Esclavos del momento

El mexicano Agustín Víctor Casasola, con la ayuda intermitente de su hermano Miguel, empezó a recoger, al filo de 1900, uno de los archivos fotográficos más relevantes para la historia de un país. Sin embargo, el reconocimiento internacional de esas casi 500.000 fotos no ha corrido parejas con su importancia. Nacido en 1874 y criado en los años del gobierno de Porfirio Díaz, Agustín Casasola fue testigo directísimo de todas las convulsiones que dieron lugar al México moderno, y respiró como nadie el aire de un país y una ciudad que evolucionó durante el primer tercio del siglo XX a un ritmo desbocado. Mesa revuelta

Miguel Casasola en el cuarto oscuro de su estudio en la Ciudad de México, 1925. Obsérvese la pistola al cinto
Durante el gobierno de Porfirio Díaz la ciudad se llena de restaurantes lujosos donde la aristocracia tiene acceso a productos europeos y de los Estados Unidos. En las pulquerías se bebe el espeso pulque destilado del magüey. El Vaseo, un pulquería del centro
Abandonó pronto la inicial profesión de tipógrafo por la de reportero «cazanoticias» y, en cuanto cayó en sus manos una máquina de fotografiar (parece que eso fue en 1902), ya no pararía de perseguir imágenes, de revelar el flujo de la historia y —según sus palabras— convertirse en un «esclavo del momento».
Pulquería en Tacubaya. La represión y métodos violentos de Díaz eran especialmente notables en los pueblos
Porfirio Díaz había llegado al poder con un golpe en 1876, presentándose como el único ser  humano capaz de poner orden en un país violento y caótico desde que se separó de España en 1821. Desde entonces, habían ocupado el palacio presidencial más de cincuenta gobiernos, algunos casi de opereta, como los once de Santa Anna. México era, además, un país humillado por la pérdida de la mitad del territorio nacional a manos de Estados Unidos (1846-1848) y por la delirante imposición francesa del duque Maximiliano en el trono de un supuesto imperio mexicano (siempre recordaremos la extraordinaria novela de Fernando del Paso, Noticias del Imperio, 1987, que recrea esos años).
El porfiriato quería crear una élite científica e intelectual. Un grupo de políticos y astrónomos analizan los rayos solares desde la azotea del Palacio Nacional, 1912

El porfiriato en el que se crio Agustín Casasola supuso una fuerte entrada de capital extranjero y, a la vez, el crecimiento insoportable de las desigualdades sociales. La injusticia se silenciaba por medio de la fuerza, aplacando con brutalidad extrema cualquier protesta (reforzó a Los Rurales, una policía semimilitar que se encargó de perseguir tanto a los bandidos que proliferaban por el país como a quienes protestaban contra el orden establecido), pactando con los caciques, desarrollando enormemente la burocracia, y también por medio del control de los medios de comunicación escrita. No por azar, William Randolph Hearst poseía en México un rancho del tamaño inimaginable de 2.500.000 acres. A la vez que creaba una estructura de comunicaciones moderna, un sistema hidráulico, etc., Porfirio Díaz enajenaba el país: Estados Unidos tenía dos tercios de la red de ferrocarriles. El 1% de la población poseía el 80% de la tierra. Con todo, la ciudad de Mexico vivía en un cierto espejismo de prosperidad fomentado por los periódicos que solo daban las buenas noticias de la clase media urbana y de los habitantes de los barrios ricos. En esos diarios colaboraban inicialmente los hermanos Casasola. Su prestigio como fotógrafos fue creciendo y pronto Agustín creó una de las primeras agencias de fotografía, la Agencia de Información Gráfica, donde llegaron a colaborar hasta 480 fotógrafos. Su lema era: «Tengo o hago la foto que usted necesite».

Entrada triunfal de una tropa maderista en un pueblo, 1911
Alegría general por la caída de Porfirio Díaz, preludio de muchos años de sangre. El empleado ferroviario de la esquina inferior derecha parece preverlo

En efecto, México entero está en ese archivo. El 20 de noviembre de 1910 empieza el tiroteo. El moderado Francisco Madero, algo ingenuo e idealista para la tarea que iba a acometer, expulsa a Porfirio Díaz, pero apenas se mantuvo dos años en el poder, hasta que lo mandó fusilar su amigo Victoriano Huerta. Siguieron diez días de baño de sangre en la capital, la llamada «decena trágica». La Revolución se extiende luego por todo el territorio con aquellas complicaciones infinitas en su interior y entre sus líderes que conducirán a una cifra de más de un millón de muertos para un total de quince millones de habitantes. Frente a las cámaras de los Casasola desfilan Venustiano Carranza, Álvaro Obregón, Pancho Villa, Emiliano Zapata… Al principio estaban más o menos unidos para derrocar a Huerta, se dedicarán luego a pelear entre ellos. Pero también coloca Casasola ante su lente a los ciudadanos anónimos que andan por la calle, en cualquiera de los bandos. La prensa de todo el mundo le pide fotos a él como testigo fiable de los hechos. Pero mientras México empezaba a sosegarse algo, Europa se metía en la carnicería de la I Gran Guerra. México estaba destrozado pero el mundo tenía ahora otras preocupaciones.

