Un día pensamos en realizar el mural de la capilla Santa Catalina. Después de tres meses el Chelo lo hizo posible y ninguno de nosotros, y quizás el pueblo en general, sabíamos cuantas ganas de volverla a ver teníamos.
Después del primer día, una vez que los primeros bosquejos tomaron forma, una sensación rara nos hizo cosquillas en la panza.
Nostalgia, emoción, ansiedad. Algo de culpa también…
La esquina de la anónima, muerta y sin color, comenzó a vivir de nuevo. Un nene de unos 5 años pasó por el lugar y dijo: “¡Mira papá, están coloreando La Anónima!”…
Si los niños lo veían de esta manera, tal vez entonces estábamos haciendo bien el trabajo.
Desde el primer día estuvo con nosotros un buen perro, vecino de todos, amigo de muchos. Bautizado cariñosamente Malacara, nos acompaño con frío, lluvia o calor. Se ganó a cambio de su compañía un lugar en el mural. Mucha gente lo notó, y sonreían al verlo dormir al pie del mural en la misma posición en la que había sido retratado.
Una vecina dijo con ternura: “Hasta dibujaron al perro que siempre estaba durmiendo en la puerta de la iglesia!”. Bueno, no era tan así pero el comentario indicaba que algo estaba pasando: la memoria de la gente se despabilaba… y muchos los compartieron con nosotros.
“Acá me case yo”, “En esta Iglesia bautice a mis hijos”, “Yo tome la comunión en esta capilla”, “En la escuela que están pintando hice la primaria”… El propósito del mural se estaba alcanzando y nos sorprendía cada día.
Por ejemplo, una señora estaba convencida que una de las niñas retratadas era ella. Otro señor decía, acordando: “está bien que tengan cara de culo… en esa época todos tenían cara de amargados”.
Muchos pararon a darle indicaciones al Chelo, incluso, frente algún supuesto error, volvían al otro día y reconocían que habían estado mirando fotos y que era tal como se estaba plasmando. Otros observaron el proceso desde lejos, por largos ratos. Algunos se acercaban y con los ojos llenos de lágrimas apenas nos podían hablar.
Un gesto nos sorprendió de sobremanera: muchas personas se persignaron al pasar frente al mural. Si. Se persignaron, tal cual lo habrían hecho en otros tiempos cuando la capilla estaba de pie.
Había “necesidad” de volverla a ver?. Tal vez, de volver a recordar, de mantener viva la memoria y así compartir entre los que la pudieron ver y los que no sabían de su existencia. Un puente entre generaciones, entre padres e hijos, nietos y abuelos.
Entre mates, café, facturas y alguna cerveza, pasaron tres meses. Los vecinos se acostumbraron a nosotros y se solidarizaron charlando o acercándonos la posibilidad de tener luz. Un farol nos alumbró varias noches y nos calentó las manos heladas por el invierno que no se quería ir.
Una frase que dijo muchas veces el Chelo Candia mientras pintaba el mural: “Esta pared ya no es mas de La Anónima, ahora es de Allen de nuevo”
A despabilarse!! la memoria encontró un lugar, se empezó a recordar y a compartir vivencias.
Para nosotros:
Misión cumplida. |