La octava maravilla. Por Rabino
Tengo un amigo que, cada vez que estamos ebrios, dice para la risa general del lugar “ésta, puede ser la última vez que toque… ”. Luego agarra la guitarra y comienza con parte de su repertorio.
Nunca sabemos de quién son las canciones, porque siempre canta en inglés, o en otros idiomas incomprensibles, o termina las estrofas en castellano con frases puercas que nada tienen que ver con la letra original. Dice mi amigo que es mejor así. Que ahora quiere prestar atención a su carrera solista. Y ahí nomás toca y canta un tema de Jaf levantando una ceja.
Yo no soy muy amigo de andar a los gritos en casa ajena, pero por lo general lo acompaño con algunos coros de dudosa moral y manteniendo lleno su vaso de cerveza.
Mientras lo miro siempre pienso que es él la clase de artista que uno espera encontrar en esos lugares. Miles de asáus han entrado en las tripas de este que escribe. Pero unos pocos han sido digeridos con placer, escuchando un loco que agarra la criolla y se expresa con pasión y locura. El resto se ha debatido con el asombro fingido, la risa impar, y el aplauso cretino, para un gran montón de aduladores de lo feo, admiradores de la velocidad, y amantes de su propia historia.
Me han encomendado una tarea imposible. Redactar unas líneas acerca de la historia de la música en Allen, que ha cumplido 100 años. Antes bien que negarme, he accedido con gusto. Más por la persuasión química del momento, que por confiar en mis facultades que nunca existieron.
La historia de la música es la historia de los hombres y mujeres que se le animaron a la cuestión. Por alguna razón, respeto a ultranza a quienes ya tienen un canal que los conmemore, ya pactaron con el destino su propaganda, o bien, son ellos mismos quienes nos hacen recordar anualmente, que deberíamos cambiar el busto del gran General, por el de ellos tocando un arpa semidesnudos.
Por lo que, escribiré sobre algunos íconos medios perdidos por ahí. No son los más importantes. Pero son seguramente los que han hecho afortunado a más de uno en algún momento.
A lo largo de estos años he podido disfrutar de muchos artistas. Y a ellos agradezco desde este extraño anonimato. Con su música supe bailar, reírme, llorar, sentirme bien. Con algunos discos desaté las caricias más vulgares sin esperar otra cosa, que recompensas resarcitorias que se venían al ritmo galopante de los tambores bajos y guitarras que escupía mi vetusto grabador gris. Gris como el día más gris.
Y con la música más triste supe que ella me dejaba y lo estúpido que había sido al prestarle discos que no prestaba ni al inglés, ni al gordo Mascherano, ni a Pachu, ni a Maury, ni a Marcos. Qué boludo. Perdón muchachos.
Hubo canciones, bandas, y músicos que son representativos de movimientos mundiales. Más tarde y más temprano aparecían el Punk, el Blues, el Tango en Allen. Quiero advertir sobre la subjetividad, la desorganización y los anacronismos de los escritos que siguen. Repito que otros personajes tendrán sus vías de reconocimiento.
Quiero creer de todas maneras que hay algunos hitos irrenunciables, como el comienzo del punk, las primeras bandas de rock, la herencia del blues, el presente del tango, aquel muchacho rockero escritor de canciones, aquel flaco baterista. Otros harán listas, mencionarán años, adularán íconos y profetas.
Yo vengo a ofrecer algunas curiosas vistas por debajo de la mesa, a las piernas de la historia de la música en nuestro querido Allen. Concretamente, animémonos juntos a dar la nota. A criticar severamente mis palabras. A recordar mejor. Y querer más esta tierra.
Caso curioso el del Tango. Allí y acá hubo Tango. En los años prósperos, supieron pisar suelo allense, los grandes valores, y ahora ya, quedan algunos, o no?
Qué tiempos aquellos
El tango es, del modo más evidente, el género más misterioso de todos. Particularmente argentino (o rioplatense) es en realidad hijo de inmigrantes.
La mayoría claro, hombres melancólicos, que venían de todas partes del mundo, lejos de su familia, sin sus mujeres, sin sus hijos. De ahí, “el sentimiento triste que se baila”.
Mezcla de cosas, el tango es algo distinto a todas sus partes. Siempre es el lamento del hombre engañado, y siempre con ese gusto afligido, abatido por el destierro.
Qué cosa es más allense que el destierro.
Por alguna razón, el tango debería llevarse bien con Allen. El allense nativo ve cómo algunos reinventan el ayer y lo dejan afuera. En su lugar entran desconocidos que compran la parcela de tiempo pasado y aportan una pava vieja en algunas exposiciones.
Por otro lado, el allense residente, añora su provincia de origen. Su ciudad natal. La casita de los viejos. El sol brilla más en el norte. O en el sur. O en cualquier lado menos en Allen. A gritos lo invade la melancolía de alguna vez poder volver a sus pagos.
Por último, el que no extraña, y no queda en los arrabales oscuros de la historia, es seguramente cornudo.
El tango es allense por definición.
El origen del baile está en los prostíbulos, por ello es tan “sensual”. Tan loca es la historia, que entran personajes como el Papa Pío X , que proscribió la danza y los tangos canciones, igual que el Káiser de esa época.
En Allen no se baila en los burdeles (porque no hay… ¿por qué no hay?). Acá se baila en academias. Debe ser la ciudad con más centros de esta índole. Llevan el nombre y apellido de la mujer fundadora, que es además la profesora. Se rinden exámenes (¿?), se participa en torneos, se ganan trofeos. Como la empresa de trofeos argentina aún no consigue un diseñador que supere los moldes del año ‘58, he visto en las vitrinas de algunas bailarinas, un dorado delantero pateando el penal más raro de su vida. En fin, casi en las antípodas del principio conceptual está la cosa.
