Mundos íntimos. Después de vivir en el exilio, mis padres querían volver; yo no

Sentirse brasileño. Corría 1976 y su familia –con militancia de izquierda y sindical en Río Negro– partió a San Pablo. Al principio el autor se sentía extraño pero luego se adaptó tanto que, en 1982, cuando le dijeron que regresaban, buscó excusas para quedarse. Un testimonio diferente sobre los chicos y la dictadura. Por Carlos Galván en Clarín 27/07/2016

Tenía 10 años cuando salí de mi casa preparado para un día ordinario, con lo puesto y sin ningún juguete. Nunca más volví. No me despedí de mis compañeros de quinto grado, de los amigos del barrio ni de Bunny, la chica que secretamente me gustaba. Tampoco vi más al Capitán Flint, mi loro hablador, ni supe qué destino tuvo. Fue un domingo soleado de agosto de 1976. Con mis hermanos Julieta y Pancho acompañamos a mamá, que iba a visitar a unos compañeros de militancia gremial. Vivían en un departamento céntrico de Cipolletti: era de mañana y nadie atendía. Había una ventana abierta. Miramos. No percibí nada raro. Mi mamá, sí. El lugar había sido allanado y sus ocupantes, se confirmó después, habían sido secuestrados por el Ejército. Huimos.

Subimos al Citröen y rumbeamos derecho a lo de unos amigos ajenos a la política que vivían en Cinco Saltos, una ciudad cercana. Nos dejó ahí y ella y mi papá se ocultaron en Centenario, otra localidad. Con mis hermanos nos quedamos en lo de los Nolan, clandestinos como se decía en la época, por unas semanas y sin volver más a la escuela. La primera señal de que mi vida cambiaría aún más la tuve durante una pelea con mi amigo Martín Nolan. “¿No ves que nunca más vas a ver a Carlitos, eh?”, lo retó su mamá.

Ante la caída de sus compañeros, mis viejos temieron lo que se avecinaba. Militantes políticos de izquierda y activistas sindicales en sus respectivas actividades –maestra ella; periodista él– ya habían recibido incluso amenazas hacia mí y mis hermanos.

El 7 de septiembre nos fuimos a La Plata, a la casa de mi abuela Molucha. Estuvimos escondidos ahí hasta el 8 de noviembre, cuando viajamos a exiliarnos en San Pablo, Brasil. Ya pasó mucho tiempo, pero guardo el recuerdo de ver a mi abuela, tías y primas llorando en la despedida en Ezeiza. Entonces no imaginaba que lo realmente triste para mí iba a ser, años después, volver a la Argentina. Lo más doloroso no fue partir sino la vuelta.

Y eso que la adaptación fue difícil. Estábamos indocumentados, pero en la escuela nos inscribieron. Empecé sin hablar todavía portugués. Mi vocabulario se reducía a menos de una decena de palabras. Tudo bem, tudo bom, ônibus, metrô, dente, obrigado y dos indicaciones para el ascensor: sobe y desce.

Pueblerino aún, arranqué sexto grado sin siquiera entender cuestiones básicas. El primer día de clases veía como mis futuros compañeros evitaban que otro les tocara el culo, gastada que nunca había visto. Chicos y chicas se saludaban con besos. Se hizo público que a mí eso me sonrojaba y mis compañeras me perseguían para darme uno pero solo para boludearme.

A veces lloraba porque llegaba a clase sin haber hecho la tarea: al no hablar portugués no había entendido lo que habían encargado. Otras, me despertaba de madrugada e iba al cuarto de mis viejos llorando y estresado porque no comprendía una mierda y temía reprobar hasta dibujo. Para mi hermano fue peor: quisieron ponerlo en primer grado, pero mi vieja en un modesto portuñol se las rebuscó para explicar que ya estaba alfabetizado y que debían anotarlo en segundo. Así lo hicieron, pero con la maestra en contra porque tenía un alumno que no hablaba portugués. Pancho y yo íbamos caminando solos a la escuela por la rua Consolação. En el camino, antes de la entrada, Pancho, 8 años, vomitaba de los nervios.

De vez en cuando iba a la escuela, la Marina Cintra, con la camiseta de Boca debajo del guardapolvo, que se usaba abierto, sin abotonar. En el colegio había otro argentino de mi edad que también era hincha de Boca y de quien ya no sé el nombre. Sí me acuerdo que me prohibieron darle precisiones de dónde vivíamos por cuestiones de seguridad. Quizá también para él corrían las mismas órdenes: nunca me invitó a su casa.

