Eduardo Galarce

Eduardo Antonio Galarce nació en Capital Federal el 27 de noviembre de 1942. Su mamá era Antonia Galarce y la historia de su familia comienza nada menos que en la conquista militar al “desierto”, cuando desde Mendoza se dirigieron al Valle. La abuela Ramona Pastrán le contaba la historia familiar desde pequeño.

En 1887 se encuentra en la documentación oficial de la Colonia a dos pioneros reconocidos por la historia local: José Escales y Roque Galarce, instalados en el lote 73 y en el lote 80 respectivamente, y tienen plantadas, hacia fines de siglo, varias hectáreas de alfalfa, algunas con hortalizas, legumbres y frutales. Ambos recibían agua del nuevo “canal de los milicos”, el que no alcanzaba a cubrir a todos los productores por lo que Escales junto a otros denuncian durante mucho tiempo el desinterés del Estado Nacional por ayudar a los primeros colonizadores del Alto Valle. Estos pioneros no han sido muy reconocidos en la crónica local por considerar que no pertenecen a Allen. Sin embargo, cuando Escales, Galarce y Masa se instalan no había aún un "Allen", sumemos que hoy la zona de asentamiento de estos pioneros es Guerrico que depende de Allen institucionalmente. Ellos conformaron las primeras 28 unidades de producción inicial en la colonia Gral. Roca.

“Mi abuela, Ramona Pastran me contaba que llegó muy pequeña con su papá Gerardo Pastrán y su mamá Adelina (Dalmira) Montiel. Su familia era mendocina y proveían al ejército de animales; vinieron con el IV Regimiento a la región y sucedió lo que la abuela me contaba como una leyenda que la tenía como protagonista. En un trayecto de la expedición debieron escapar de los indios y el padre arrojó a mi abuela Ramona al jarillal, tal vez para salvarla si eran atrapados. Pero lograron escapar y volvieron a buscarla. El oficial estaba muy enojado y amonestó al soldado que la había tirado. Yo lamento no haber escuchado muchos de aquellos recuerdos”. Entre papeles con un árbol genealógico y dibujos que imaginan tiempos pasados, Eduardo también nos cuenta que su abuelo Roque recibió tierras por sus servicios en la campaña militar e integró las cuadrillas que hicieron los canales. (Eduardo Galarce, 2008).

La zona sufrió la inundación de 1899 que destruyó las obras e hizo estragos en la zona; una nueva comisión, entre los que se encontraba Stefenelli se dirigió al gobierno y lograron atención.

Luego de esta catástrofe natural pareció que lo peor ya había pasado. Se recompuso el canal "de los Milicos" y esto mejoró la situación. Pero los problemas continuaban a pesar de que los agricultores ponían todas sus fuerzas físicas y materiales para mantener regadas sus plantaciones.

En 1896 se ordenó una inspección de la Colonia Gral. Roca. Y había pasado la Conquista y como ya les contamos, la tierra patagonica había sido entregada a unos pocos que la vendieron sin respetar la leyes.  El inspector a cargo fue Marco Rufino, quien hizo notar las deficiencias y errores de muchos de los nombres que aparecían en las concesiones: “la mayoría no se encuentran en la colonia y muchos de los residentes allí no poseen los boletos provisorios”.

De los pocos que tenían boletos de compra - venta y eran "legales" son: Tomas Massa en los lotes 15 y 41; José Escales en el 70, 73, 91 y 99; y Roque Galarce en el lote 80. Todos ellos tenían construcciones, cultivos y animales como lo exija la ley.

Sin embargo muchos lotes estaban a nombre de Flora de Zorrilla, una sucesión de las que les contamos AQUI. Las tierras de esta concesionaria generalmente no tenían ni habitantes ni cultivos. Este era el caso de la mayoría de los lotes, estaban vacíos. Era tierra ociosa que la ley penaba... sin embargo, hecha la ley hecha la trampa?. Algo así. También las leyes se hicieron solo para los papeles, la lejanía de estas tierras permitió ignorarlas, más si eras amigos de los gobernantes y/o parte de la élite influyente.

