Un desierto muy poblado (V)

La región norpatagónica estaba organizada con un sistema de caminos o “rastrilladas” por los que intercambiaban productos y ganado cimarrón o salvaje, animales descendiente de los introducidos por los españoles en el siglo XVI. Recorrían estos caminos trasladando ganado vacuno desde la actual provincia de Buenos Aires, descansaban en los valles cordilleranos en verano, donde engordaban a los animales, para luego atravesar la cordillera, por distintos pasos y llegar, finalmente a la actual Chile, donde lo vendían a estancias de españoles.

El recorrido que realizaban año a año a través de las “rastrilladas” estaba organizado racionalmente en torno a los recursos de cada zona y de las distintas estaciones del año.
Las rastrilladas surcaban el terreno pasando por ojos de agua y por las tribus de los grandes caciques patagónicos. Esas huellas hechas por los indígenas para sus travesías comerciales, fueron utilizadas luego por chasques, soldados, gauchos, comerciantes, troperos, exploradores, naturalistas, inmigrantes e incluso para el trazado de algunas rutas nacionales aprovechando ese gran conocimiento topográfico de los pueblos originarios.

El valle del río Negro era desde tiempo atrás una importante vía de comunicación y circulación mercantil de los pueblos aborígenes de la pampa y cordillera. En las márgenes del Río Negro hubo ferias comerciales durante el siglo XIX. La ruta 22 que atraviesa el Alto Valle también fue trazada sobre (o cerca, en algunas partes) la rastillada.

Originalmente los intercambios se realizaban con productos obtenidos de la caza, la pesca y ciertas artesanías, pero cuando se desarrolla la ganadería (ganado en pie, pelo de caprino, lana, etc.), los intercambios aumentan, integrando distintos mercados regionales que se mantiene hasta bien avanzado el siglo XX.  Los pueblos indígenas no tenían sentido de “propiedad”, circulaban la región respetando cada zona y sus grupos sin enfrentamientos entre si. En algunos lugares se quedaban por un tiempo y en otros, hacían simples paradas de descanso.

El mundo indígena y el blanco tenían múltiples relaciones a través de las fronteras. Existían dos tipos de intercambio: el comercio que realizaban  los “conchabadores”, quienes actuaban como intermediarios entre los indígenas y la sociedad colonial; ellos introducían manufacturas europeas entre los indígenas. Otro era el intercambio por prestaciones entre los miembros de un mismo grupo o entre vecinos o posibles aliados militares. La zona sur de Chile abastecía a la norpatagónia de vinos, azucar, fideos, té, café, ropa, harina, etc. y era en moneda chilena,  esta estructura de intercambio basada en ganado por manufacturas que se mantendrá con los mercachifles asentados en el territorio argentino e incluso hasta el presente. (Radovich, J y Balazote, A., 2005).

Supongamos el caso que me regalaras hoy un presente; pasado un año yo también te daré un presente igualmente bueno; entonces nos diremos Katrú el uno al otro.

Para siempre se llamarán Katrú el uno al otro cuando se han hecho el regalo las dos personas.

                                                              Costumbre Mapuche. En: Libro: Katru Poemas – Daniel Martinez.

Cacique Tehuelche Quichamal

Wiñoy Xipantu, es la celebración del “año que vuelve”. Es el 24 de junio y tiene una significación mucho más sagrada que lo que puede ser el “Año Nuevo”  (31 de diciembre) de la cultura judeo cristiana occidental. Es momento de renovación de los espíritus, de encuentro entre árboles y ríos para alegrar la noche en que todo cambia entre rogativas, baile y canto. En todo el Wal Mapu (territorio mapuche) es la fecha en la que se recibe un nuevo ciclo de la naturaleza, es “el año que vuelve”, afirmación que nos inaugura, a quienes no pertenecemos a esta cultura, una diferente concepción del tiempo. Este Wiñoy Tripantu (o Wiñoy Xipantu) del 24 de junio es la noche donde “todo se acorta, todo es al revés”, es día de nuevo ciclo de la vida y su energía cunde en la naturaleza e influye en mapuches y no mapuches.
De la memoria de los abuelos surge el saber aquel del “kiñe xekan alka wiñotuy antü” (a paso de gallo vuelve el día) y de que este día “la noche comienza a achicar y el día se alarga”.
Celebrar el wiñoy xipantu es comprometer el che (persona) con el cuidado, recupero y conservación del equilibrio de todas las vidas y es reafirmación de la identidad mapuche y de sus justas demandas por territorio y autonomía.
Este proceso natural de inicio de regreso del sol a este punto de la tierra, este “año que vuelve” reafirma el sentido de circularidad que caracteriza la cultura de nuestra gente paisana que, consciente de su identidad y de la necesidad de reafirmación de esta identidad, viva en el campo o en la ciudad, es protagonista de un proceso de revitalización de este rito.

