Walter Barión: “Yo sirvo para sumar, no para restar”

Lo entrevistamos en un par de tardes de verano en 2009. Venía, con su andar cansado a la cita, en la hora exacta y listo para charlar por horas. Walter, un memorioso e inquieto allense de corazón, un ciudadano (con todo lo que ello indica) inquieto y comprometido, que se nos fue hace unos días  y en esta historia de vida queremos recordarlo.

Pasen, con Uds. Walter Barión, un gran hombre...

Walter Barión

Walter Barión es de esas personas que lamentablemente no abundan. Fue mecánico, estudiante de abogacía y político sin abandonar nunca su primera profesión. Es alguien que ha estado en las trincheras y en los altos círculos de la política sin olvidar nunca sus principios, lo cual le acarreó muchos problemas. Esta es su historia, 74 años de una vida agitada, que se pasó rápido de actividad en actividad. Una vida que tiene tantas anécdotas, cargos, risas, tristezas y participación que es difícil de contar. Así que, como suele suceder en estos casos, hay que empezar por el principio.

Walter nació en 1936 y tiene 4 hermanos y 2 hermanas. Su padre llegó a Santa Fe sin saber el idioma pero empezó a trabajar como tornero en el ferrocarril como jefe de las secciones de mecánica. Cuenta que allí tenían una Biblioteca técnica donde él, de chico, iba a ver películas  y que fue en aquel momento cuando  empezó a meterse y aprendió el oficio con su papá. Luego se fueron a Buenos Aires a arreglar heladeras y allí iniciaron su propia empresa. “Recorrí el país con el servicio mecánico”, dice Walter cuando le preguntan cómo llegó acá, “y en el ‘58 vine a Neuquén, trabajábamos desde Villa Regina, pero no pasé por Allen. La empresa me trajo nuevamente en 1963 y, como Buenos Aires no me gustaba, decidí venirme. Tenía 27 años”.

“Acá se necesitaba frío para el transporte de fruta a Buenos Aires, en ese momento no había más de 15 galpones de empaque”, continúa Barión, “tenía experiencia, arreglé las primeras cámaras frigoríficas, instalamos las primeras heladeras de supermercados,  equipos de frío en los camiones…”. “Yo fui pionero en refrigeración en la región”, cuenta orgulloso, “cuando vine no había gente especializada en el rubro e iba a muchos lugares de la zona, Villa Regina, Roca, Plaza Huincul, Zapala, San Martín, Bariloche…”.

“Después me traje a la petisa”, cuenta en referencia cariñosa a su esposa, Estela Concepción Fernández. Estuvieron casados 50 años porque “coincidíamos en todo, yo grande, ella chiquita; ella hincha de San Lorenzo, yo de River; ella profesora, yo mecánico; yo hijo de alemanes, ella de españoles…”. “Ya me había casado en Buenos Aires, me había ido a Córdoba a estudiar abogacía, allá estudiaba mi hermano”, explica Walter, “pero no era para mí, hice un año y medio. Me acuerdo que un profesor nos enseñó a diferenciar la política de la politiquería”. Sin embargo, ese corto periodo lo marcó para toda la vida: “lo de la política me viene por esos años de abogacía, yo me dije ‘si  los decentes no se meten se meten los corruptos… todos se quejan pero nadie participa, así que me metí’” y mantuvo esta idea durante todos sus años de actividad política.

Su primera participación en política partidaria fue con el Partido Demócrata Progresista y estuvo en Nueva Fuerza como Secretario. “Me vino a invitar el Dr. García. Ya mis hijos me daban una mano en el taller y empecé a participar en la política partidaria”, explica Walter. Y nunca más dejó de participar. Formó parte de toda institución que se pueda pensar y estuvo en gran cantidad de cargos importantes a nivel local, provincial e incluso nacional. Fue Legislador por el PPR, Director Provincial de Comercio, Director de Deportes y de Cultura en la Municipalidad, Vicepresidente del Club Unión, Presidente de Alto Valle,  Defensor del Pueblo, Presidente de la Confederación Económica y de la Comisión de Legisladores en México. Estuvo en el Aero Club, en el Auto Moto Club, en la elaboración de la Ley Nacional del Consumidor y viajó a Francia, Alemania, Italia, España, México, Cuba, Perú, Panamá, Ecuador. Y la lista sigue y sigue.

“Hubo veces en los  que tenía más reuniones que días en la semana” dice riendo. “Yo estaba en Madryn y me llamó el Jefe de Policía de Viedma, como estuve muchas veces preso ¡me asusté!”, recuerda “Pero  no, me ofreció el cargo de Director de Comercio en la provincia. Viajé con Álvarez Guerrero en una comisión a Europa, era un señor. Chirioni era Secretario de Gobierno. También fuimos en el ‘87 a Buenos Aires con la Confederación Económica que ahora no existe más. Me acuerdo que cuando fui a Europa estuve en París y me encontré con el hijo de Marzialetti en una exposición de aviones, ¡qué alegría!”. “También integré la Comisión del Aero Club, la agarramos con un avión y cuando nos fuimos había tres”, continúa Walter mientras busca entre sus papelitos que, según él, son su agenda electrónica, y se ríe, feliz.