La última vez que entré a un festival de tango donde bailaron, me di cuenta que aquello que vi hacer a mi abuelo Atilio, o a mi tío Alberto alguna vez, no era exactamente lo que tenía que esperar ver de ahora en adelante. O aquellos personajes no habían asistido nunca a una academia de tango (cosa que era cierto), o me equivoqué y entré a un examen de karate. Pero están de negro. Deben ser ninjas, deben ser ninjas.
Patadas, contorciones, piruetas antinaturales. La música tiene acordeón, pero de fondo unos bombos electrónicos. Hay acrobacia, hay salto mortal. Hay doble Nelson.
Los trajes de las bailarinas son pequeños y apretados (je je je), pero las patadas voladoras se logran con tal velocidad, que no hay posibilidad alguna para un ser humano de ver algo más que ese rodete ario y desagradable que llevan todas las bailarinas. Por lo que las significaciones iniciáticas del tango danza, se han esfumado.

Invernal de Tango - San Martín de los Andes Fotos: Javier Fuentes & Nicolás Fernández fuentes Fernandez Fotografías En la foto: Federico Carrizo y Valeria Romero.
Pero esa afortunadamente no es la única expresión tanguera sobreviviente en nuestra ciudad. Y vaya que hay y hubo otras, pero voy a recordar una bien cerca en nuestro tiempo.
Comencemos al revés. Aquellas academias o institutos no alcanzan para pagar el hecho de que ser Allen sea el caldo de cultivo perfecto para esta música. Digo, debería ser mucho más patente. De hecho, no lo es. Debe haber algo más auténtico. Debe haber algún cantante.
Conocí a Bernardo Morales (nombre de cantante de tango ¿o no?) en la escuela primaria. Muy chicos los dos, nos recordábamos amistosos. Alguna tarea juntos. Siempre el saludo cordial entre nosotros.
Crecimos y envejecimos lejos uno del otro, pero volvimos a reencontrarnos hace unos años. Bebimos en honor a los viejos tiempos y prometimos volver a vernos. Y así fue. Cumplió años el Oni (Bernardo, es Bernardo Onofre Morales) y fui invitado cordialmente.
Entre otras cosas, me dediqué a husmear (y luego saquear) su colección de cds. Beatles, Guns and Roses, Los Piojos, la Renga, La Misissippi, Julio Sosa, Goyeneche… ¿Julio Sosa? ¿Goyeneche?
– Oni ¿te gusta el tango?
– Sí papá.
A los días regresé a devolverle uno de los cds que me había prestado (un Help! Remasterizado), y seguí indagando sobre sus gustos tangueros. El Oni después de un “sí sí, me encanta”, empezó a tararear algunos tangos que yo empezaba a balbucear mientras leía la contratapa de los cds.
Después de la tercer cerveza, el Oni ya parado, con los ojos cerrados, y el puño apretado, cantaba frente a la barra de su bulo los más clásicos tangos de Julio Sosa, Edmundo Rivero, Goyeneche. Me habló de otros cantantes anteriores al Varón del Tango, de quienes éste había sido receptáculo de influencias. Me fui a casa con la impresión grata de haber sido testigo de esos momentos artísticos únicos.
Resulta que el Oni había cantado hace unos años y había tenido un viejo maestro, que lo fue llevando y enseñando. Se alejó, pero la marca le quedó.
Semanas después coincidimos en otro acontecimiento, otro cumpleaños, donde había una banda tocando. Amigo el Oni, como yo, de las fiestas y el fandango, agarró el micrófono y esta vez cantó rock, que tanto también le gusta.
Los que andaban por allí (la mayoría músicos) abrían los ojos asombrados. Qué voz tremenda. Cantó Blues del Equipaje y alguna otra cosa. Y todos festejábamos el nuevo hallazgo que hacía quedar como Piolín, al resto de los cantantes que anduvieran ése año por ahí.
No tardaron algunos en convocarlo para cantar en sus bandas de rock. Y así el Oni me hizo saber, meses más tarde, que despuntaba el vicio haciendo temas de Riff con unos amigos.
La banda nunca llegó a nada, pero a mí me queda el inmenso recuerdo de algunas tardes más, mano a mano, en el restaurante de mi viejo, en su casa, en la mía, guitarra en mano y el Oni con su garganta, pintando todo un cuadro donde bailan bajo luces rojas en lupanares de mala muerte, donde los malos son malos con traje de malo, donde muchos extrañan, pero nadie se queja, porque el que quiso quejarse hace tiempo hizo la valija y partió nuevamente. El que se quedó, labura para mejorar esta París que es Allen, y aprende a amarla sin rencores.
Como debía pasar, hace mucho que no lo veo al Oni. Por ahí debe andar. Peleándola como siempre. Tengo algunas noticias de él que confirmar. Alguna pareja, algún trabajo. Que estas breves y humildes palabras le lleguen, y que sepa, que en la llama de su voz y estilo de vida, permanece el fuego que muchos se esfuerzan en vano apagar.
Guillermo Fernández, María Graña, Enrique Dumas, Mosquera Montaña, Roberto Casinelli y Trío Tango, todos de la mano de Sivio Soldán, pisaron el suelo allense. Eran en su época, la segunda o tercera generación grande del tango. Y vinieron al valle a actuar. Debían cenar en algún lado y cenaron acá, en la casa del tintorero. Miles de anécdotas pasaron por allí. Alguna habrá quedado. Ya la encontraremos.
CONTINUARÁ