La noche del 23 es el puente hacia la aparición del sol. Cuando las estrellas kapura, pürapa (los siete cabritos) y el wünelfe (lucero del amanecer) ocupan una determinada posición en el cielo, los ancianos saben que es el momento preciso de la amanecida.
En algunas comunidades de ambos lados de la cordillera, aún se conserva la costumbre de bañarse en un río cuyas aguas, en esta potente noche y según se cuenta, se hacen tibias y acogedoras.

Es similar a las festividades populares anteriores al cristianismo, las Fiestas del Fuego que se celebran en la víspera del solsticio de verano (23 de junio) y el día del solsticio (24 de junio) y que la Iglesia Católica las legitimó al cargarla con la celebración del nacimiento de Juan, el Bautista. Por ser el fuego una metáfora del sol en su plenitud, se encienden fogatas y se quema simbólicamente al frío del invierno y a los tiempos duros. En la Edad Media, los tres rasgos fundamentales eran el encendido colectivo de fogatas, la procesión de antorchas por los campos y el echar a rodar una rueda.

En estas fiestas se arroja todo lo que no sirve, todo el pasado, lo que fue y es también la fecha en que se perdonan todas las afrentas afectivas, al honor y también económicas.

En la región norpatagónica, ésta es también la noche del año para buscar una higuera y, bajo ella, esperar el instante, pasada la medianoche, en que la planta (maldecida en la historia bíblica por haberse ahorcado Judas en una de ellas), logra florecer por única vez. Al ver la espléndida flor de plata es necesario correr hacia ella y sostenerla en el aire antes que caiga al suelo y se disuelva en la tierra. La tenencia de esta flor aseguraría abundancia aunque puede acarrear la locura o el olvido, también, quien se atreve a ver esta flor y a aspirar su aroma, lograría la sabiduría total. Para otros, más pragmáticos, quien alcanza a tomar esta flor se enriquece.
Si la flor no cayese, será necesario ir a buscarla antes que se desvanezca en el aire. Tarea nada fácil la de subirse al árbol hasta las ramas más altas, donde aparece la flor. Nada fácil porque éste sería el momento en que empiezan a escucharse ruidos incomprensibles, gruñidos que estremecen, maullidos que nos atraviesan la columna vertebral e, incluso, gritos de espanto y de horror. Muy cerca ya de las ramas más altas, serpientes y arañas surgen y se entremezclan y nos rodean. Sólo el que vence al miedo, alcanza la flor (sólo una si la higuera ha dado más flores), la resguarda en su pecho y baja del árbol. Con la luz del día, la flor de la higuera desaparecerá pero el don de la fortuna o el de la felicidad o el de la sabiduría ya han sido otorgados.
También se asegura que esta visión permitiría acceder al Diablo (puede vérsele o no) bajo la higuera y a su regalo de algún don especial por haberse atrevido a ir a esperar su aparición. Esto permitiría un pacto que otorgaría a quien “vela” al Diablo bajo la higuera, el don de ser el mejor jugador, el que mejor enamora o el que puede tocar maravillosamente un instrumento (en especial, la guitarra). Otros testimonios se refieren a que aun aquellos que nada saben de este arte, pueden aprenderlo todo “velando al Diablo” durante esta noche bajo una higuera.

Cerca de la montaña o del mar, en la meseta, la planicie helada o la barda, en el campo, la chacra o el barrio de cualquiera de nuestras ciudades, la noche del 23 al 24 de junio es escenario vivificador de la lección que nos siguen dando las naciones originarias de esta América y de esta Patagonia que habitamos.
Para algunos, sólo una anecdótica pintura teñida de fosilizador folklorismo. Para otros, oportunidad para proclamar discursos oportunistas. Para quienes la viven en toda su profundidad, vívida lección para despertar del comportamiento suicida de esta cultura urbana y este sistema social que ha debilitado el valor de la palabra, que achicó la mirada constriñéndola a sus propios intereses, que se sustenta en el tener, en el prestigio y en la acumulación de saberes y capitales y olvida, día a día, la dignidad de la persona y la fundamental vinculación de ésta con la Naturaleza.

“Toda la tierra es una sola alma.
Somos parte de ella.
No podrán morir nuestras almas.
Cambiar sí que pueden
pero no apagarse.
Una sola alma somos
como hay un solo mundo”.
Abel Kurrüuinca.

De: Rithner, J.R. y Menni, A.:”La Patagonia tiene luces. Leyendas y creencias patagónicas”. Ed. Manuscritos, Neuquén: 2004

 

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