferrocarril y, como hombre solo, sin familia, la gente decía que le gustaba la joda, que andaba de boliche en boliche, salía de noche y tenía amigos en el barrio Norte. Que se yo, era lo que se decía en aquella época, no sé que había de malo en eso pero en esos tiempos al que venía de afuera lo miraban feo y mas si le arrastraba el ala a una chica de acá”. El tío decía que el romance fue comidilla del pueblo, todos comentaban que Estela seguía de novio con el forastero y que no había caso de que lo dejara. Cuando comenzaron a repartir las invitaciones para el casamiento ya la cosa se puso seria. Don Pedro andaba para todos lados con la Estela y no la dejaba ni a sol ni a sombra. Llegó el día de la boda, los peones de la chacra andaban de un lado a otro llevando tablones y bancos para la fiesta. Recordaba que “la Iglesia era como a las 20 hs. y la Estela no llegó, la gente estuvo esperando un buen rato, más que nada porque ahí, estaba esperando don Pedro a la novia. Cuando pasó como una hora, mandaron a un pariente a ver qué pasaba. Llegó pálido. Habló con el viejo y se desbarató todo. Atrás de él salieron los que quedaban en la Iglesia y la cosa se supo más tarde. El viejo salió que apagaba… después lo supimos”. El tío le dio una chupada larga al mate y dijo: “La pobre se había matado, che, ¿podes creer?”.

Ahora entendía un poco más, entendía también que en la vejez don Pedro sentía culpa y ya pensaba en irse de una vez para así sanar su corazón, para apagar la conciencia de lo que había pasado y que no lo dejaba vivir. Ya había pasado demasiado tiempo, toda una vida sintiéndose culpable le había agriado el carácter, lo había hecho el viejo jodido que todos conocimos. Pero ahora el viejo era un corderito manso que pensaba en su hija muerta y se quería ir de este mundo. Mi tío me dijo que doña Pura nunca lo perdonó ya que ella le había dicho que Estela no iba a dejar que la obliguen a casarse con alguien que ni conocía, aunque eso en otros tiempos era común, las cosas habían cambiado y los jóvenes se casaban por amor o con quien querían. El tío había escuchado esa discusión un día que podaba la parra de la casa y vio cuando el viejo agarró la fusta del caballo y salió a buscar a su hija que se había escapado al medio de la chacra. Al rato volvieron juntos, padre e hija, con cara de pocos amigos y entraron a la casa. Al otro día comenzaron los preparativos, no la dejaron ni a sol ni a sombra, iban y venían con ella para todos lados. El vestido de novia que le había hecho una modista del pueblo terminó como mortaja. Se decía que habían vestido su cuerpo muerto con él… que paradoja ¿no?. Ni muerta respetaron su decisión.

Sentí algo de pena, que se yo… los padres a veces nos equivocamos porque nadie nos enseña a ser padres. Se lo dije al tío y me miró otra vez, como sobrando: “¿Pena por ese viejo? No sabes nada pibe.

Blanca y radiante va la novia le sigue atrás un novio amante y que al unir sus corazones harán morir mis ilusiones

Ante el altar esta llorando todos dirán que es de alegría dentro su alma esta gritando, Ave Maria

Mentirá también al decir que sí, Y al besar la cruz pedirá perdón, Y yo se que olvidar nunca podría, Que era yo aquel a quien quería.

Blanca y radiante valanovia, Le sigue atrás un novio amante, Y que al unir sus corazones, Hará morir desilusiones.

Ante el altar está llorando, Todos dirán que es de alegría, Dentro su alma está gritando, Ave María! Ave María!

(Antonio Prieto)

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