En aquellos tiempos nos hicimos amigos de los hijos de un oficial montonero. Nos juntábamos a jugar a los pistoleros con Gabriela, Ariel y Pablo en el Parque Trianon con alguna regularidad. Nos llevaban nuestros respectivos padres a encontrarnos allí porque no se podía saber dónde vivían.

Del simple y pequeño departamento que habíamos dejado en Cipolletti, llegamos a uno en la Alameda Santos que tenía 200 metros cuadrados y un living del tamaño de una cancha de básquet. En Cipolletti se veía un solo canal de televisión, que transmitía apenas un puñado de horas diarias. En San Pablo había cinco canales, TV en colores, hipermercados, shoppings, jugueterías en la que podías jugar, en las confiterías hacían ice cream soda y milk shakes, preparaban cheese burgers, había flippers. Hoy me pregunto si en parte no me colonizó la banalidad del consumo que descubrí en esa etapa inicial.

Esos primeros años estuvimos ilegales y había que pasar desapercibidos. Fue lo que hice. Me adapté y con el tiempo terminé pareciendo un brasileño más: se me notaba un pequeño acento que delataba que no era paulistano, pero no me preguntaban si era extranjero sino de alguna otra región de Brasil. Íntimamente, me producía satisfacción.

Las noticias de la Argentina empezaron a sonarme lejanas, ajenas. Aunque en casa se hablaba español, mi vocabulario pasó a ser más rico en portugués. Parecerá apátrida: mi DNI dice “argentino” pero de ser mi elección hubiera puesto “brasileiro”. A veces me pienso como un Kim Philby, el británico que por convicción se convirtió en espía de la Unión Soviética.

Brasil condensa mi educación sentimental y mis sabores. Es Rita Lee, Chico, Caetano, Tom Jobim, João Bosco, Dom Casmurro, la Folha de São Paulo, las novelas y el Fantástico de la rede Globo, las funciones en los cines Bijou, Belas Artes y el Sesc de la rua Augusta, los amigos de la rua Borges de Barros, saltar carnaval, el lança perfume, el Ibirapuera, las coxinhas, el pão de queijo, la goiabada, los quesos catupiry y minas, el requeijão, la farofa, la pizza portuguesa, el feijão com arroz.

Allá fueron casi todos mis debuts: mi primera película con desnudos femeninos, las primeras revistitas suecas, mis primeras fiestas, mi primer beso, mi primera novia, mi primera borrachera y resaca, la primera ida a un cabaret, mis primeras vacaciones con amigos y sin mis viejos, las primeras rateadas, mi primera experiencia en militancia estudiantil, mi primer recital de rock y hasta mi primer desengaño amoroso. Invité a Ana Claudia a un recital y terminó chapando con otro flaco que había ido conmigo, episodio que increíblemente aún me molesta.

Nostálgicos, mis viejos habían decorado el living con una bandera argentina. Quizás al inicio del exilio esa bandera me significaba algo, pero con los años terminó representándome poco y nada. Visto a distancia, sonará extremo. En las fechas patrias, nos reuníamos a cantar el himno argentino frente a esa bandera. Hacía la mímica de que me importaba, pero a mí ya me gustaba Brasil, era una quinta columna dentro de mi hogar.

Ilegales desde hacía cuatro años, en 1980 viajamos a Paraguay para poder volver a ingresar a Brasil y tener una visa de turistas en regla. Gracias a un trabajo en la cosmética Avon, mi papá pudo conseguir la documentación brasileña.

Y finalmente fuimos residentes legales. Pero fue efímero: vino Malvinas, la dictadura entró en retirada, mi papá viajó a Buenos Aires e interpretó con mi madre que la incipiente apertura política nos permitía volver. Lo que para la Argentina sonaba a un buen horizonte, a mí me resultaba fatal.

Era agosto de 1982. A su regreso, en un almuerzo en la casa donde vivíamos entonces, en el barrio de Sumarezinho y donde también se colgó en el living la bandera argentina, mi papá nos informó, con la alegría de quien sabe que terminó su sufrimiento, que a fines de ese año nos volvíamos a la Argentina. Su felicidad me era indiferente e injustificada. Desconsolado, me quebré en la mesa. Ya tenía 16, una novia, me afeitaba, pero lloraba como si tuviera 10 años menos.