El fenómeno, tan peculiar de la Revolución mexicana, de las soldaderas. Su papel
trasciende la imagen de «adelitas» que se ha creado con el tiempo. Algo
publicamos ya sobre el tema alrededor
de la historia del corrido mexicano
Soldaderas
Algunas soldaderas fueron simplemente soldados
A esta mujer la apodaban La Destroyer. Ayudaba a bien morir a los caídos en la batalla, ca. 1915
Soldaderas a pie, al lado de una tropa zapatista, ca. 1914
Soldado del Ejército Constitucionalista, al mando de Venustiano Carranza. Luchaban
contra Huerta desde el norte del país. Emiliano Zapata dirigía
la rebelión del sur. Ca. 1914
Campesinos zapatistas que han entrado en la ciudad de México en diciembre de 1914. Desayunan en el famoso restaurante Sanborns, en el centro. Tuvieron el revolucionario detalle de pagar el desayuno

También Casasola es testigo de la recuperación mexicana y de la conversión de la ciudad de México en una gran metrópoli moderna. Así, la ciudad vuelve a ser el tema preferido. Unas calles que se inundan del tráfico incontrolado de coches (20.000 automóviles por 500.000 habitantes en 1925). Hay paz, y con la paz cierta prosperidad solo amenazada por la inmigración del campo a la ciudad. La cámara de los Casasola explora ahora también la noche, se detiene en las comisarías y los juzgados, en los teatros, cabarets y rings de lucha libre, en los callejones mal iluminados.

La paz trae la proliferación de todo tipo de oficios. Globero (y la sombra del fotógrafo)
Industrias, comercios y pequeños talleres, como esta vidriería, van llenando la ciudad. Ca. 1910
Carnicería. CIudad de México, ca. 1928
Orquesta formada por ciegos. Ciudad de México, ca. 1910
Luchadores aficionados. En México, la afición a la lucha es muy popular desde estos años. Ciudad de México, ca. 1925
Los vendedores de periódicos, llamados «voceadores», recogen la mercancía para venderla por las calles. Véase el titular del diario El Demócrata: «El canto de la ciudad alegre». Ca. 1925
Muchos niños siguen trabajando duro en Ciudad de México. Eran conocidos
como «mecapaleros» por el tipo de faja con dos cuerdas y una cinta para
la frente con la que cargaban los bultos
Diego Rivera, el pintor, encabeza la comitiva fúnebre por el asesinado Antonio Mella, muerto cuando se dirigía a su casa con Tina Modotti, que fue acusada como principal sospechosa, aunque la intervención de Rivera la exculpó y se cargó el crimen al dictador cubano Gerardo Machado. Tina Modotti acabó en España como agitadora estalinista y volvió a México para morir en un taxi en 1942. Los años 20 fueron en México de cierta bohemia y glamour revolucionario. 1929
La vida nocturna mexicana tenía su expresión en los teatros Colón, Principal, Arbeu, María Guerrero y Esperanza Iris. CIudad de México, ca. 1925
Una pareja que ha cambiado sus vestidos amanece en la comisaría de policía y es objeto de las burlas. Ciudad de México, ca. 1935
Delincuente detenido con el arma del crimen y conducido a los calabozos.
Ciudad de México, ca. 1935
Aquí el arma es un cuchillo ensangrentado. Cárcel de Belén (antes convento y hospital), ca. 1935
Jóvenes noctámbulos. Ciudad de México, ca. 1935
Pareja de ladrones en el juzgado. Ciudad de México, ca. 1935
Pareja de jóvenes acusados a la espera de juicio. Ciudad de México, ca. 1935
La prostitución se tolera ambiguamente en ciertos barrios de la ciudad. Ca. 1935
Mujer acusada de prostitución. Ciudad de México, ca. 1935
Estudio fisionómico del delincuente en el Laboratorio de Criminalística e Identificación.
Ciudad de México, ca. 1935
Investigadores en casa de La Cinta Aznar, asesinada por Gallegos. Uno de los crímenes más
sonados de la época. Ciudad de México, ca. 1920
Mujer acusada de brujería. CIudad de México, ca. 1935
El juez Schultz escucha una declaración durante un juicio. Ciudad de México, ca. 1935

Agustín Casasola —que sin duda estaba al tanto de la evolución del arte fotográfico y tuvo que conocer también el uso combativo de la fotografía desde los ejemplos de Eugene Atget en el París de 1895, o de Jacob Riis con su How Other Half Lives (1890) en Nueva York— nunca sostuvo que su trabajo fuera arte ni tuviera algún valor de intervención social. Era la vida en el instante en que cruzaba delante de su cámara… y también un modo de ganarse él la vida. Hay que decir que la  fotografía artística mexicana tiene excelentes autores desde sus orígenes hasta hoy: vimos hace poco una gran exposición restrospectiva de Graciela Itúrbide y pudimos comprobar también su fuerte deuda con el documentalismo propio del fondo Casasola.

La vida en el campo mexicano, marcada por la dureza y el abandono. Tlachiquero extrayendo aguamiel. México D.F., ca. 1910
Mecapalero con su carga en el campo

 

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