En Cuba “estuve con Castro, no soy zurdo, pero no soy idiota. Tienen una base militar de EEUU en su tierra, fueron el prostíbulo de EEUU y hoy  tienen los mejores médicos, la mejor educación”. “Yo me acuerdo que hace más de 50 años me dijo un viejito ‘mirá los imperios, todos se vinieron abajo, hoy es EEUU pero ya vas a ver’. Y tenía razón”.

Sin embargo, participar le dejó varios tragos amargos también. Se jubiló a los 70 años, pero por “los delincuentes que tenemos en el gobierno, con 400 pesos y eso que  aporto desde los 18 años”. “A mí me nombró Massacessi Director de Comercio y cuando terminé mi mandato en 1985 presenté mi renuncia”, dice, “ pero seguí laburando igual hasta diciembre, pues los inspectores municipales tenían que continuar supervisando la provincia hasta finalizar el año. En abril me dijeron que estaba “renunciado” desde diciembre y por los tres meses me pagaron 385 pesos como jubilado de peón. Sacaron en un periódico de Viedma que me iban a sacar de la vivienda oficial con la policía. Yo, que fui de la Cooperadora de la Policía de Allen y me conozco a toda la policía, fui y hablé con el Jefe. Me dijo “pero no Walter,  cómo nosotros lo vamos a sacar a Ud., ese es el yerno de Verani, un tal Serra, que debe recibir órdenes, pero nosotros jamás le haríamos eso”.

Luego estuvo muy enfermo y se fue de la vivienda oficial, pero presentó todos los papeles para la jubilación en 1996. “Un día me llamó la Interventora y me dijo que todo estaba perfecto pero que el trámite estaba pisado, que hiciera todo por la vía legal” explica Walter. “El abogado me decía que no entendía por qué no me pagaban ya que todo estaba en orden. Bueno, inicié el juicio y  seguro que sale en cualquier momento”,  pero todavía se pregunta por qué lo trataron tan mal.

“Te duele ver qué provincia tenemos y en Viedma vos ves a estos tipo y te agarrás la cabeza ¡cómo afanan!  Dice, cansado, Walter. Lo que más lo indigna es ver la coima “ese mal argentino. Yo me enojo con Dios, soy muy creyente pero… a veces desearía haber nacido en la meseta de Somoncura y levantarme y decir ¿qué hora es? Y pensar ni idea, serán las 5 o las 7 no importa…”

De su vida en Allen tiene muchos recuerdos lindos. Los Barión vivían enfrente de la plaza central de la ciudad “al lado de Stagnari, pero antes  también estuvimos en el Hotel Allen, enfrente de la plazoleta”.  Cuenta que “cuando estaba en la comisión de padres de la Escuela 23 hicimos una parodia de la telenovela Rafael Heredia Gitano en la confitería del Hotel Mallorca por los años ‘60. Todos disfrazados, ¡fue un plato!”. También recuerda que “en ese tiempo era como que nos conocíamos todos. Vos ibas al Bar Central, en la calle Orell, y estaba el ‘Zurcido’ Braun, un grandote que jugaba al fútbol y se agarraba a trompadas siempre… Nos cargábamos, contábamos cuentos, éramos alegres. Hoy los jóvenes no están felices. Te duele”.

La religión ha sido un pilar muy importante para Walter. Impulsó el Primer Cursillo de Cristiandad del Alto Valle en Stefenelli y apenas llegó a Allen, comenzó a frecuentar la Iglesia local. Allí conoció a Loicaono: “Un buen sacerdote era Domingo Loiacono, llegó de Buenos Aires, muy humilde. Venia a casa y se quedaba, compartía mucho con nosotros. Vino a vernos apenas llegamos pues nos vio en la misa. Me acuerdo  también que el primer Jardín de Infantes lo impulsó Loiacono y que quería poner a Elvio Bonfanti para dirigirlo. Después vino Klobertanz, que era muy autoritario. Dábamos las charlas matrimoniales y un día llegó, se puso a escuchar y después, cuando le tocaba su parte, les dijo  que todo lo que habíamos dicho era mentira y que sé yo… entonces le pregunté quién tenía experiencia matrimonial él o nosotros. Klobertanz fue el que dejó que derrumbaran la Iglesia vieja porque a él no le importaba”.

Hoy cuando la vida agitada ya pasó, le quedan los recuerdos felices y las ganas de participar que todavía están vivas. Pero hay cosas que aún no le gustan, cosas que le gustaría cambiar, cosas para las que siempre propone soluciones. “Yo no soy ejemplo de nada, sólo hay que ser decente, sólo eso. Me pongo triste, me duelen las cosas que pasan. Yo miro al cielo y sé que la petisa me pegaría una patada en el traste, porque no quiere que me ponga triste, porque el que pone el despertador es el tata”, dice y señala con el índice hacia arriba.

Entrevista Graciela Vega. Texto María Langa/G. Vega.

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