Me sentía egoísta: quería quedarme en Brasil porque era feliz y por más que mis viejos se sintieran desgraciados, que la nostalgia los destrozara, que los preocupara el futuro. A modo de justificar el dolor que me causaba el llanto, argumenté temer por el destino de nuestros perros, Feliciano y Feia. “También vuelven”, sentenció mi papá. Tuvieron más suerte que el loro.

Recuerdo, en cambio, que mi hermana, de entonces 14 años, lo tomó con tranquilidad. Julieta se había seguido sintiendo siempre argentina, aunque Brasil también la haya marcado: es traductora pública de portugués y locutora en ese idioma del servicio de Radio Argentina al Exterior (RAE). Y su marido argentino tiene nacionalidad brasileña.

Si yo lloré bastante, mi novia de entonces me superó en lágrimas. La adolescencia es una etapa que se lleva bien con el drama. La reacción de Víctor, mi mejor amigo, todavía me conmueve: se emborrachó tomando Cuba libres.

Una familia no es una democracia. Y si lo fuera, los padres tenemos voto calificado. Mirado en perspectiva, entiendo las razones de mis viejos. Habían tenido que rajarse de Argentina. Su plan siempre había sido cristalino: aguantar hasta que pudiésemos regresar.

La despedida fue demoledora. Mi viejo y hermanos se volvieron a mediados de noviembre de ese año con los perros en avión, mi mamá poco después y yo lo hice solo, cerca de las Fiestas. Deliré con la idea de quedarme, pero era un adolescente que no había terminado el secundario y obedecía a sus padres.

Quedé bajo el cuidado de un amigo suizo de mis viejos, Luc, hasta terminar el colegio. Viví esos últimos días con una libertad desconocida, sin controles parentales, pero en vez de eufórico me sentía infeliz. Amor adolescente: me separé de mi novia para siempre un atardecer en una parada de colectivos del barrio Higienópolis. Su madre no la dejaba ir al día siguiente a despedirme porque era de noche.

Nunca más volví al departamento de Cipolletti que dejamos en 1976. Ya en ausencia nuestra, supimos, fue allanado dos veces. Casi todo lo que había en su interior, incluidas las fotos del casamiento de mis viejos y las de la infancia de mis hermanos y mía, se perdieron. Nos instalamos en General Roca, me decían “el brasilero”, terminé el secundario, estudie Periodismo, me enamoré, tengo dos hijos. Fantaseé muchas veces con volverme a San Pablo, pero acá estoy. Hice lo opuesto a lo que me tocó vivir de chico: eché raíces.

Eso sí, mi obsesión con Brasil se mantiene. Durante los noventa y principios de 2000, año tras año, viajé a Brasil, casi exclusivamente a San Pablo. Pero apenas conozco la ciudad: siempre voy a los mismos lugares que recorría en mi niñez y adolescencia.

Quizá como consuelo, mi hijo Lucas se gestó allá. Después tuve la compulsión de llevarlo a San Pablo: fuimos de viaje e hicimos el tour de mi nostalgia. Después nació Clara: tiene tres años y ya pasó dos vacaciones consecutivas en Brasil. Pero ahora, mi mujer Ximena y nuestros hijos, en parte, zafaron: mi adicción a San Pablo parece haber descendido y con viajar a Brasil, a cualquier lugar de Brasil, me alcanza. Con ir de tanto en tanto y sentarme a tomar una caipirinha casi olvido que en el fondo me siento un desterrado. É o meu Brasil brasileiro, terra de samba e pandeiro.

Mirá también: Los chicos y su cuarto propio

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Carlos Galván. Hijo y nieto de periodistas, se pregunta si tuvo reales chances de elegir otra carrera. Se recibió en la Universidad de La Plata. En Clarín trabaja desde 1994; participó de coberturas de mucha repercusión desde el “caso Coppola” a la tragedia de Cromañón. Actualmente escribe sobre las noticias del Senado de la Nación. Carlos cree que a Lennon y McCartney se los sobrevalora y que están un escalón debajo de Rita Lee. Lo enloquece San Pablo, pero de tener hoy la posibilidad, elegiría vivir en la carioca Leblon. Le gusta leer la Folha de Sao Paulo y oír la paulistana radio El Dorado. Y los domingos, mirar el programa “Fantástico” en la Globo, costumbre que a su mujer le resulta bizarra.

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