El matrimonio Pastrán se instaló en el campamento de la expedición y allí creció Ramona quien, con el tiempo, conoció al hijo de Roque Galarce y se casó con él, a quien le habían adjudicado unas 100 ha. de tierras en pago por sus servicios prestados en la expedición militar.

Eduardo se crió con la abuela Ramona y su tía Matilda pues su mamá murió muy joven. “Era un poco nómade” cuenta Eduardo, “porque iba a lo de una tía en Guerrico, con la familia Etchegaray o con los Escales. Anduve en las faldas de mis tías. Al final quedé solo con mi abuela viviendo en el barrio Mir.”

A los 15 años empezó a trabajar en el diario Río Negro. Estuvo allí varios meses, pero no le gusto. “Yo salía a cobrar los edictos que se publicaban. Hacía de todo”, explica, “Había sólo dos personas en planta permanente. En esa época iba a la escuela también y aprendí bastante porque había maestros antiguos, era distinto a lo de ahora, uno podía mejorar. Después tuve que dedicarme a trabajar y no me quedó otra alternativa que dejar la escuela. Pero instruirme a mí me salvó porque yo era un chico de la calle, era discriminado. La pasé muy mal, me aislé, pero me salvó haber aprendido a leer”.

Dibujo de Eduardo que recuerda cuando a su abuela le dieron un reconocimiento en los años 60.

A Eduardo siempre le gustó dibujar. Empezó a los 16 años pero no pudo practicar todo lo que le hubiera gustado porque no siempre tenía los materiales para hacerlo porque “antes no había”. A través de algunos de sus dibujos  intentó contar su historia y la vida de Allen. Dice que al dibujar los bailes de Alto Valle “yo quería rescatar los movimientos… aquella idiosincrasia nuestra… Porque hoy piensan ‘uy, los viejos eran unos aburridos’ ¡No! Éramos jóvenes y nos divertíamos mucho. Una foto sería muy estática, yo quería ponerle un poco de movimiento y cierto acercamiento a la pareja. Algunos se insinuaban más, otros menos, otros eran muy divertidos”, cuenta Eduardo y agrega: “cuando íbamos llegando a Alto Valle, veíamos la luz y la tierra que se movía”.

Bailes en el Club Alto Valle, dibujo de Eduardo.

Pero eran también tiempos difíciles. Cuando empezó a salir había muchos peligros “y la policía tenía como consigna agarrar a cualquiera y listo. O sea, no tenían problemas en acusarte de cualquier cosa”, explica, “Era más el miedo a la policía que al ladrón”.

Eduardo estuvo casado 23 años y luego se separó. Tuvo 5 hijos, pero lamentablemente una hija falleció a los 18 años, en 1998. Ese es un dolor que no se va: “Ese es uno de los problemas que tengo yo. No me puedo acostumbrar a que pasó eso…”. Uno de sus hijos fue policía, pero renunció porque vivía estresado y veía mucha corrupción. Fernando Galarce es el más chico de los varones, es un excelente guitarrista que ha conformado varias bandas locales. “Yo estoy prendido con él porque soy aficionado a la música”, cuenta el padre orgulloso, “Yo también  intenté tocar un instrumento, pero no pude, así que una vez pasé por lo de Ferroni, compré la guitarra y vinimos a la Municipalidad, estaba el profesor que era de Cipolletti y ahí nomas empezó. Me acuerdo que le dije ‘mirá, dentro de 2 semanas quiero 2 o 3 notas de ‘Taquito militar’, es lo único que te pido’. Y un día vino y tocó. Después empezó con el rock; se juntó con Julio Garrido y empezó con el blues”.

En los noventa fue convocado por la Dra. Angélica Cores para trabajar en una iniciativa que intentaba ayudar a la gente a aprender distintos oficios y la autoproducción de alimentos. Allí Eduardo hacía una huerta orgánica, pero dice que “fue muy difícil. Todos me decían ‘pero necesito esto…’ yo le decía “¿qué tenés? ¿Dos manos? Con eso empezás”. Porque en la huerta orgánica la propia naturaleza va determinando cómo podes avanzar y qué podes hacer, en la huerta orgánica no se usan herramientas”. El proyecto era muy amplio y trabajaban desde zapateros hasta informáticos, pero después cerró porque, según Eduardo “era un ente político”.

Eduardo fue el primer maestro de la Escuela Especial. Empezó a trabajar ahí también convocado por la Dra. Cores, con quien trabajó mucho para promover la región. Sin embargo, un año después fue desplazado porque no tenía el puntaje ideal y “vino otro que estaba más capacitado”.

 Una vez, sufrió un episodio injusto y tuvo que organizarse para defenderse. Eduardo junto a sus vecinos formaron una comisión porque les entregaron unas viviendas en muy mal estado, dice que “las casas no tenían ni vereda, ni puertas, ni piso”. Se reunían en la casa de uno de los miembros y pedían que les repararan las viviendas. Pero Eduardo recuerda que, lamentablemente, “esto pasó en varias localidades del Alto Valle. Un día cayó el Ingeniero de tendencia comunista al mango y logramos una resolución para reparar las viviendas. Me nombraron capataz de la obra y así  entonces trabajo para el IPPV”.

Eduardo Galarce tiene ideas, muchas ideas que se agolpan en su relato, pero no hay duda de que busca mejorar su entorno, el lugar donde vive. Propuso alguna vez también hacer un anfiteatro en la zona norte, porque considera que es muy importante impulsarla: “para mí, la salida hacia el norte es elemental para el desarrollo de la ciudad. Trabajé mucho en el tema de los Ejidos Colindantes, porque me he enterado de cada cosa…”. “También trabajé para determinar dónde podía ir la ruta a Casa de Piedra pero no se logró nada”, dice resignado, “las calles que se habían hecho están anuladas, pasan alambrados de propiedades. A los políticos les molesta cuando yo voy a hablar con ellos, porque a las dos palabras que dicen ellos yo ya caigo de que me están mintiendo”.

El recuerdo de Eduardo según su dibujo: la llegada de la Conquista

Cuando propuso el anfiteatro para el Barrio Norte, había armado todo para hacerlo donde actualmente se encuentra el Colegio Agroindustrial. “El arquitecto Cabo me trajo material de Buenos Aires de cómo hacer un anfiteatro, me lo estudié todo, fui al tanque y medí planta por planta, tengo fotos, videos, todo… porque yo sabía que si no tenía ese documento no iban a entender mi idea”, explica Eduardo, “yo lo que quería era no generar gasto, sino aprovechar la banquina para hacer las gradas ¡Es tan sencillo! Y después hacer una plataforma donde poner el escenario, quería generar un espacio verde, con campo para deportes… Me ayudó mucho Ulises Gentili, alcanzámos a alambrar todo con los vecinos pero después vino Peñaloza y lo descartó”.

Cree también que es necesario hacer la Carta Ambiental porque “si vas a hacer una casa, necesitas un plano, es lo óptimo. Así que lo que una ciudad necesita es hacer es la Carta Ambiental. Todos dicen que no se puede pero la Carta Ambiental no se superpone a las ideas políticas, sino que es algo elemental”, razona Eduardo, “con ella se logra el conocimiento de un lugar para determinar las mejores condiciones en los aspectos económico, social y todo lo que ayuda a una buena distribución de todo. Se hace un estudio de economía, ingeniería agropecuaria, geológica... así se determina la ubicación óptima para planes de vivienda y hacia donde tiene que ir el crecimiento de la ciudad en general”.

Finalmente, Eduardo deja una reflexión para cerrar “mientras no se haga algo que revierta totalmente, Allen va seguir siempre igual. También es importante que la gente tenga más participación democrática”.

Mas dibujos de Eduardo sobre la historia local:

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